En el umbral El blog de Ángel Ruiz Cediel A mi aire

10 de octubre de 2015, por Ángel Ruiz Cediel

En el umbral



Los gorriones son pájaros patriotas, prisioneros que desde tiempos inmemoriales nacen y mueren siempre cerca del nido; las golondrinas, por el contrario, son pájaros libérrimos y apátridas que no entienden de fronteras. Sumisión y libertad, nací mixtifori de gorrión y golondrina en un tiempo de muros y alambradas opresoras y la lejanía desconocida de promisiones venideras que sofocaban el clamor de tantos estómagos vacíos o rellenos de ecos de gallofas y sucedáneos. Era sábado y alboreaba. La luna llena huyó envidiosa de que el sol se asomara por el horizonte para derramar la primera luz que bautizara mis retinas. Los tranvías se deslizaban machacones por la urbe cosmopolita, y por primera vez del vaho de las alcantarillas se desnudó de muerte, aunque aún latían sepultadas bajo los pedestres caminos incontables calaveras y la sangre reseca todavía deslucía las aceras. Nunca hubo catafalcos para los amores muertos ni monumentos para las sonrisas que no llegaron a tensar los labios. Los oratorios se celebraban multitudinarios en la Plaza de Oriente, donde miles de esqueletos resentidos invocaban clamorosos, como en rosarios o gorigoris siniestros al cruel dios de plastilina en su ostensorio, su impiedad de odio sobre los vencidos. La guerra concluida no hacía tanto, aún se libraba sustancia adentro de las almas, y todos los cuerpos todavía se resentían por dentro y por fuera de sus cicatrices y sus ausencias.

Sesenta años han pasado desde entonces, visto desde la umbría luminosa del umbral del tiempo postrero, compendio y resumen de ayeres, aciertos y fiascos. La memoria, monstruo sin sombra, se extiende desde cada célula al finito infinito del latido, como en un álbum con miríadas de fotos, fijas, grises, sepias de pretéritos y detenidas en un quicio de una nada sin sentido, o quizás con un sentido trasnochado que ha invertido sus valores. En los balcones se marchitan los geranios de las antiguas primaveras, y los pies de las ventanas están desiertos de galanes que garrapateen canciones desesperadas en las cuerdas guitarreras de las rejas de improbables porvenires. Los plásticos inundan las almas, dibujan las sonrisas y en lo efímero de su sustancia se esconden los ideales en táperes desechables. El planeta, desde el tiempo de las matanzas en las guerras civiles y mundiales, se ha ido desvaneciendo mientras se convertía en un papel miniado de países inservibles, y los hombres se han ido distanciando a paso firme de sus sombras, hasta disolverse en el destierro de la esperanza. Echando las culpas lejos, se olvidaron de que fueron ellos mismos o sus predecesores los que impusieron los uniformes que instalaron el orden en el desquicio, y tras las montañas de cadáveres y el holocausto del hombre contra el hombre, todos erraron al comprender que habíamos quedado huérfanos porque Dios había abandonado para siempre este rincón del Paraíso. Trémula, la carne se ha ido vaciando de afectos y causas por las que vivir sabiendo que se late con ritmo, y al martirio se le justifica ya si es el de los otros y solamente por el estipendio. Atrás fue quedando todo: la luz de la inocencia y el impulso reproductivo, la fe ciega se hizo de la ONCE y la utopía que fue archivada en un pendrive que ha ido quedando tan obsoleto como la elastina derramada en las trincheras, la caja con su cuerda, el patinete de rodamientos, la pelota, el bote, los amigos... El orden se ha deshojado, vaciando las ramas de hojas y de nidos, y en las filas otrora multitudinarias y completas del recuerdo se va extendiendo la fantasmal desolación de excesivas ausencias. Como los gorriones, todos revoloteamos entre el follaje que se extiende frente al nido, pero nos escondemos de lo negro y las inclemencias en los huecos lóbregos de los aleros, desconfiados, temerosos, aleteantes, huyendo del influjo de la luna y del destello de los luceros. Pocos son los que cruzan valerosos los dinteles de los colores y fundan contra los arcontes la realidad de lo imposible. El elogio de lo intrascendente ronda las esquinas del tiempo, y al abrigo de lo absurdo se ha erigido en dios lo ridículo y lo aberrante. Es tarde, se hace tarde y no amanece. Quedan aún demasiados sueños en el tendedero que presiento se helarán antes de que puedan ser vestidos. Las campanas de ánimas se agitan en lo níveo de mi cráneo, pero no hay huellas que indicien que alguien haya transitado la excelsa virginidad de esta nevada. Flor de insomnio, el aniquilamiento no llega de lejos: es amantado, suicida oficioso, por los tejedores de horcas, los sembradores de ataúdes y los francotiradores de sienes que encandilan a las masas desde los púlpitos y los congresos, alejando a los hombres de sus destinos. Sin dioses ni ideologías, las vacantes de los credos ancestrales han ido siendo ocupadas por los diablos, verdaderos señores de este mundo.

