Palpitar airadamente El blog de Ángel Ruiz Cediel A mi aire

20 de junio de 2016, por Ángel Ruiz Cediel

Palpitar airadamente



Después de retirada la sombra en que se incubó la materia tejida al tiempo y la luz marcó su primer estigma en mis retinas, comenzó el curso de los ríos de sucesos en que bogo rumbo a la muerte. No recuerdo el primer latido, ni el fulgor del sol que nacía por el horizonte, ni siquiera tengo memoria para el helor que dicen quienes lo vieron que me estremecía; sé que mi primera voz fue un llanto, acaso distinto del que desde entonces me acompaña, quién sabe si porque mi garganta se fue haciendo a los verbos oportunos de la vida y se acomodó a las circunstancias en que los hombres resolvemos o nos enredamos en sus desvelos, ávidos de palpitar airadamente.

He latido desde entonces en este sendero finito de la existencia a los mil ritmos que me sorprendieron o me aprehendieron con su música, casi siempre muchos puntos por debajo del milagro y en raras ocasiones muchas ansias por encima. Por más que tampoco tengan el título de definitivas, no tardé en saber que no me extendería lo que una roca, una montaña o un océano, y que hasta el más breve de los árboles se mecería en la luz cuando la misma luz se escapara de mi carne y regresara a la sombra de la nada de la que procedía; pero me supe vivo y con latido, y busqué entre las figuras y acertijos de la rutina un sentido a mis días, un porqué o un significado que me elevara del polvo antes del retorno decisivo. Vivir, se me antojó como algo de más calado que un suceso recurrente de la biología, y existir como algo con más trascendencia que una casualidad cósmica o el capricho de un Dios aburrido, y salí al mundo a indagar por las causas por las que la nada se forma y conforma con un alma y/o una inteligencia que alcanza la consciencia de sí misma. Carne blanda, poca fuerza y ninguna ciencia no eran muchas herramientas para adentrarme con garantía de éxito en los laberintos de la vida y derrotar al Minotauro de la ignorancia para arrancarle sus secretos, pero contaba con la inteligencia y quién sabía si con el alma, esencia de la misma sustancia que aquello a lo aspiraba, lo inconsútil que transpira piel afuera animando la materia para transformar en actos y certezas lo que brota de lo oscuro con la forma del deseo.

¿Por dónde comenzar esta tarea con tan escasos recursos?... A mi alrededor se alternaban escenas de rutinas, ojos que lloraban, bocas que reían, párpados que se cerraban o se abrían ante imágenes terribles o festivas; dientes que devoraban panes amargos, dientes que mordían con ferocidad incalculable, dientes que destellaban en la dicha… El mundo se descuartizaba calle abajo y calle arriba entre lienzos amarillos y una bruma gris que todo lo envolvía entre tinieblas y destellos fugaces como estrellas caídas sobre el terrado de la casa colectiva, y una turba de seres anónimos se agitaba como una enloquecida marabunta de insectos tratando de huir de la desdicha. Miré a lo alto. Dios había debía tener una razón para todo, y reparé en las Iglesias para hallarlo, pero allí solamente había encíclicas, lujos y apariencias, bendiciones para sus buenos y anatemas para sus malos, amenazas de infiernos para los díscolos, ignorancia para todos, exigencia a la sumisión y a la pobreza para sus pobres, mandatos a la obediencia para sus esclavos, oro, joyas, poder a manos llenas que copulaba con los otros corruptos poderes de la Tierra. En Oriente y Occidente se disputaban a Dios como fieras, pugnaban por retales de su túnica a la vez que le vestían con los andrajos suntuosos de sus invenciones y le adobaban con toda suerte de mentiras; pero en las calles y los campos solamente había seres solos, hijos solos, hombres solos. Puertas afuera de las Iglesias el mundo languidecía, se desmembraba entre el dolor y la miseria, hambre, dolor, muerte, mientras unos traficaban con la carne y otros con las conciencias, haciendo de los hombres nada más que carne salada y seca en nada distinta de la de las reses y en todo igual a la insignificante hierba. Miré atrás para saber dónde se perdió la huella, y vi más de lo mismo, caudalosos ríos de sangre, dolor, sufrimiento, intolerancia, guerra, mares de lágrimas que abrasaban las tierras de un extremo al otro del planeta mientras los hombres imploraban a Dios, sin que ningún Dios se compadeciera.

