Vanidades A mi aire El blog de Ángel Ruiz Cediel A mi aire

2 de marzo de 2017, por Ángel Ruiz Cediel

Vanidades



-

Estamos sobrados de palabras. Si por ellas consideramos a nuestros semejantes, todos son héroes, genios, justos, capaces, amantes…; si los consideramos por su actos, sus retratos arrojarían los semblantes de cobardes, torpes, envidiosos, incapaces o de ilusos que desean vivir a trasmano un romance de telenovela… Y se engañan, claro; pero sobre todo nos engañan, porque la vida hay que vivirla a ras de suelo y a quemarropa, jugándose el tipo con cada acto y con cada credo. La comunicación es imprescindibe para una sana ralación y ¡ay de aquél que no la mantiene o la frustra!; pero cuando además los actos y las palabras chocan por contrarios como dos trenes sin frenos, se comprende que todo lo vivido era vanidad y que el conocido era un extraño que jugó sin escrúpulos con el corazón. No se puede nadar y guardar la ropa, y no se debe jugar con la confianza de otro porque ésta es la única cosa del mundo que si llegara a perderse ya jamás se la podría recuperar. La palabra, el verbo, crea; y si la palabra no es verdadera, si los actos la traicionan, lo que resulta de ese verbo es una creación falsa o siniestra que se abre impúdica a horizontes inabarcables de dolor.

Hubo un tiempo en que los hombres vivían o se mataban, se amaban o se odiaban a quemarropa, piel a piel y cara a cara; pero fue llegando la tecnología con sus distancias y los hombres fueron alejándose de sus semejantes, suspendiendo los actos y dejando en su lugar solamente las palabras. Entonces nació la vanidad. Palabras que ya no tenían que manifestar verdad, porque desde la lejanía o desde el otro lado de un medio tecnológico (y aún desde la infinita distancia que media a veces entre el corazón y la piel) no se pueden divisar los rostros, las muecas o eso otro que se ha dado en llamar lenguaje no-verbal. Y las palabras se torcieron para ser usadas como armas, claro, creándose lo que con el tiempo se nombró como lenguaje políticamente correcto, que no es sino la forma inteligente y espuria de esconder en eufemismos, sofismos o mentiras el significado verdadero de lo que se dice o se siente. La tecnología y sus distancias y el lenguaje políticamente correcto, al fin, no facilitan la vida, sino que la traicionan, y alumbran en su oscuridad todo tipo de criaturas. Desde entonces y hasta ahora nadie sabe en verdad con quién se relaciona por sus palabras, a no ser que considere también sus actos y los confronte con aquéllas. Si fía sólo en sus palabras, con toda seguridad será traicionado. Con palabras se fundan (crean) partidos políticos, asociaciones de intereses, filosofías, credos, religiones… y amores. También el amor se funda hoy con palabras, y hasta se genera y mantiene en la distancia, ya sea de medios tecnológicos o de artificios de la vanidad. El teléfono, el chat o el whatsapp son solamente máscaras, imposturas en las que el corazón no tiene por qué ser leal con lo que siente, y puede travestirse con palabras como un licántropo que se trasforma.