¿Dónde quedaron mis alcanzaduras? ¿En qué gaveta de qué desvencijado mueble desechado en el desván de los ayeres? ¿Dónde enterré los labios que no besé, los pechos que no estreché y sueños que aparté por inviables? ¿Dónde los afectos que no correspondí o los que ni siquiera llegaron a expresar el ardor con que se fraguaron? No hay artesanos que construyan catafalcos para lo inconsútil, ni quedan espacios sagrados para sepultar los olvidos y las cobardías. El tañido de lo azul se precipita desde lo remoto, y disuelve en la sangre su emoción de ternura incompleta. Se abre el ardor como una corola al relente, y el corazón estalla en mil destellos de marfil con instinto de mármol de sepultura. Frágil e ignorante, la inocencia edifica una atalaya desde donde prevenir la destrucción que sobreviene inflexible, o quién sabe si desde donde otear pretéritos imperfectos para poder establecer seguro la verdad de un presente consistente. La Tierra, cadáver inmenso, también se resiente de las cicatrices del más tenebroso de los siglos, y el humo de la codicia ha asesinado alevoso el quinto misterio del rosario de los sentidos. El placer de lo efímero, en este orden frágil de frágiles naturalezas, es ya la única fortaleza de los débiles, y en ella atesoran haberes a costa de lo que o de quien sea. Mejor que nadie se sabe que el horror es un gran negocio, y los esqueletos se agitan eufóricos sobre miles de calaveras en las bolsas de valores, ignorando acaso que llevan una como las que pisotean en la cumbre de sus vértebras. Se han alcanzado las estrellas porque el hombre se olvidó para qué era que era, y la Ciencia separa la humanidad en subespecies: imprescindibles y desechables, según su potencia o su fuerza. Las verdaderas fronteras se establecen en las cuentas, porque todos los hombres han sido marcados con el número de la Bestia. En la renuncia a los credos y el rencor hacia sí mismos, en el laberinto en que se encerraron se ha ido estableciendo un orden de vasos comunicantes que iguala al estúpido con el sabio, al sensato con el necio y al ignorante con el capacitado, en una orquesta nefanda que dirigen quienes se esconden en las tinieblas. Atrapados en los corredores sin salida, se ha ido perdiendo la costumbre de mirar a lo alto. En la noche, los neones edifican una vaporosa techumbre naranja que oculta el universo, enclaustrando a los hombres en su nada de objetos sin pretensiones. El plástico ha irruido carne adentro de los tapiales del miedo, y los rezos solamente imploran por otro placer que a contratiempo le proporcione algún sentido al inútil tiempo.

