Relojes presentes, tictacs futuros El blog de Ángel Ruiz Cediel A mi aire

24 de abril de 2015, por Ángel Ruiz Cediel

Crónicas de ayer para mañana III
Relojes presentes, tictacs futuros



En el orfanato, cuando niño, había un sacerdote al que le gustaba explicarnos el sentido de la existencia como una partida de ajedrez entre Dios y el diablo, la cual jugaban sobre el tablero del mundo y en la que los humanos no éramos sino las piezas. Supongo que creía haber desarrollado una magnífica parábola, pero a mí lo que me refería era que en realidad no les importábamos los humanos en absoluto ni a Dios ni al diablo. Únicamente querían ganar a su adversario sin tener en cuenta siquiera cuántas piezas y cómo de inútilmente las sacrificaban, si con ello lograban un jaque-mate.

Apolyon tiene mucho que ver con esto. Somos piezas, nada más, de una partida que no sé si la juegan los dioses blancos y negros, pero desde luego hombres que asumen sus funciones. Como en el ajedrez, los movimientos no se realizan para la obtención de un resultado inmediato, sino preparando trampas o previniendo acciones del contrario que procuren un beneficio futuro. El futuro es lo importante. Los jugadores se sonríen mientras se enfrentan, un poco como Dios y el diablo parlamentaban amigablemente mientras a Job le mataban los hijos o esquilmaban su hacienda. Un juego: toda la realidad es nada más que un juego.

Desde hacía ya ocho años la guerra asolaba esa región del globo donde se enfrentaban en realidad dos dioses bien distintos, ninguno de ellos religioso, aunque a ambos lados del frente se invocara la asistencia de Alá. Los combatientes ignoraban que eran piezas nada más, que su sacrificio era parte de las maniobras de dioses intangibles. Ocho años en los que nada era lo que parecía, o al menos, nada era auténtico, legítimo, verdadero: odio, credo, porvenir o causa, todo era plástico, falso.

Después de que el dios rojo lograra la instauración del ayatolá Jomeini y propiciara el asalto de la embajada del dios blanco por combatirle un poco más al norte y al este, el dios blanco quiso castigar también a los chiítas y obtener de paso algunas ventajas, frenando la expansión del dios rival. Los hermanos suelen ser los más encarnizados enemigos. El dios blanco nos dio a Apolyon la orden de abrir el abismo y mover el alfil iraquí, y lo hicimos sin demasiadas dificultades. Poner en marcha los relojes y abrir abismos era nuestra especialidad, aunque en esta ocasión no se trataba de que el reloj caminara solo, de darle cuerda, sino de mantenerle funcionando con ciertas arritmias. Cuestión de freno y castigo, pero también de beneficio sostenido. Pronto, en unos meses, en Chat-el-Arab, de la misma forma que habíamos hecho tantas veces en tantos lugares, abrimos de par en par las puertas del abismo y liberamos las langostas del dolor y el sufrimiento. El tictac del progreso funciona con sangre, aunque sangre generalmente de los otros, de los prescindibles. Una vez puesta en marcha la maquinaria del reloj, solamente teníamos que darle de vez en cuando cuerda o lentificar su paso.

A Pandora le pidió Zeus, cuando la creó para enviársela a Prometeo, que guardara una caja y que nunca la abriera; pero le pudo la curiosidad y levantó su tapa, liberando así sobre el mundo todos los males que contenía. La vida misma se convirtió en un infierno, el orbe en un lugar inhabitable, un ámbito y unas existencias tan horribles que, si los hombres no ponían término a sus vidas por su propia mano, fue porque lo último que salió de la caja fue la mácula de la esperanza.

La sutil e inaprensible esperanza mantiene la tensión vital y faculta a los hombres a soportar lo insoportable; pero el sol del desierto hace que brillen como oro los oropeles, las baratijas y la mezquina purpurina. Nosotros pintábamos de esperanza las matanzas que promovíamos, y nombrábamos por victorias a campos atiborrados de cadáveres. La vida y el mundo siguen siendo tan feos como cuando Pandora abrió su caja y puso en marcha el tictac de la Historia, convirtiendo el fuego robado por Prometeo en un castigo más, acaso el peor de los castigos. Los dioses siempre suman restando.