Hoy vivimos un orden de palabras solas, que es decir de desconsolada distancia, y con seguridad todos hemos sido engañados o seducidos muchas veces con sus imposturas. A causa de la vanidad, las palabras pueden ser ciertas o no serlo, pueden expresar lo que se siente o lo que se desea que otro o los demás crean que se siente, incluso a veces lo que uno mismo se obliga de puertas afuera a manifestar que siente por una imposición de su ego, de su interés consciente o inconsciente y hasta de su complejo de superioridad o de inferioridad. Y en este orden perverso se han alumbrado todos los órdenes que habitamos, siendo ya difícil que ni siquiera uno mismo sepa con certeza si lo que dice responde o no a lo que siente en realidad. La política, los negocios, la amistad y el mismo amor ya no se fundamentan en actos, sino en palabras, y con ellas se induce y se seduce, se dibuja un paisaje real o irreal o se le hace creer al otro que se habita la fortaleza de un afecto tan genuino que nada puede ofrecer el Cielo que no se haya disfrutado como anticipo ya. Sin embargo, tarde o temprano llega la dictadora realidad y exige el acto que constate las palabras, y el político queda en evidencia de corrupción porque timó a sus electores con el verbo que sabía que le convenía usar; el negocio quedó en la oscuridad del negro humo de un interés en el que nadie compraba o vendía algo real; la amistad era nada más que una opción o una ventaja que no soportaba la dificultad; y el amor, solamente un cuento de hadas del que obtener un anhelo siempre postergado, una compra a la barata de bienestar o la adquisición urgente de una compañía cualquiera en las duras horas de la soledad. Si el acto no demuestra que se está dispuesto por lo que se manifiesta lo mismo a la suavidad y la ternura que a la lucha encarnizada o lo más escabellado, la palabra no tiene valor. Todo es nada: vanidad. Todo es nada: interés.

Pero las palabras rara vez soportan enfrentarse al espejo de los actos. Ya he dicho muchas veces que la fundación del acto es el deseo; pero si el acto no existe o no es verdadero… El acto es la expresión última del deseo, y si se considera al otro o a los demás por lo que hacen y no por lo que expresan, se sabe con exactitud dónde están y qué son en su sustancia más genuina. «Por sus frutos (los actos) los conoceréis», dijo Dios, y por ser Dios de esto debía saber un rato. Los actos, pues, son nuestros frutos, los que nos conceden carta de naturaleza de lo que somos en realidad y de lo que es el otro, los otros, los demás, quienes se nos acercan, quienes nos dirigen o gobiernan, quienes están a nuestro lado o aquéllos lejanos que parecen tener afinidad con nuestras emociones. Todos, todos quedamos a cara descubierta cuando se nos valora por los actos, sin considerar ninguna otra razón. Si el acto es la expresión última del deseo, al valorar el acto queda a la luz lo escondido, lo más íntimo, lo más profundo, lo más real, aquello que no puede falsearse: nuestra genuina identidad. Las palabras confunden; los actos, no. Hay palabras y razones sobradas para justificar una cosa… y su contraria; con los actos, no. Pero cabe el error, el acto erróneo o la palabra equivocada, y se puede rectificar. Es fundamental en esto la sabiduría y conocer un poco de Física: a una fuerza dada (negativa en este caso, por ser un acto equivocado), se la puede anular solamente con una fuerza de la misma o mayor intensidad y de sentido contrario (positiva en este caso, por ser un acto verdadero).

La palabra por sí misma, hoy, no vale nada. Estamos sobrados de palabras, especialmente de las falsas. Hay palabras de todas clases, las calles mismas están llenas de charlatanes que venden ensueños, buhoneros de la seducción verbal, feriantes de ilusiones milagrosas, locuaces que se invisten de gurús y de amantes de postín que con su verborrea dibujan paraísos posibles que a menudo terminan dejando un rastro de sangre, muerte o crueldad. Considerar las palabras con la cautela de que bien podría ser un semblante falso que se delatará con lo que manifiesten los actos, es protegerse de la decepción, si es que no del fracaso y el dolor. Los actos, como los frutos, no pueden mentir porque responden al árbol, al verdadero ser, que los produce. No vale la palabra de justicia, sino el acto de justicia; no sirve la palabra de bien o la altruista, sino el acto de bien o de generosidad sin contrapartidas; no es verdadera la palabra de amor, si no está respaldada con actos de verdadero amor. Quien no se manifiesta y defiende con actos lo que expresa con palabras, es un producto de la vanidad.

