El paraíso perdido El blog de Ángel Ruiz Cediel A mi aire

9 de marzo de 2015, por Ángel Ruiz Cediel

El paraíso perdido



Con un velo de tristeza empañando su mirada y el alma abrumada por un peso incierto, se pregunta en qué momento desmayó la belleza o por qué resquicio de la rutina entró el desamor en el amor para destruirlo todo y llevarse a ninguna parte sueños, esperanzas y besos, dejando tras de sí solamente desolación y ruinas.

Cuando se rompe el cielo, los pedazos se desploman siempre sobre las almas que lo rompieron. ¿En qué momento sucedió?... ¿En qué instante perverso o por qué ignota rendija se coló en sus vidas aquel monstruo impiadoso que convirtió las caricias en desaires, los susurros en agravios, el deseo en desprecio y la seguridad en pánico?... ¿Qué cambió para que la armonía derivara en desconcierto?... No lo sabe, pero nada de lo que fue lo es ya, y sabe que jamás podrá alcanzar ninguno de los sueños que juntos tejieron. ¿Por qué sus labios ya no arden de pasión, por qué sus manos no son ya tan pródigas en suavidades y su corazón no late con el pálpito acompasado que estableciera un ritmo de paraísos encarnados?... Todo, todo ha cambiado, y no sabe por qué, no entiende cuál fue la chispa que prendió en la santabárbara de sus afectos, e hizo saltar en mil pedazos esa esquina universo en la que creyó se había establecido un remedo del paraíso.

Hay una delgadísima línea roja que separa lo malo de lo bueno. El hombre es el muro de carne que separa el Cielo del Infierno. La sombra de una duda, una afán excesivo de delantal, la falible quietud de la costumbre o una deuda sin fecha de caducidad, fue bastante para que esa línea se diluyera y pudiera entrar desde el abismo la sombra del tercero, o para que los ojos se abrieran a otras expectativas o buscaran otros horizontes a lo lejos. Entonces, el verbo se precipitó, la confidencia se hizo ofensa y la pasión derivó en carne sola y salada que produjo insaciable sed de más carne sola. Un reino dividido no puede subsistir, y si el reino del amor se divide, se estremece de miedo y se derrumban sus muros con estrépito ante el sonido de cualquier trompeta. Y por las grietas entraron las tinieblas con sus alarmas, y los depredadores con sus terrores y los saqueadores con sus codicias. El verbo crea belleza pero también crea caos, y cuando lo hace comprendemos que nada duele más de cuanto nos hacen, que aquello mismo que nosotros hacemos. Y comienza el ciclo del resentimiento, que es decir de la distancia, que es decir del infierno.

¿Aquello que los eligió fue amor, o nada más que pasión o deseo enmascarado?... Lo sabe, pero no lo sabe. Un día se abrió paso en la bruma rutinaria de su corazón una luminaria pura como ninguna otra luz, y sintió que irruía hasta sus más profundos rincones, inundándolos de un polvo amarillo y azul como un suspiro de sol de la más esplendorosa primavera. Como una oruga enardecida del más vívido fervor, experimentó que la vida cobraba una dimensión nueva, y tejió febril con el hilo de la ilusión un capullo de sueños enamorados del que brotaría una mariposa radiante de luz y color. ¡Ah, si el tiempo se detuviera!... ¡Ah, si en el quicio de ese prodigio el tiempo permaneciera haciendo eternidad esos instantes sin esfera, si pudiera perpetuarse la embriaguez de los besos, la profundidad de esas caricias o las delicias de esos verbos que en su armonía contenían insondables universos!... Mil abejas de miel y espuma libaban con ardor en la flor de la pasión que se abría en el vientre, y en la luz de los ojos se prendía la llama incombustible que daba norte a la singladura de la vida, avisando a la marinería que arribaban al puerto seguro del Edén… Días y días sin noches, porque los intensos luceros de las miradas prendían las oscuridades; años sin inviernos, porque el calor del afecto convertía en primaveras los hielos; y tiempo sin tiempo porque el deseo agotaba las arenas y hacía circular por las venas una sustancia dulce y suave como la más gozosa cadena de pétalos y aromas. ¿Qué otra cosa podía ser el Paraíso, sino un sentir sin límite el latido de ese afecto que se desentendía de cualquier sentido, que no fuera ese pálpito de estremecerse al saber que en uno solo de aquellos besos cabía en sus enésimas dimensiones el mismo cielo?