Al fondo de las balaceras, más allá de los estruendos de los obuses, bastante alejados de los hospitales de campaña en que se curaban a los miles de heridos y de las fosas comunes en que sepultaban con excavadoras a casi dos millones de seres humanos que habían sido y estaban siendo sacrificados, los relojeros reíamos y brindábamos. Relojeros que teníamos muchos orígenes y servíamos a distintos dioses, todos ellos del Olimpo, encargados de mover y manipular el robot de la muerte desde nuestros controles remotos, y de pintar con purpurina la última partícula de la caja de Pandora. A ninguno de los dioses, entonces, les convenía una victoria sobre el otro contendiente, porque ambos ganaban con el sacrificio de sus peones. El dios rojo estaba extenuándose en Afganistán, donde la partida la teníamos en tablas, y otro tanto sucedía en el frente irano-iraquí: solo nos quedaba apurar la situación y mantenerla para asegurar las ganancias del progreso en el más allá sereno de las ciudades blancas. Mientras tanto, disfrutábamos.

En realidad había muchos más relojeros, los cuales servían a otros dioses, amarillos o azules. Los testaferros del Olimpo estábamos allí reunidos, cada cual representando y defendiendo los intereses de su dios. Todos ganábamos, y todos, sin excepción, compartíamos francachelas y aun las mujeres de sudores fermentados en aquellos muladares de miseria. El amor hedía como el rebufo ácido de un cadáver. Por entonces, todos los miembros de las Legiones Negras éramos colegas que no dudaríamos en compartir una botella o en hundirnos un cuchillo en el vientre, según lo que nos ordenaran nuestros dioses. Así funcionaba el mundo, así éramos nosotros y así era la partida que estábamos librando.

Había pactos, y desde los Olimpos y los Elíseos de las ciudades blancas nos llegaban instrucciones específicas, misiones de ventaja o de desventaja para nuestras piezas de ajedrez o para nuestros empleos de relojeros. No convenía que nuestros relojes adelantaran, y a veces, era preciso retrasarlos; otras, no interesaba que atrasaran, y se hacía necesaria una trampa para que avanzaran. Debían marcar en cada momento la hora precisa. La mayoría de las veces, por el bien del progreso las Legiones Negras de los distintos dioses trabajábamos de forma coordinada. Éramos profesionales y sabíamos hacer cumplir con rigurosa meticulosidad nuestras misiones: vivir, gozar, matar, abrir y cerrar un abismo, y recursos no nos faltaban. Además, nuestras vidas mismas iban apostadas en el juego.

Ignorábamos las causas de la partida, como una célula muscular ignora por qué el cerebro la ordena que se expanda o que se contraiga: no sabe qué brazo o qué pierna mueve, o para qué desea el órgano rector que ese miembro tenga movimiento. El pez del estanque ignora que más allá del muro hay un río, y más allá de este el mar. La libertad da miedo. Exactamente así nos limitábamos a hacer nuestro trabajo, porque éramos los relojeros de la Historia; a otros les correspondía definir el porqué de lo que se hacía. Tenían las manos lo suficientemente limpias como para poder hacerlo. Si al fondo del negocio estaban las armas, las cuestiones de política geoestratégica o asuntos petrolíferos, de minería o de drogas, era algo que no nos interesaba en absoluto. Ya cobrábamos nuestro estupendo sueldo, y con ello teníamos bastante. No pensábamos, simplemente, porque no se desea lo que no se conoce. Cuando no se puede comprender la realidad, basta con aceptarla.

No obstante, todo se agota. Bajo el implacable sol que calcinaba las dunas y hervía a las hembras en sus lechos, disponíamos de tiempo para casi todo: para beber hasta la inconsciencia, para organizar escaramuzas, para coordinar entregas de material o para facilitar datos acertados o erróneos de los satélites de vigilancia a nuestros ejércitos peones. Para casi todo, excepto para que las noticias del mundo tranquilo de las ciudades blancas seguras nos alcanzaran. Enfrascados en nuestra misión de relojeros, la guerra funcionaba con una precisión astronómica; tanto, que estábamos ya por agotar el filón. El dios rojo había movilizado a jóvenes, ancianos y niños, y había emprendido un último esfuerzo por expandirse, promoviendo oleadas humanas desarmadas para limpiar de minas los campos de defensa iraquíes y facilitar el asalto de las trincheras de nuestros peones por parte de los soldados armados chiítas. Alá esperaba a todas las víctimas sacrificadas en el Paraíso con setenta vírgenes preparadas para cada uno. En principio lo consideramos una traición, una trampa, y tuvimos que facilitar a nuestros peones iraquíes enormes cantidades de armas químicas para frenarlos. Dos millones de jóvenes y niños chiítas desarmados, muchos de ellos menores de diez años, formaron un dique de cadáveres que frenó en seco las avalanchas humanas de los ejércitos revolucionarios iraníes. Detuvimos el reloj del adversario.