Casi todo, en los tiempos que vivimos, es vanidad. Y la vanidad es falsaria, mentirosa y manipuladora. El acto, no. Los actos, no. Los actos, si son continuados, constantes, reiterativos, son lo genuino de la naturaleza a la que responden y de la que brotan. No puede sacarse de sí lo que no está dentro de sí. La verdad, el acto, osa sin temor, se manifiesta tal y como nace, no se autoprocesa, no se autoelabora, no mide las consecuencias… si es auténtico. Manifiéstate. Atrévete a ser lo que eres, olvida tus pánicos y sé lo que sientes antes de la oscuridad nos cubra y se apaguen las luces en el candelero de la vida y regrese el alma al más allá al que pertenece, donde, bueno o malo, se habrá de responder de cada uno de los actos que en público o en secreto llevamos a cabo durante los escasos días que vivimos bajo el sol. «Regocíjate, oh joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia, y anda en los camino de tu corazón y en la vista de tus ojos; pero sabe que sobre todas estas cosas te juzgará Dios», dice el Eclesiastés. Y en el más acá, añado de mí, te juzgarás a ti mismo, porque solamente de aquello que se siembra se puede cosechar.

Opina sobre el artículo pulsando aquí









Videos de mis novelas







Sinopsis: En la noche de los tiempos, según el Libro de Enoc, los Hijos de los Dioses, las Veinte Dinastías de los Vigilantes, viendo que las Hijas de los Hombres eran hermosas, las desearon para sí y se conjuraron para desobedecer a Dios y descender sobre la Tierra con el fin de tomarlas y hacerlas hijos. Por esta rebelión contra los designios Divinos y esta interferencia en la Creación, Dios castigó a aquellas Veinte Dinastías con el Infierno e hizo que las milicias divinas los expulsaran del Cielo para siempre. Y así lo hicieron con todos... menos con uno, Abaddona, el único diablo arrepentido porque comprendió el mal que había hecho y le suplicó perdón a Dios. Y Dios le perdonó, le devolvió su rango de trono y le permitió que regresara al Cielo; pero Abaddona no quiso hacerlo..., al menos hasta que devolviera a los hombres al estado de pureza del que les había privado, porque a causa de aquel acto, tal y como reza el Libro de Enoc en el capítulo 8:2, «Desde entonces creció mucho la impiedad, porque ellos (los hombres) tomaron los caminos equivocados y llegaron a corromperse en todas las formas.»




Sinopsis¿Y si Apolyon, el Rey del Abismo que se menciona en Apocalipsis 9:11, no fuera un demonio, tal y como sugieren algunos exegetas, o el mismísimo Jesucristo, como suponen otros?... ¿Y si Nibiru, el mítico planeta del que afirmaban los sumerios que procedían los dioses que nos crearon, realmente existiera?... De ser así, Apolyon bien podría ser un meteorito o un escombro espacial que acompañara a ese errante sistema planetario que nos vista cíclicamente, y el cual podría estar en rumbo de colisión con la Tierra en su próximo acercamiento. En Tal caso, todo lo referido en ese capítulo 9 del Apocalipsis tendría un sentido prácticamente literal.



Sinopsis: Los seres humanos, por razones no comprendidas por la Ciencia, no pueden reproducirse. Un Mal que únicamente afecta a los humanos. En Lubitana, un pueblo próximo a Madrid, ha coincido este hecho con la llegada de un misterioso personaje, don Gilgamesh, a quien algunos le responsabilizan de ser el causante del Mal. Un hombre misterioso y con enorme poder que se ha librado de la cárcel cuando se le acusaron de haber perpetrado dos asesinatos el mismo día fue violada la Niña Sara, la hija autista de los Montoro. Una mujer que, a pesar de su condición, establece con don Gilgamesh una peculiar relación afectiva, y que, el mismo día que da a luz a su hija, la Pequeña Eva, fruto de aquella violación, muere, desatándose ese mismo día el Mal que impedirá que los hombres puedan perpetuarse y cuyo tiempo restante podrá ser medido ya por la edad de la recién nacida. Un historia no violenta, ni siquiera escatológica, que muestra cómo la sociedad se va contrayendo sobre sí misma a medida que la población se extingue, hasta que finalmente no quedan sino algunos seres que más tienen de homínidos salvajes que de humanos tal y como los conocemos, además de don Gilgamesh y la Pequeña Eva, para quien este parece tener previsto un destino primordial. Una historia en la que don Gilgamesh no envejece, quién sabe si porque él mismo no es un hombre.