Como un muñeco roto y arrojado al olvido, hoy ignora si lo vivido fue el sueño de un loco o la ilusión de un desesperado. ¿Qué sucedió para que se disolviera en esta niebla gélida y solitaria la fortaleza que erigiera aquella mariposa suntuaria?... ¿Qué monstruo desalmado arremetió con furiosa inquina con sus pezuñas contra los muros de este castillo divino y lo redujo todo a desolación y desatinos?... Tal vez la primera grieta la produjo una palabra destemplada, acaso una desabrida queja de la rutina, quizás una riña cotidiana, pudiera ser que una urgencia de la carne o quién sabe si nada más que la desidia de la ausencia de poesía un día cualquiera en que el amor desfallecía. No sabe cuál fue la mano que empujó a la primera distancia, pero la sustancia de los sueños comenzaron a trazar un itinerario que alejaba los brazos de los abrazos, y que principió a abrirles los ojos hacia los destellos de afuera y los terceros, hacia las ansias de otros verbos, otras caricias u otros cuerpos.

Ha pasado el tiempo, se aprendió a sobrevivir con la mutilación de un amor sacrificado, se han sucedido otros muchos romances gélidos como inviernos, pero todos ellos estaban muertos antes incluso de que nacieran, acaso porque en todos ellos se quiso recobrar la calidez del paraíso perdido, aquel mismo que se destruyó o se permitió que se destruyera, creyendo tal vez que el mundo podría ofrecerle nuevos prodigios con lo más maravilloso de aquel y lo peor de ninguno. Hoy lo sabe, pero prefiere ignorar que solamente una vez ofrece la vida un reflejo de lo divino y todo lo que se logra abrazar, cuando se renuncia a lo que se quiso, es nada más que carne caduca con sueños usados, geometrías de segunda mano, almas astilladas en otros afectos que están ancladas en otros pasados. Hoy sabe, aunque prefiere callarlo, que el milagro del amor se fundamenta en la inocencia, en el pulso de una pureza que se extiende incluso cuando el corazón se detiene, pero al que hay que merecerlo. Quien no está dispuesto a morir por él al contado o a plazos, a renunciar incluso a sus renuncias, a sobreponerse al dolor, a la rutina y hasta a la lágrima, al que desmaya o al que se rinde, se le niega para siempre. Hoy sabe que un amor, si es auténtico, nunca puede ser sustituido por otro amor cualquiera, que no cabe en ningún otro cuerpo, que no puede ser albergado por ninguna otra alma ni estrecharse bajo ningún otro cielo. Hoy sabe, quizás, que debió haber hecho frente a las rutinas, que debió plantar batalla a los desafectos y medir sus palabras, quién sabe si poniendo besos sobre las ofensas, un te quiero sobre los agravios y caricias sobre los desaires, y hasta dejar revolotear en la alcoba aquella mariposa misteriosa de luz y color aun sobre el sueño y la fatiga. Lo sabe, y hoy que puede calcular su peso sabe con más certeza que nunca, que el cielo y todas sus ambrosías caben, mejor que en el cosmos, en una lágrima de amor y aún más ampliamente en la suave calidez de un beso.

Se nace con un tiempo de descuento que latido a latido nos acerca a la muerte, no a la vida. No se nace para la suma, sino para la resta, y nada es para siempre, salvo el amor, si es que se sabe cuidarlo y se vela por mantenerlo. Lo sabe, y acaso lo supo desde siempre. Otros lo hacían y descuadernaban sus vidas para perderse en otros cuerpos, y también quiso hacerlo, aun a riesgo de saber que no estaba ganando, sino que perdía. Quiso conocer otros alientos, otros placeres u otras mieles, libar en otras flores, y cuando el monstruo de la prueba irruyó en su recinto a escarbar en sus pastizales, permitió que lo hiciera y que destruyera lo que, tal vez, consideró que podría recuperar en otra carne. Ya es tarde, pero sabe con certeza que no era la carne, que no se condensaba cuanto anhelaba en otra geometría, y hoy que está al fin de sus días se siente engañado por la sociedad o por sí mismo, estafado por las modas las costumbres o timado por los consejos. Hoy, sabe que nada vale más que lo intangible, y se siente acompañadamente solo y perdido en un invierno eterno, todavía arrastrando esa mutilación que nunca cura y supurando por esa herida que no sana nunca. ¿Qué sería o qué hubiera sido?... ¿A qué brazos se habrá entregado su otra parte por desesperación o por un afecto que no era como aquel afecto, qué hijos suyos habrá tenido sirviéndose de otras carnes?... ¿Qué clase de ángeles estúpidos fueron, que pudiendo haber elegido permanecer por siempre en el paraíso, aunque tuvieran que defenderlo con sangre, latidos y besos, han preferido exiliarse de la belleza y hundirse en el lamento de soñar sabiendo que nunca alcanzarán aquel paraíso perdido?...

