Tengo un problema contigo El blog de Ángel Ruiz Cediel A mi aire

20 de mayo de 2015, por Ángel Ruiz Cediel

Tengo un problema contigo



Tal vez porque he vivido lo suficiente, sé que tengo un problema contigo: porque te quiero, precisamente, no te puedo querer. Es algo que se aprende a golpe de corazón: el cuarto del amor no son habitaciones comunicadas. Demasiado peso en la mochila, demasiados afectos que aún traspiran, excesivos resabios de otros labios que convierten los besos en disparates estrafalarios de falso modernismo, y excesiva ignorancia de creer que vivir es poder repartir pedazos del corazón sin que el corazón se desvanezca. Seguramente tengas razón y no sepa casi nada: una o dos verdades y acaso la certeza comprobada de que con el amor no se juega.

Dos horas de zumba y una de cosmética, tinte para el pelo, blanqueador dental, lipoescultura a plazos, lencería fina y un pastazo en moda para salir al mundo y combatir la soledad o un fracaso sentimental con mil y un nuevos fracasos. Se pasa el arroz, el tiempo se agota, pesa como un cadáver la soledad y por ahí dentro, en algún lugar, hay una herida que supura el humor de un imposible amor que trastabilló y murió sin que se pudiera evitar. Para tranquilizar al corazón, creíste, bastaba con realquilar ese rincón a cualquier inquilino transitorio, pero hay casos en que el remedio es peor que la enfermedad. Te pareció que cualquiera valía si estaba de buen ver y podía satisfacer el ardoroso deseo o la simple curiosidad de saber qué tal podría ir, o acaso la mera esperanza de convertir el jamás en un después, o la posibilidad de que hubiera un luego para el ahora o un mañana seguro para un hoy incierto o dolorido. Con la tirita de una sonrisa insinuante sellaste para los demás la herida del corazón que aún sangraba, con un amante un amor y con mil de ellos la soledad que dilataba tus noches, convirtiendo lo que pudo ser y no fue en resentimiento, y el resentimiento en frustración de un amor que pudo ser y no fue, nunca supiste por qué… o preferiste ignorarlo. La cosa, es que después de un tiempo desde que sucedió aquello, ya no supiste adónde ibas ni con qué objeto, y fueron tantos los inquilinos secretos que recalaron en tu fonda, que la llaga se hizo tan honda que alcanzó el corazón, y se desangraba.

Te pareció que era mejor acallar entre las sábanas cualquier recuerdo, soltar amarras con otros vientos y echarse a otros océanos de creer que sería verdad en otra carne o con otros verbos lo pudo ser y no fue. Que el efímero placer acallara el dolor, aunque fuera con un extraño; cualquier cosa antes que caer en la tentación de darle vueltas a lo que tuvo solución, y cualquiera antes que considerar para qué demonios servía bogar o latir si ya no se navegaba hacia ningún puerto. Volver atrás era imposible, el reloj de la vida solo camina hacia delante y aquella ruptura no fue un lapso estival de vacaciones sentimentales. No puede retoñar como nuevo lo que es de enésima mano, y lo que más dolía era la imposibilidad de recuperar lo que pudo ser y no fue. También sirvió el dolor como venganza… y como castigo contra el otro y contra sí: el más justiciero enemigo siempre se lleva puesto, y se vaya donde se vaya o se esté con quien se esté, jamás calla y reclama su espacio. Despacio, el tiempo se convirtió en adversario, y antes de que se desfalleciera hubo que apurar la medida y ver si se podía encontrar a quien fuera, un realquilado cualquiera del corazón que ocupara este rincón que se quedó sin dueño, o estos sueños que quedaron anclados en aquello que pudo ser y no fue. Pero, ¿quién podría cargar con esta pensión de viajeros que llegaban y se iban, considerando que pudiera ser un espacio personal?... ¿Quién podría habitar la falsa intimidad de un cuarto comunicado con tantos otros cuartos, y quién respirar el ectoplasma de tantos alientos que aún no se disiparon?... Son las cosas de la vida, y ya todo tiene fecha de caducidad. ¿Cómo fue, cómo comenzó?... Tal vez si esto mismo que se hizo se hubiera hecho entonces, zumba, cosmética, lencería fina, copas, modernidad, pasión furtiva con un conocido como después se tuvo con mil extraños, no se hubiera llegado a tanto; pero la rutina y el exceso de confianza degenera en venganza a poco que te descuidas, y por una palabra a deshora se genera un conflicto que nunca vence ni caduca. ¿Era mejor ahora?... Poco importaba: había lo que había, aunque se hiciera lo que jamás se hiciera con quien en verdad amaba. Pero te extrañaste de ti misma, y practicaste sin reparos y con exceso todo eso que tantas veces negaras por comodidad o por pereza. Salías del trabajo y empezabas, sin descansar, a maquinar qué y con quién, te periponías y, peripuesta, salías a la caza de un cualquiera, alguien que pareciera que te podría proporcionar lo que pudo ser y no fue, acaso para que cuando fuera no lo volviera a ser. La eterna canción del corazón, cuando el corazón está perdido en su propio laberinto.