Puedes pagar con cualquier tarjeta.



Sinopsis:
"Sangre azul (El Club)" es la novela conspiranoica por antonomasia. Una novela invaluable porque no narra cómo cierta élite nos maneja y controla, esquematizando las etapas que va cubriendo en la Historia y, lo que es más significativo, las que quedan por cubrir y con qué contenidos, que es decir qué nos espera y cuándo. Una novela que, usando la realidad incuestionable de los titulares de prensa y otros medios, y conduciéndonos de la mano de un prominente personaje de ficción (o quizás no tanto), conduce al lector por nuestro tiempo, permitiendo que él mismo compruebe cómo los sucesos que consideraba casuales o fruto del azar, han sido elaborados y puestos en escena por una inteligencia superior. La mayor de las conspiraciones, al descubierto.





Sinopsis: Salvador Montoro ha perdido al único ser que le quedaba vivo, su madre. Sin embargo, Fausta, cuñada del padre de Salvador, consigue que el patriarca de los Montoro le acoja en su casa, a pesar de que no le considera sino un bastardo. Aunque con un inicio de su relación muy negativo, el tiempo y la convivencia lograrán que se establezca entre el abuelo y el nieto un vínculo que derivará en un afecto sólido y entrañable que se extenderá ya por siempre. Ya como Montoro de pleno derecho, deberá el futuro patriarca de la casta, Salvador, demostrar su condición de germen de Dios o de semilla del diablo, así como los demás Montoro lo hicieron a lo largo de la Historia, y tendrá su oportunidad de hacerlo siendo aún muy joven, porque estalla la Guerra Civil y él, como toda su quinta, es movilizado, cayéndole en suerte, ya al final de la conflagración, el deber de conducir a una caravana de niños desde Madrid hasta Valencia, ya que la derrota final está próxima y nada queda que hacer por evitarla, salvo impedir que sucumban aquellos que en su bando consideran los más puros: los niños.
El amor y el odio, la paz y la guerra, y la fidelidad y la traición se dan cita en esta obra memorable, enfrentándose los personajes con su propia nauraleza a fin de demostrar su condición. Varias decenas de miles de lectores han hecho de esta novela todo un clásico de la literatura española contemporánea, ensalzándola como una de las obas más intensas y completas que se han escrito en la modernidad. Una novela verdaderamente intensa, rica, de una plástica exquisita y de una profundidad literaria que hará imposible que no te sientas identificado con los personajes, los escenarios y las emociones que en ella se explayan.





Sinopsis: "Dimensiones I", es una recopilación de mis cuentos y narraciones breves más heterogéneos. Diecisiete relatos que harán las delicias de los lectores, como así ha sucedido con los más de 25000 que ya han disfrutado de ellos. Una obra breve de contenido muy intenso, lleno de espacios sorprendentes y de personajes memorables que deambulan por el orden de lo mágico..., o quizás no tanto. Reflexiones, al fin y al cabo, sobre la naturaleza humana, que tienen varios niveles de lectura: el lineal, que refieren las propias historias; el existencial, que se adentra en la condición personal de cada quien; y el asombroso, que es el que se deja traslucir como realidad paralela, pero no por ello menos cierta que la propia de los personajes... y de los lectores.

Puedes pagar con cualquier tarjeta.




Sinopsis: ¿Y si el terrorisno no fuera una lucha armada que persigue unos fines políticos o sociales muy concretos, sino un negocio de ciertas élites?... ¿Y si el terrorismo fuera, además, una herramienta de los Estados para controlar a la población a través del pánico?... "Lemniscata", es la novela que trata este espinoso asunto, y lo hace, como han dicho algunos críticos sobre ella, con una exquisita literatura que consigue una imposible aleación de seda y acero.



Rhinoslider 1.05