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Sinopsis¿Y si Apolyon, el Rey del Abismo que se menciona en Apocalipsis 9:11, no fuera un demonio, tal y como sugieren algunos exegetas, o el mismísimo Jesucristo, como suponen otros?... ¿Y si Nibiru, el mítico planeta del que afirmaban los sumerios que procedían los dioses que nos crearon, realmente existiera?... De ser así, Apolyon bien podría ser un meteorito o un escombro espacial que acompañara a ese errante sistema planetario que nos vista cíclicamente, y el cual podría estar en rumbo de colisión con la Tierra en su próximo acercamiento. En Tal caso, todo lo referido en ese capítulo 9 del Apocalipsis tendría un sentido prácticamente literal.



Sinopsis: Los seres humanos, por razones no comprendidas por la Ciencia, no pueden reproducirse. Un Mal que únicamente afecta a los humanos. En Lubitana, un pueblo próximo a Madrid, ha coincido este hecho con la llegada de un misterioso personaje, don Gilgamesh, a quien algunos le responsabilizan de ser el causante del Mal. Un hombre misterioso y con enorme poder que se ha librado de la cárcel cuando se le acusaron de haber perpetrado dos asesinatos el mismo día fue violada la Niña Sara, la hija autista de los Montoro. Una mujer que, a pesar de su condición, establece con don Gilgamesh una peculiar relación afectiva, y que, el mismo día que da a luz a su hija, la Pequeña Eva, fruto de aquella violación, muere, desatándose ese mismo día el Mal que impedirá que los hombres puedan perpetuarse y cuyo tiempo restante podrá ser medido ya por la edad de la recién nacida. Un historia no violenta, ni siquiera escatológica, que muestra cómo la sociedad se va contrayendo sobre sí misma a medida que la población se extingue, hasta que finalmente no quedan sino algunos seres que más tienen de homínidos salvajes que de humanos tal y como los conocemos, además de don Gilgamesh y la Pequeña Eva, para quien este parece tener previsto un destino primordial. Una historia en la que don Gilgamesh no envejece, quién sabe si porque él mismo no es un hombre.

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"Sangre azul (El Club)" es la novela conspiranoica por antonomasia. Una novela invaluable porque no narra cómo cierta élite nos maneja y controla, esquematizando las etapas que va cubriendo en la Historia y, lo que es más significativo, las que quedan por cubrir y con qué contenidos, que es decir qué nos espera y cuándo. Una novela que, usando la realidad incuestionable de los titulares de prensa y otros medios, y conduciéndonos de la mano de un prominente personaje de ficción (o quizás no tanto), conduce al lector por nuestro tiempo, permitiendo que él mismo compruebe cómo los sucesos que consideraba casuales o fruto del azar, han sido elaborados y puestos en escena por una inteligencia superior. La mayor de las conspiraciones, al descubierto.





Sinopsis: Salvador Montoro ha perdido al único ser que le quedaba vivo, su madre. Sin embargo, Fausta, cuñada del padre de Salvador, consigue que el patriarca de los Montoro le acoja en su casa, a pesar de que no le considera sino un bastardo. Aunque con un inicio de su relación muy negativo, el tiempo y la convivencia lograrán que se establezca entre el abuelo y el nieto un vínculo que derivará en un afecto sólido y entrañable que se extenderá ya por siempre. Ya como Montoro de pleno derecho, deberá el futuro patriarca de la casta, Salvador, demostrar su condición de germen de Dios o de semilla del diablo, así como los demás Montoro lo hicieron a lo largo de la Historia, y tendrá su oportunidad de hacerlo siendo aún muy joven, porque estalla la Guerra Civil y él, como toda su quinta, es movilizado, cayéndole en suerte, ya al final de la conflagración, el deber de conducir a una caravana de niños desde Madrid hasta Valencia, ya que la derrota final está próxima y nada queda que hacer por evitarla, salvo impedir que sucumban aquellos que en su bando consideran los más puros: los niños.
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