Caminaste, sonreíste, alternaste, te insinuaste y te ofreciste como nunca te ofrecieras, tratando desesperadamente de volver adonde ya no se regresa. Tanto daba porque era lo que había y nadie es perfecta, y todos los demás eran igual y tenían parecidas heridas. Poco se puede ver cuando se alumbra la oscuridad con tinieblas, pero era la ley de la modernidad; los demás, todos los demás, rellenaban también sus escondidos rincones con parecidas vanas ilusiones, y ahí las heridas palpitaban, supuraban bajo la piel sus efluvios de venganza y autocastigo, sabiendo que aunque parecieran que recuperaban en otra piel lo que pudo ser y no fue, siempre desconfiarían de quien con tanta facilidad albergó a tal población de realquilados. ¿Quién es este o esta?... ¿Qué les trajo hasta aquí o qué infernal galerna les dejó varados en las playas de la soledad?... ¿Una rutina, quizás?..., ¿tal vez un desamor que suplantó de mil maneras a un amor que pudo ser y no fue?... La historia, bien se veía, de mil modos se repetía y cada quien renqueaba a causa de las mutilaciones de sus íntimas guerras, que era decir de un amor como aquel que pudo ser y no fue, cada uno con mil desgarros y algunos que otros hijos abandonados a la suerte de saber que los quereres tienen fecha de caducidad, si la rutina llega a asaltar lo íntimo y la confianza se exagera.

Un día conociste un don que convirtió en par tu non, y volviste desesperadamente a comenzar sabiendo que no empezabas, porque con afán te aferrabas a un imposible ahora por temor de un incierto después. El incendio del romance, derivó lentamente a nada más que ascuas, las ascuas no tardaron en ser carbonilla y la carbonilla pronto fue nada más que cenizas, hasta que un día, no mucho más tarde, comprendiste que no era eso lo que esperabas y que nadie podía suplantar a quien hizo que fuera lo que ya no era ni podría serlo más. En esa confusión de amor y desamor, como las hojas de un calendario, pasasteis los amantes dejando un reguero de sangre de esa que manchaba sin manchar, de esa que hería sin herir y que hablaba incesantemente sin decir lo que se deseaba escuchar. La sombra de la consternación, entonces, todo lo abarcaba, se miraba a lo lejos, atrás y adelante, y nada había que colmara un instante en ese océano embravecido que, a pesar de su inmensidad, parecía no tener capacidad para albergar a tanto barco perdido. Todo se hacía azul como la distancia, como una circunstancia inalcanzable que abría de par en par la sustancia misma del alma. Reías y luchabas contra el tiempo y la forma: ¡es tan difícil competir con lo inflexible!… Pero, en fin, el tiempo también se agota.

