Ni reina ni polilla El blog de Ángel Ruiz Cediel A mi aire

18 de marzo de 2015, por Ángel Ruiz Cediel

Ni reina ni polilla



Con el cielo en el corazón y el infierno en la entrepierna, se repartían en hostil batalla su alma y su cuerpo Dios y el diablo. Con el sol en lo alto, todo le parecía bueno, cabal, sensato y en orden, y controlaba su entorno y su conciencia sabiendo dónde y cómo estaba lo bueno o lo malo, lo indebido y lo correcto; pero llegaba la noche, la luna hilaba una telaraña de pálida luz en su vientre que le empujaba a sentir que su ser se transformaba como un licántropo, y le nacía una imperiosa necesidad de aullarle al misterio, a la fruta prohibida del Árbol de la Vida, que era decir a la llaga siempre abierta en la carne de una mujer, a ese placer supremo que se escondía en el mismo centro de gravedad del universo, en el corazón del Paraíso que se ubicaba exactamente en mismo lugar de la entrepierna que a él le ardía, no sabía si de ansia de exceso, de simple deseo o de urgencia por alimentar a la bestia que con la luna le dominaba. Durante el día, la racionalidad de lo correcto, todo como Dios mandaba y cada cosa y cada idea en su sitio; pero la noche le abría a un abismo de animalidad, primitivo como el instinto más elemental, en el que el diablo era el emperador que en todo su ser establecía su imperio.

Cada noche, cuando las estrellas encendían las ansias y apagaban las cautelas, frebil se lanzaba a un bar y otro bar, a un club, a los amigos, al alcohol, a las risas y a la música azul. Excusas que su instinto usaba mientras se apostaba para detectar potenciales conquistas, las carnes pícaras que se escondían bajo los tules de fantasía de las lencerías más sugestivas, recurrencia de la perversión para que lo más viejo del mundo diera la impresión de novedad. Los ojos, siempre al acecho; los sentidos, constantemente alertas; y el olfato, como el del lobo eternamente dispuesto a percibir el rastro de una Caperucita desconocida que devorar. Y así, un trago y otro trago, una risa y otra, hasta que por aquellos rincones de sobra conocidos caía alguna oveja descarriada que se le ponía a tiro. Sus fauces, entonces, babeaban y se disparaba caudalosa su fuente de dopamina, saboreando de antemano los jugos primarios de su festín lunar. Tanto le daba si era rubia o morena, si natural o de bote, si entrada en edad o sietemesina, si era que sus modales indiciaban la mundología de saber de qué iba el festival de la noche. Lo que fuera, antes que tener que recurrir como última medida a alguna reina o polilla que le haría pagar lo que en ocasiones no tenía, prefiriendo siempre el gratis total de un vis à vis con la modernidad que hacía de la carne una tarjeta de visita o un entretenimiento habitual. Las bestias huelen en las otras bestias condiciones que ni en secreto confesarían a la misma policía. Cuestión de feromonas y de olfato, las mismas bases que usa la industria de la perfumería para hacer los cócteles con que facilitan los apareamientos y provocan el insomnio de Eros y engañan a los otros dioses de la fertilidad. Tanto le daba, sí, y aquella noche, aunque quien entró en el local iba sola, era rubia de artificio y no parecía particularmente atractiva, la curvatura de sus caderas y sus ondulantes movimientos dispararon sus alarmas y pasaron por alto esta eventualidad. Lo primero era comer, se hacía tarde, los supermercados de la carne hacía horas que habían echado el cierre y no había ya otra comida..., si es que no quería quedarse en ayunas.

«De todos modos», se pensó, «¿quién es perfecta en los tiempos que corren o a qué otra cosa puedo aspirar si las criaturas más tiernas ya me ignoraban o se mueven a una velocidad que no pueden desarrollar mis piernas?...» Con el paso del tiempo y con la edad, que empujaba a aceptar como ambrosías las sobras de otros festines, también había ido asumiendo que la naturaleza femenina era cada día menos natural. Besos de colágeno, caricias de botox, promontorios de silicona y asideros postizos, cada día que pasaba le parecía que desde su primera cópula la mujer iba derivando hacia la desolación de una muñeca hinchable, quién sabía si por eso de la tecnología o por la cosa del transhumanismo, la ciencia absurda esa que pretendía crear en una misma criatura un mixtifori de carne suelta y mecanismos. Pero, en fin, a la edad que tenía ya no estaba en condiciones de ponerse exquisito y exigir menú, pues ya no quedaban disponibles a su alcance más que los tablones de algunos naufragios, los restos de serie de algunas colecciones que se liquidaban de saldo y, o bien alguna de esas polillas que van a los últimos bares abiertos para hacer caja o recuento cuando las farolas se apagan, o bien alguna reina solitaria que a tan altas horas de la noche salían de los clubes más selectos, aunque no precisamente de jugar al golf. La noche amenazaba ya con resolverse en la madrugada, y por nada del mundo estaba dispuesto él a regresar en ayunas a una casa vacía y una cama desierta, y menos siendo sábado y sin tener que madrugar. Se relamió la bestia, aulló en su lúgubre silencio interior y se acercó a ella, abordándola con la naturalidad voraz del depredador al cordero.