Eso fue lo que creímos, pero no lo que sucedió en realidad. Los dioses, en Europa, por alguna razón que no comprendíamos, habían decidido concluir su partida, contraer nupcias y detener el reloj del progreso en la región, extenuando a ambos adversarios. Algún grave asunto acaecido en aquellos días de enormes beneficios y esplendente progreso, el cual conocería mucho después, decretó la inutilidad de aquel conflicto para centrarse en otros asuntos más urgentes. Ni siquiera sé ahora si fue entonces cuando los dioses alcanzaron un acuerdo, o si siempre fueron amigos que nada más entretenían su eternidad jugando partidas con los peones humanos, o acaso un único dios que en realidad tuviera dos o más rostros, como Jano, los cuales utilizaba según su conveniencia, únicamente para parecer adversarios ante los ojos de los humanos.

Ninguno de los relojeros comprendimos por qué los dioses detenían el tictac del progreso, por qué se habían empeñado absurdamente en diezmar aquella abundante población que hubiera podido mantener los enormes beneficios que generaba una o dos décadas más; pero algo pasó entonces que únicamente conocían los dioses, algo muy grave y capital que les empujó al abrazo cainita, y de pronto nos llegaron órdenes de exterminar a los relojeros del dios rojo y deshacernos de todas las pruebas que pudieran delatar en el futuro nuestra presencia en aquella zona del mundo, incluidas las armas químicas.

El trabajo ahora se complicaba porque el robot de la guerra estaba al máximo de su capacidad y no era una tarea sencilla reprogramarlo. Absurdamente, mientras nos afanábamos en esta operación, los dioses habían comenzado unas conversaciones de paz que, contra todo orden natural, reunían en la misma mesa a todas sus torres y los enviados de todos los dioses, blancos, rojos, amarillos y azules.

Lo nuestro, sin embargo, era obedecer y obedecimos. Entretanto desconocíamos todo sobre las conversaciones de paz que se celebraban en Nueva York y que los aparentemente enemigos compartían el pan y la sal, invitamos a los relojeros del dios rojo a una fiesta como tantas en aquel muladar de campaña que habíamos instalado en una aldea perdida junto al Tigris, les ofrecimos Bourbon de Kentucky, hermosas mujeres procedentes de una aldea construida sobre la remota Nínive y les liberamos de sus obligaciones y sus sufrimientos junto con toda la aldea, detonando algunas armas químicas. El proceso de borrado y limpieza, había comenzado.

Deshacernos del resto del material fue tedioso, aunque no excesivamente complicado, y solo hubo que ordenar a nuestra criatura, Sadam Hussein, asegurar el Kurdistán, limpiándolo de partidarios del dios rojo. Halajba fue el lugar elegido para el despliegue de la campaña que se asomó al mundo por deseo expreso del dios blanco. Ninguno de los miembros de Apolyon comprendimos por qué nuestro dios daba publicidad a lo que pretendía que destruyéramos para evitar pruebas de nuestra presencia, acaso implicándose de una forma absurda; pero ninguno llegamos más que a simples disquisiciones íntimas que nos cuidamos muy mucho de exteriorizar. Las órdenes, de sobra lo sabíamos, únicamente podían ser cumplidas. En Apolyon solamente se obedecía, nunca se pensaba. La realidad, ya digo, cuando no se comprende, basta con aceptarla. Es un hecho.

Pero no hubo una Halajba, sino decenas de Halajbas y de Auschwitzs. La cantidad de armas químicas que habíamos facilitado a nuestros peones eran excesivas, y no podía quedar ni una carga, pero tampoco prisioneros jóvenes enemigos que más adelante quisieran ellos mismos poner en marcha relojes que el dios blanco había decretado que permanecieran detenidos. Si fuera necesario que volvieran a marcar el ritmo de nuestro dios, ya volveríamos nosotros.

Los periódicos y las televisiones que mostraron al mundo las decenas de cadáveres de Halajba, aprovecharon para hacer un recuento imposible de víctimas y anunciaron al mundo que esa guerra contabilizaba ya un millón de muertos. Los números les sirven a los dioses cuando negocian para jugar con las voluntades de los otros, pero los números no les importan. Como la esperanza, también esa cifra era un oropel: en realidad, nadie sabía contar tanto. No había jóvenes por las calles de Teherán, ni niños por las plazuelas de los pueblos o las urbes, ni aún ancianos tirando de sus borriquillos cargados de leña. Irán tenía garantizada la paz por muchos años porque ninguno de los prisioneros, o muy pocos, volverían a reencontrarse con los suyos. Había que consumir las armas químicas y Auschwitz siempre estuvo en todos los sitios y en todos los desiertos.