De las alambradas de las trincheras y las montañas de calaveras a las cárceles de neón, todo, en realidad, ha ido empeorando. Y continuará haciéndolo como la manía de un loco sin tratamiento que solamente conoce ese camino que concluye en el abismo. La identidad se ha extraviado abrumada entre los dígitos sin ortografía, y lo ridículo se ha impuesto por mayoría absoluta a la belleza. Los diablos no desean que los capaces alcancen los solios y odian a los sabios solamente por serlo. Por eso solamente les permiten triunfar a los ciegos y a los imbéciles, y en un orden de enajenados solamente se puede ir a lo absurdo. Ignoran los hombres que aunque elijan o aunque voten, únicamente pueden hacerlo entre corruptos: es la condición necesaria para poder ser electivo. Ningún diablo aceptaría de grado que la honestidad tuviera espacio en el reino de su Infierno, y les divierte el temeroso brujuleo de los perdidos y el sufrimiento que generan las sangrientas pendencias de las codicias. Siempre ha habido razones de peso para defender la virtud y también para lo contrario, porque la misma razón, como las conciencias, es reversible. Y, entretanto, el hombre se cosifica, aunque unos más que otros. Allá lejos, la vida es inservible, solamente es un negocio rentable que procura buenos réditos; acá cerca, según y cómo la de quién, es acaso una excusa para avasallar otros infiernos desde este infierno y extender las murallas del Infierno. Exiliada la verdad y convertida la belleza en un compendio de horrores planos o con volumen, se ha proscrito la venialidad en beneficio de la capital mortalidad que es la mentira. El poder del dinero de los ocultos, se ha ido haciendo con todas las gargantas y todos los pensamientos, y desde la siniestra oscuridad de sus medios orquestan las creencias de los débiles. El sacrificio de la sangre más inocente se ha ido convirtiendo en el rito de lo moderno que los fieles de las misas negras practican con devoción extrema. Los sacramentos se pervirtieron, las confesiones se hacen ante las cámaras y en público, y se comulgan hostias de horror que se toman como ambrosías mientras desde las Iglesias se adora al dios de la humildad desde la opulencia y el diseño o se toman a los niños como esparcimientos de la carne. Y fuera del hombre, como el hombre la corrupción se extiende y multiplica. Los mares mueren contaminados por el ansia, los ríos hieden, el aire apesta y las especies se sacrifican a sí mismas en holocaustos de advertencia mientras la población prolifera y se eleva a potencias imposibles el frenesí de lo absurdo. ¿Adónde se va, si todo lo ignoran, siquiera sea por qué caminan o para qué fueron alumbrados un día como otro cualquiera, con o sin luna llena?

En aquella atalaya de la inocencia, desde aquella atalaya de la inocencia, supe que el latido prestado que heredé aquel día de plástico y ensayos nucleares del Teapot eran en realidad la manifestación de una semilla que debía dar fruto. ¿Por qué mis ojos no reparaban en lo que los demás ojos veían y algo en mí aspiraba a lo excelso? En la partitura de mis genes faltaban notas de las que abjuro, como la devoción a lo efímero, por ejemplo, o el ansia de lo perecedero, sin ir más lejos; pero había otras que me empujaban a la semántica de un pensamiento sin sombra que se graficara en una dimensión ajena. No era el fonema por el fonema, sino a lo que señalaba, era la búsqueda de lo perfecto en un orden que se desconcertaba. Y allí, entonces, en aquella torre de candor, comencé a dibujar la geografía de un mapa venidero con mil proyectos laboriosos que restañarían el orden de lo derecho. La sintaxis de los sueños, sin embargo, como la semilla, de poco sirve sin la tierra adecuada, y las carencias de mis genes o la incompetencia de mi intelecto frenaron el propósito de mis alcanzaduras en seco por no saber resolver la fórmula que salvara el bardal con que los diablos encerraban a los no-muertos. Mientras esperaba mi momento, mis obras iban atiborrando las gavetas de mi escritorio, apenas escapando algunos susurros por las rendijas de los cajones para alcanzar un espacio casi inaudible por los oídos de mis hermanos. La luz no puede expandirse dentro de los ataúdes ni tampoco comprenderla los infructuosos ojos de los ciegos, pero la semántica de mi voz continua predicando en las soledades del desierto, según las imposiciones del pentagrama que se enrosca en cada célula que me conforma. Los sueños solamente son la manifestación onírica del programa que nos anima, empujándonos a reorientar los pasos que nos movilizan. Lo sé, sí; pero ahora que piso el umbrío umbral de los sesenta, ¿qué ha sido de todas mis alcanzaduras, qué del propósito que por un sexenio me anima y qué del tiempo escaso que me resta para rendir mis días y presentarme ante mi Dios para reconocer que no supe dar el fruto que me confió que repartiera?