La condición primera del amor es amar sin motivo, y cuando se tiene no hay mucho que rascar porque todo suele terminar por el mismo lado que empieza, solo que al revés. Si carne fue el fundamento, la carne será el instrumento de su deceso porque hay mucha carne en el mercado que se ofrece a la barata: «Vendo cuerpo, vendo alma, vendo esperanza y vendo sueño, y ofrezco como anticipo esta llaga que no cierra y que empuja a las tinieblas de un placer momentáneo que será luego desolación, porque tiene una razón para ser sin ser ninguna razón.» Pero miraste afuera, al mundo, y te viste como una más, como uno más de tantos, de miles de millones, de hombres y mujeres que vendieron o se rindieron al presente sin luchar, creyendo que en este mercado multitudinario podrían encontrar lo que pudo ser y no fue, con todas sus virtudes y ninguno de sus defectos. Asumir que nadie es perfecto, precisamente entonces, no era un gran consuelo cuando se pudo hacer antes; los amantes, una vez que pasa la fiebre primera, son nada más que la huella idéntica de los anteriores, solo que sin las virtudes del primero. Al menos, aprendiste que el infierno y el paraíso duermen en la misma cama, comen en la misma mesa y charlan en la misma sala. Y tal vez, solo tal vez, que el juego del amor no es ningún juego.

Y ahí estamos, con demasiado peso curvando la espalda, habitando un cuarto comunicado con mil otros cuartos y en la imposible intimidad de saber que somos la resta de un corazón que fue dejando un reguero de jirones en otros tantos rincones tan desolados como él. Es lo que hay, y es inútil darle más vueltas. Pero ¿y ahora qué?... Probablemente te quiero o me quieres o nos queremos, pero ¿y cómo nos amamos en el escenario de este teatro con la platea llena de fantasmas que pitan o aplauden?... ¿Cuánto en esto hay de verdad y cuánto de desesperación, de espejismo o de fantasía?... Y lo que es más importante, ¿cómo puedo confiar la intimidad de mis sueños a quien tiene los armarios repletos de otros tantos secretos traicionados?... El problema de mentir, siquiera sea por la necesidad de huir del dolor o escapar de la soledad, es que se termina por perder el sentido de la verdad, y cuando se pierde su rastro ya nunca se reencuentra. De modo que tengo un problema contigo: te quiero, pero precisamente porque te quiero no te puedo querer, por la imposibilidad de saber con certeza qué marea te arrastró hasta mi puerto y cuánto de amor o de desesperación esconden tus besos. Lo que es cierto con la materia, es falso con los sentimientos por contrarios en sus sustancias: la mucha experiencia en los afectos no es una virtud ni enseña, sino que confunde y resta. En ese juego solamente se participa para perder, porque siempre van quedando retales del alma prendidos en sus alambradas. ¿Y ahora qué?... Y ahora y luego y después, nada. Jugamos y perdimos, solamente eso.

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Sinopsis: En la noche de los tiempos, según el Libro de Enoc, los Hijos de los Dioses, las Veinte Dinastías de los Vigilantes, viendo que las Hijas de los Hombres eran hermosas, las desearon para sí y se conjuraron para desobedecer a Dios y descender sobre la Tierra con el fin de tomarlas y hacerlas hijos. Por esta rebelión contra los designios Divinos y esta interferencia en la Creación, Dios castigó a aquellas Veinte Dinastías con el Infierno e hizo que las milicias divinas los expulsaran del Cielo para siempre. Y así lo hicieron con todos... menos con uno, Abaddona, el único diablo arrepentido porque comprendió el mal que había hecho y le suplicó perdón a Dios. Y Dios le perdonó, le devolvió su rango de trono y le permitió que regresara al Cielo; pero Abaddona no quiso hacerlo..., al menos hasta que devolviera a los hombres al estado de pureza del que les había privado, porque a causa de aquel acto, tal y como reza el Libro de Enoc en el capítulo 8:2, «Desde entonces creció mucho la impiedad, porque ellos (los hombres) tomaron los caminos equivocados y llegaron a corromperse en todas las formas.»