Apenas unos meses después, tal vez por efecto del potencial mortal del ejército servidor del dios blanco, o quizás por el acuerdo secreto de contraer nupcias entre el dios blanco y el dios rojo, el reloj se paró definitivamente en plena primavera. Nos retiramos a nuestros cuarteles generales del dios blanco, y apenas habíamos regresado, los hijos del dios rojo abandonaron Afganistán y el muro de Berlín se vino abajo. Extrañamente, todos los relojes del mundo por entonces comenzaron a caminar con un solo ritmo y a marcar la misma hora. Ya no había ninguna duda: algo grande, colosal, había sucedido para que los dioses se fundieran en un abrazo fraternal y los menores le cedieran sus poderes al mayor, o que Jano comenzara a tener un único semblante. Nuestro trabajo había sido realizado con encomiable maestría no únicamente cumpliendo con la máxima eficacia las órdenes recibidas, sino también habiendo dejado sembrada la semilla del futuro. No estaba al alcance de cualquiera escuchar el tenue tictac que latía bajo las arenas doradas del desierto, pero, para los oídos expertos, podía sentirse su sordo y lentificado eco de corazón mecánico en los cielos soberbiamente azules de aquella tierra en la que comenzara la Historia del hombre. No era necesario ahora, tal vez nunca, no lo sabíamos; pero allí había un reloj en marcha que ahogadamente contabilizaba el tiempo que restaba para volver a la luz, y no era precisamente un reloj de arena. Solamente algunas manos, en su momento, serían capaces de desenterrarlo, y lo harían cuando el progreso lo demandara.

El futuro se escribe en el pasado, ni siquiera en el presente. La casualidad, en los grandes sucesos, no existe. Es probable que tampoco en los pequeños, aunque no comprendamos los funcionarios del dios la ecuación que los gobierna. Los hechos no son más que las fichas de un juego en el que se enfrentan los dioses, o nada más que de un dios que lo hace consigo mismo como en un solitario. Es el progreso, su progreso, lo que cuenta. Y es un dios previsor, porque en todas partes va escondiendo ahorros por si alguna vez los necesitara. O eso, o es que su mente es tan compleja que un hombre, un humilde servidor de la muerte encuadrado en Apolyon, no podría comprender jamás. Y, a pesar de ello, sabía que algo grande había sucedido y que mi dios tenía un plan, que todo aquel aparente absurdo obedecía a una causa, y que si había detenido un reloj que tan excelentes beneficios le reportó, era por un beneficio todavía mayor. Los dioses, después de todo, siempre restan sumando.

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Sinopsis¿Y si Apolyon, el Rey del Abismo que se menciona en Apocalipsis 9:11, no fuera un demonio, tal y como sugieren algunos exegetas, o el mismísimo Jesucristo, como suponen otros?... ¿Y si Nibiru, el mítico planeta del que afirmaban los sumerios que procedían los dioses que nos crearon, realmente existiera?... De ser así, Apolyon bien podría ser un meteorito o un escombro espacial que acompañara a ese errante sistema planetario que nos vista cíclicamente, y el cual podría estar en rumbo de colisión con la Tierra en su próximo acercamiento. En Tal caso, todo lo referido en ese capítulo 9 del Apocalipsis tendría un sentido prácticamente literal.



Sinopsis: Los seres humanos, por razones no comprendidas por la Ciencia, no pueden reproducirse. Un Mal que únicamente afecta a los humanos. En Lubitana, un pueblo próximo a Madrid, ha coincido este hecho con la llegada de un misterioso personaje, don Gilgamesh, a quien algunos le responsabilizan de ser el causante del Mal. Un hombre misterioso y con enorme poder que se ha librado de la cárcel cuando se le acusaron de haber perpetrado dos asesinatos el mismo día fue violada la Niña Sara, la hija autista de los Montoro. Una mujer que, a pesar de su condición, establece con don Gilgamesh una peculiar relación afectiva, y que, el mismo día que da a luz a su hija, la Pequeña Eva, fruto de aquella violación, muere, desatándose ese mismo día el Mal que impedirá que los hombres puedan perpetuarse y cuyo tiempo restante podrá ser medido ya por la edad de la recién nacida. Un historia no violenta, ni siquiera escatológica, que muestra cómo la sociedad se va contrayendo sobre sí misma a medida que la población se extingue, hasta que finalmente no quedan sino algunos seres que más tienen de homínidos salvajes que de humanos tal y como los conocemos, además de don Gilgamesh y la Pequeña Eva, para quien este parece tener previsto un destino primordial. Una historia en la que don Gilgamesh no envejece, quién sabe si porque él mismo no es un hombre.

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