La verdad, cuando es verdad, no admite las excusas. Nadie me detuvo, nadie me rechazó y carecí por completo de enemigos por lo insignificante que era. En casa y fuera de ella, todos cuantos me conocían me respaldaron con su aliento y sus afectos, me distinguieron por encima incluso de mis debilidades, quién sabe si entregándome más de cuanto les diera. El fracaso, si lo hay, es solamente mío y en exclusiva, no sé si por no saltar lo necesario para alcanzar lo imprescindible o si por la torpeza de la soberbia de un hombre que se elevó sobre su propia carne. Pequeñas cosas, hermosas e insignificantes, me desviaron del camino y me alejaron de la meta. Los diablos nunca poseen a los cuerpos para obrar por ellos, porque rara vez precisan tanto esfuerzo: les basta con esperar o con tender alguna trampa menuda en el camino. Las sirenas cantaron y me dirigí presto a las escolleras, sacrificando a mi marinería. Medusa me sedujo con sus encantos, Afrodita con sus desvelos, Eros con sus saetas y Apolo con sus prepotencias. No fueron los demás, sino yo solo el que me perdí en mi propio laberinto, quizás evitando que otros pudieran encontrar mi camino. Ridículo, saboreé las ambrosías del triunfo, y desde la cima de la fútil jactancia miré al mundo sobre el hombro y sobre el hombre. Adempero, el desvelo del más Alto me humilló oportunamente y regresé a mis letras, encontrando en lo menudo el sostén de la verticalidad que precisaba, retoños de mi carne y frutos de mi alma. En lo pequeño se suelen esconder casi siempre las verdaderas razones de lo inmenso. Y aprendí, y me afané en romper las cadenas que me ataban a una supervivencia insuficiente. A veces, saber qué es lo que sobra es lo que nos permite elegir lo necesario para continuar adelante. Bajé de la cumbre de los hombres, me encerré en la soledad de mi atalaya y me examiné con detenimiento y sin complacencias. El tiempo, inflexible, continuaba su andadura, y era la hora de darlo todo antes de que se agotara la última arena.

Hoy piso ya el umbral de lo póstumo. La hoja de ayer cayó vencida por el otoño arrastrando consigo todas las primaveras, y ha sido un vuelo breve de ángel fallido; la hoja del mañana, se presiente aún más fugaz que ese tiempo que me ignora. Tengo la maleta llena y me rodean mil afectos indestructibles; pero tan importante como eso es saber que he recobrado el rumbo y orientado mis pasos al sino que me corresponde por destino. No se trata de haberes ni de famas o de valores que rindan intereses en las bolsas en que especulan los cobardes; se trata de los otros y de mí, de romper la vaina que me envuelve para que la simiente despierte de su letargo y comience a echar raíces que deriven en el fruto que esconde en el pentagrama de su música, y que desde la oscuridad de su nada comience a erguirse el tallo que aspire a lo alto para extender el denso follaje de sus ramas cargadas de letras que son mucho más que signos enlazados por la gramática. Cada simiente da fruto conforme al género al que pertenece, y ese fruto también da semillas que fructificarán en otros ámbitos propicios. Eso es la eternidad de la supervivencia, y en eso he comprendido que un hombre puede sobrevivirse y salvarse de lo gríseo de lo ordinario. Es por mí y por multiplicar los talentos que me dieron en custodia; pero no es por mí solamente. Es, también, por estos ángeles camuflados sin sus alas que me custodian, por sus desvelos y sus afectos, por su amor sin condiciones y sus alientos que me empujan en un aire bravo a continuar escalando hasta alcanzar la otra cima, la de ser aquello mismo para lo que fui alumbrado aquel día de luna llena que se ponía en el mismo instante en que el sol bautizaba de luz mis retinas, justamente en el grado siete de la balanza.