En la corta distancia y la escasa luz, lo más natural que pudo atisbar en ella fue el rímel exagerado, el rubor coloreado y el rojo carmín que encendían sus carnosos labios, pero, por el contrario, su voluptuosa figura era deseable como la Atenea de Fidias y sus pechos dos oteros desde cuyos altozanos supuso que se podría vislumbrar, como Dante, la totalidad de los círculos infernales con todas sus capitales y algunos otros pueblos. «¿Quién puede ser perfecta en los tiempos que corren, a estas horas y a nuestra edad?», se volvió a repetir, y aceptó el desafío de acortar las distancias necesarias que permitieran una mejor visión. «¿Reina o polilla?», la abordó sonriente poniéndose al lado, mientras sostenía en la mano su vaso de licor como si fuera un maniquí y aguzaba su olfato. «A estas horas», le contestó ella con cómplice complacencia entendiendo el requiebro, «ni una cosa ni otra: un poco de verdad y un mucho de mentira, como la misma vida.» Pues que la cosa prometía y que sonrió aceptando el acoso, se acercó aún otro paso, poniendo su vaso al lado de su vaso de modo que sus manos casi se tocaban. ¿Qué aroma era aquel efluvio que emanaba, que nunca antes había percibido en ninguna otra mujer?..., ¿quizás pasión desenfrenada de una necesidad intempestiva, tal vez picardía excesiva de un monstruo tan voraz como él, o acaso podría ser incluso ese indicio de amor que suele brotar a borbotones de la soledad?... Después de todo, nunca, a pesar de sus más de cuarenta, se había enamorado e ignoraba cómo olían los vapores del corazón, y aquella sonrisa le parecía que era algo más que una sonrisa de cortesía o de deseo, como si en el éter sus almas se hubieran conocido primero y ahora en la carne se correspondieran. Algo sintió, no supo qué, y ahora que la tenía tan cerca, agudizó la mirada y su semblante le pareció que resplandecía. La macilenta luz la descubría más tibia, más hermosa, más misteriosa y desconcertante que ninguna otra amante de las muchas que había tenido. El blanco vestido ajustado que lucía, hacía de su geografía un mapamundi universal del deseo, y su bestia aulló nuevamente, relamiéndose no ya por el alimento, sino por el manjar que se disponía a devorar…, si ella consentía y a tan altas horas deseaba copular como dos mariposas enardecidas de soledad en una soledad compartida. Debía ser que sí, porque las feromonas apestaban el local desde la barra a los servicios, y hasta los mismos amigos, sabedores de su estrategia, se hicieron a un lado para favorecer la intimidad que abriera la derrota hacia la casa de él y la alcoba. «¿Por qué en este lugar y a estas horas llega una reina a repostar?», le dijo con doble intención, tratando de averiguar si era en verdad reina o polilla. «Por un desencuentro», confesó ella con un deje de amargura, gravitando su cabeza en doliente mohín sobre el vértice del llano en el que se resolvía el valle desde el que se levantaban sus dos airosos promontorios. Y prosiguió: «He roto con mi chico, porque no me acepta como soy.» Bien se veía que de locos andaba sobrado el mundo, porque había que estar fuera de quicio para despreciar semejante beldad; pero se alegró de que ese desconocido lo hiciera impelido sabrían los dioses por qué, y de que por ello acercara a sus proximidades tal excelsitud. Nada mejor, sabía, que el recurso del consuelo para convertir el duelo en un rifirrafe de carne: entre las técnicas de conquista, esa era la infalible, porque por de más sabía que la tristeza sofocada, si se manejaba bien, era la llave maestra que abría cualesquiera piernas, y en eso era el rey. Al apagarse las luces negras del dolor en el corazón, siempre se encendían las fucsias del deseo, y a la tarea se entregó con vehemencia, desplegando el dulzor empalagoso de sus mejores artes de seducción.