Sinopsis¿Y si Apolyon, el Rey del Abismo que se menciona en Apocalipsis 9:11, no fuera un demonio, tal y como sugieren algunos exegetas, o el mismísimo Jesucristo, como suponen otros?... ¿Y si Nibiru, el mítico planeta del que afirmaban los sumerios que procedían los dioses que nos crearon, realmente existiera?... De ser así, Apolyon bien podría ser un meteorito o un escombro espacial que acompañara a ese errante sistema planetario que nos vista cíclicamente, y el cual podría estar en rumbo de colisión con la Tierra en su próximo acercamiento. En Tal caso, todo lo referido en ese capítulo 9 del Apocalipsis tendría un sentido prácticamente literal.



Sinopsis: Los seres humanos, por razones no comprendidas por la Ciencia, no pueden reproducirse. Un Mal que únicamente afecta a los humanos. En Lubitana, un pueblo próximo a Madrid, ha coincido este hecho con la llegada de un misterioso personaje, don Gilgamesh, a quien algunos le responsabilizan de ser el causante del Mal. Un hombre misterioso y con enorme poder que se ha librado de la cárcel cuando se le acusaron de haber perpetrado dos asesinatos el mismo día fue violada la Niña Sara, la hija autista de los Montoro. Una mujer que, a pesar de su condición, establece con don Gilgamesh una peculiar relación afectiva, y que, el mismo día que da a luz a su hija, la Pequeña Eva, fruto de aquella violación, muere, desatándose ese mismo día el Mal que impedirá que los hombres puedan perpetuarse y cuyo tiempo restante podrá ser medido ya por la edad de la recién nacida. Un historia no violenta, ni siquiera escatológica, que muestra cómo la sociedad se va contrayendo sobre sí misma a medida que la población se extingue, hasta que finalmente no quedan sino algunos seres que más tienen de homínidos salvajes que de humanos tal y como los conocemos, además de don Gilgamesh y la Pequeña Eva, para quien este parece tener previsto un destino primordial. Una historia en la que don Gilgamesh no envejece, quién sabe si porque él mismo no es un hombre.

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"Sangre azul (El Club)" es la novela conspiranoica por antonomasia. Una novela invaluable porque no narra cómo cierta élite nos maneja y controla, esquematizando las etapas que va cubriendo en la Historia y, lo que es más significativo, las que quedan por cubrir y con qué contenidos, que es decir qué nos espera y cuándo. Una novela que, usando la realidad incuestionable de los titulares de prensa y otros medios, y conduciéndonos de la mano de un prominente personaje de ficción (o quizás no tanto), conduce al lector por nuestro tiempo, permitiendo que él mismo compruebe cómo los sucesos que consideraba casuales o fruto del azar, han sido elaborados y puestos en escena por una inteligencia superior. La mayor de las conspiraciones, al descubierto.





Sinopsis: Salvador Montoro ha perdido al único ser que le quedaba vivo, su madre. Sin embargo, Fausta, cuñada del padre de Salvador, consigue que el patriarca de los Montoro le acoja en su casa, a pesar de que no le considera sino un bastardo. Aunque con un inicio de su relación muy negativo, el tiempo y la convivencia lograrán que se establezca entre el abuelo y el nieto un vínculo que derivará en un afecto sólido y entrañable que se extenderá ya por siempre. Ya como Montoro de pleno derecho, deberá el futuro patriarca de la casta, Salvador, demostrar su condición de germen de Dios o de semilla del diablo, así como los demás Montoro lo hicieron a lo largo de la Historia, y tendrá su oportunidad de hacerlo siendo aún muy joven, porque estalla la Guerra Civil y él, como toda su quinta, es movilizado, cayéndole en suerte, ya al final de la conflagración, el deber de conducir a una caravana de niños desde Madrid hasta Valencia, ya que la derrota final está próxima y nada queda que hacer por evitarla, salvo impedir que sucumban aquellos que en su bando consideran los más puros: los niños.
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Rhinoslider 1.05