Desde el umbral de lo postrero se comprende bien que es preciso huir del limbo de lo absurdo para adentrarse sin recelos en el reino de lo eterno. Se hace imperioso rescatar del destierro de las gavetas las obras que duermen su letargo de polvo y sueños suspensos, y bautizarlos con la luz nueva de un tiempo sin esfera. Los errores lo mismo que los aciertos, los amores fugaces o verdaderos, la carne y sus secretos, los besos, los abrazos, los dineros, los amigos, las ganancias o las pérdidas, bien consideradas son las lecciones que aprovechan si se repara en qué señalan con los índices de sus circunstancias. Me he deshilado tanto, tanto me descolgué de mis propios goteos, que con ello puedo tejer el paño más hermoso y rellenar un oasis en mi desierto, y romper mi vaina y retoñar y dar fruto para ellos y para mí y para los otros que son aquellos y estos y yo mismo, completando con ello mi propio concierto. Es la hora de que el náufrago egregio comience a hacer volar sus arpegios y se olvide de sus lamentos. El licor de siete grados de aquella aurora aún llena mi copa, y la fatal tristeza lívida ya se abisma derrotada en el poniente. Los clamores diseminados de la raíz, se aúnan y se elevan con su rebato de notas ortográficas y su sintaxis de alas emplumadas listas para el salto vertiginoso que salve los peldaños de los sueños. Es la hora y amanece, la cuerda es la que convierte en música al aire y es la luz que se esconde en la tinta negra la que ilumina la salida del laberinto. Las letras, después de todo, carecen, como los pensamientos, de sombra, y es del corazón de las tinieblas de donde es preciso evadirse antes de que densifiquen y se conviertan en piedra. Por más que la roca pase milenios sumergida en el océano, la humedad no alcanzará sus entrañas positivistas. Nací gorrión y permanecí junto al nido; fui golondrina y volé a la otra orilla de los mares, crucé océanos y cordilleras, surqué selvas y trópicos, estuve, miré y comprendí, y ahora regreso con la mochila llena de ayeres que nunca vencieron y de futuros probables que pueden instaurarse de forma permanente, porque lo que importa, ahora lo sé, no es el tiempo. Es la hora, sí, de que quizás las sombras se rebelen contra la dictadura de sus propias tinieblas.

Nací queriendo tanto, que nunca pude dejar de hacerlo. Desde el umbral de mi último vuelo me elevo sobre la propia atalaya de mi inocencia y sobrevuelo el círculo que me contiene, y entre todo ese caos de actos absurdos atisbo un orden perfecto de ángel fallido que despierta. Después de todo, aunque poco, algo se aprende desde la soberbia degradada voluntariamente en lo humilde, siquiera sea que toda mi sinfonía y su aparato apenas si son una minúscula nota en el concierto de lo eterno; mas no por mínimo o exiguo en su apariencia carece de importancia en el contexto, pues lo eterno en su magnificencia sublime, sin ese aparentemente despreciable aporte, no podría considerarse completo. En lo pequeño se hunde la raíz del misterio, de lo mínimo brota, ya lo dije, lo excelsitud de lo inmenso. Ser pequeños, pues, no es desventaja, aunque se pise ya el umbral del último vuelo.

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