Cosa curiosa, lo que en principio consideró una emboscada más para hacerse con la presa, entre trago y trago se desvió a una fatal atracción que implicaba ámbitos más inconsútiles que la emoción sensual. Sería el verbo fluido de la mujer, la sinceridad con que descerró las compuertas de sus sentimientos o aquella tristeza existencial que la hacía parecer a la vez vulnerable y vulnerada. Y su punto de vista apenas en una hora cambió, disolviéndose las distancias que siempre debe haber entre cazador y presa, al menos hasta que el primero se lanza sobre la carne para devorarla el alma. Algo pasó. Algo que tenía que ver con la melancolía o con la sinceridad de un relato que algo poseía de retrato de él o de espejo en el que se mirara, viéndose reflejado desnudo y sintiendo en sí los dolores de los que ella se quejaba. Sin motivo aparente, incluso por un instante odió a aquel desconocido a quien ella odiaba, acaso por haber herido con tal saña a la única criatura de la noche que en toda su experiencia había conocido tan auténtica y desbordante. Pero, como digo, fue solamente un instante, y luego que la tristeza pasó, volvieron ambos a la risa y al trago, no ya como dos desconocidos, sino como viejos amigos que se hubieran reencontrado.

La madrugada amenazaba con fundar un nuevo día, y de pronto el hombre recobró la cordura y supo que, ahora o nunca, debía aprovechar la ocasión si no quería ayunar. Dio un giro a su discurso y lo llevó a lo íntimo de conjugar ambas esencias elementales para celebrar la ocasión de tan firme conocimiento, y ella se dejó seducir a la vez que le daba la impresión de que lo estaba seduciendo. En fin, el momento era el que era, y no había espacio para intelectualizar lo que sin duda era fiebre de carne con quizás algún filamento de alguna otra materia, y apenas un momento después, se unieron en el prolegómeno de lo que bien se intuía como la amanecida más movida de su largo calendario. Ella, sin embargo, se mostró con cierto recato hacia alguna clase de caricias, que él entendió como pudor de una mojigatería que debía vencer, y esto excitó a su fiera de tal manera que enseguida se limpió el carmín residual de sus labios con una servilleta, pagó las consumiciones con la urgencia de saber que estaba ya la mesa puesta y, abrazado a ella como un beodo a un farol, salió del local con el rumbo bien definido hacia el paraíso perdido de esa soledad doméstica de su apartamento que pensaba convertir por unas horas en un remedo de Gomorra.

De milagro llegaron sanos y salvos al departamento, porque la pasión desatada dentro del vehículo les desvió la atención del itinerario, estando a punto de salirse de la calzada. Ya en la casa, y sin mayores preámbulos, la bestia condujo a la bestia a la alcoba, y tendida sobre la cama husmeó mientras se desvestía y la desvestía en aquella geografía arracimada de colágenos y plásticos. Tanto daba en la penumbra, si era mariposa de un día o si la delicada pelusa de la flor de un cactus, pues la fiebre de carne imponía la ferocidad animal de quien necesitaba llenar con urgencia el estómago del deseo antes de que la luz impusiera la frontera de lo malo y lo bueno. Y fue en ese límite indefinido en el que corazón y entrepierna conflagraban, cuando la sorpresa le paralizó al instante. No; aquella mujer no era ni reina ni polilla, ni siquiera era mujer. Era una criatura extraña, una sirena perdida, un centauro extraviado o el resultado primario de un ser con dos esencias que aunaba en una carne la totalidad de los géneros y la existencia genuina de ninguno. Inmóvil mientras la contemplaba en la penumbra sin saber qué hacer, le dijo ella: «Tengo lo mejor de dos mundos, debieras sentirte halagado.» Pero él no se sentía distinguido, sino confundido, tal vez furioso, engañado, timado o enardecido por la ira de haber dado donde jamás creyó que diera. Se supo, en fin, el timador timado, el seductor seducido y el bandido robado. «No estás preparado para esto», le dijo ella poniéndose en pie.

En silencio la contempló mientras comenzó a vestirse. Así, colosal como una fantasía, aquella imponente geometría de carne y satisfacción venidera envuelta en lencería, su bestia despertó con mayor voracidad de la que nunca antes hubiera experimentado, e hizo huir despavoridos a todos sus escrúpulos a no se sabe qué oscuro rincón de su alma, y le dijo: «No, espera. Veamos qué tan verdadera es cada una de tus naturalezas.» Y el alba les sorprendió en un ménage à trois entre dos. Tan larga como intensa y extraña fue para él la experiencia que no tuvo ciencia para procesarla por muchos días, los mismos en que repitió aquella liturgia para comprender qué era lo que en verdad sentía, pues que su bestia se recreaba sin ninguna oposición de conciencia, hasta que una mañana supo que por fin había concluido él la ancestral batalla que en su cuerpo se verificara. Ya no combatían su corazón y su entrepierna: el diablo había ganado la partida, y como premio le entregaba el extraño amor confuso pero enamorado de una criatura mixta que le ofrecía las ascuas de un infierno que le libraba para siempre de su sed insaciable del néctar de reinas y de polillas.

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