La luz, la misma luz aquella que cuando me encarné irrumpiera en mis retinas imprimiendo un sello de inocencia, abría cielos azules, rojos y amarillos hacia los distintos horizontes, desvelando paisajes de gloria. Bajo ellos ondeaban los blasones de las patrias a los vientos de su pasado de heroísmo y sacrificio y su presente de orgullo y prepotencia, y me enamoré de ellas. Amé las patrias tanto cuanto pueden ser amadas por un hombre que sabe que camina hacia la muerte, y me sentí fibra de su paño, urdimbre de su sueño y parte de su todo; pero miré un poco más lejos y vi hombres que sufrían, dientes de leche que devoraban panes amargos y seres que solamente eran sangre gratuita para que los pendones ufanos flamearan en los mástiles. Miré atrás también, a la Historia, y entre los renglones gloriosos que narraban invictos ayeres de honor y laureles, descubrí los garabatos entrelíneas de horror que habían ido dejando millones de seres arrancados de sus hogares para la muerte, sometidos a la esclavitud de los tributos o convertidos en la sangre que abonaba los campos sobre los que ondeaban las banderas. Las estatuas de los héroes, los reyes y los poderosos, se erigían sobre montañas de osamentas que amarilleaban insepultas a la luz negra de las patrias, de seres sin nombre que fueron sacrificados sin ninguna clase de misericordia. Y volví mis ojos a mi patria investidos con esta luz nueva, y vi a los policías del poder, vi trincheras abiertas ralando a la sociedad por mitades, vi muros garabateados con sangre, cadáveres tendidos en las aceras, sangre, dolor y barro formado por sangre y tierra. ¡Oh, patria mía, cuánto dolor sentí! La patria, mi patria, era hermosa solamente si miraba hacia arriba, hacia los pendones que se levantaban rozando el cielo; pero si bajaba la vista al suelo, podía contemplar que aquel hermoso mar de hierba amarilla era en realidad un océano de huesos que clamaban su infortunio convertidos en cimientos de orgullosas ruinas.

¿Qué quedaba o dónde buscar una razón que diera sentido a lo que parecía un inútil palpitar?... A la luz de cuanto ya sabía, las ideologías, las patrias y los dioses se iban desvaneciendo ante mis ojos como la bruma temprana cuando el sol calienta. Agrio y abatido miré a mi alrededor, y vi que otros muchos semejantes a mí, tal vez arrepentidos como yo de buscar a Dios en las Iglesias o las patrias en las trincheras, continuaban buscando en otros nichos y llamando a otras puertas. Temblaban las almas ante el vértigo de la soledumbre de no ser nada, latir para nada, no ir a ningún sitio, y se entregaban con cuerpo y alma a lo descabellado, a las frases hermosas sin actos que las respaldaran, a las vacuas modas, a los vicios, a dementes gurúes que enseñaban a vivir conforme a sus desquicios. Quien no era vendido por la fuerza en los tenderetes del consumo, voluntariamente se entregaba como res para balar en cualquier rebaño. Hacía tiempo que los obuses no vomitaban su ira de destrucción y sangre, tiempo en que los cadáveres eran pulcramente retirados de las aceras, tiempo en que habían caducado las ideologías y tiempo en que los hombres renunciaron a cualquier paraíso, y ahora se imponía la moda de la rebeldía de las grandes cadenas, de los supermercados del consumo, y los hombres, arrepentidos también quizás de ser hombres, se uniformaban de aparente rebeldía y empuñaban vehementemente como un rezo memes de otros hombres que tal vez por sí mismos sí que vivieron. Pero en ese plástico modernista de falsas revoluciones, esoterismos vacuos, pseudociencas de milagros interiores y dioses fabricados a la medida con masas de amorfa plastilina filosófica de mil colores procedentes de remotos credos y ancestrales religiones, tampoco encontré la razón para que mi pecho palpitara airadamente.

Mi cuerpo temblaba de tristeza como la hierba se estremece en el fragor de la tormenta. Me creí solo entre una multitud que había renunciado a perseguir ninguna clase de sueño o a cuestionarse nada, raro entre los raros, desalentado. Lo peor que le puede suceder a un hombre es tener esperanza, porque por esperar no camina y permanece inmóvil sin aprender nada. Y me detuve para adquirir un credo tan estúpido como los de tantos o una esperanza no sé si de saldo, pero si todos vivían sin palpitar airadamente, sin estremecerse ante la vida o la muerte y con todo sonreían, tomé mi parte del pastel y me hice carne como esos semejantes que sonriendo hipócritamente buscaban cualquier otra carne en la que acallar el dolor que les embargaba. Intenté latir nada más, tal vez ser un eco sordo que resonara en la nada y se extendiera con pocos daños en tanto mis pasos se acercaban a la muerte, y triunfé, alcancé el poder de ser nada, me hundí en el sexo de mil mujeres y acaparé la admiración y pleitesía que generan los haberes; pero no pude soportar el hedor de traspiración de la materia que no aspira a sublimarse, y me hastié de ese mundo de palabras sin significado, de ese orden de emociones usadas, de esos actos sin importancia que exigían la apariencia para el éxito y que solamente concedían al hombre el valor de sus haberes. Aquel día, agotado de mí mismo me retiré a mis soledades y me hundí en mi nada para derramar en lo oscuro la luz que me hería sin permitirme desentrañarla. No busqué nada, no quise ir a ninguna parte, sino acaso nada más que hundirme en mi propia sombra, en la profundidad primaria de mi propia naturaleza y resumir en dos o tres certezas tanto cuanto había aprendido. Fuera lo que fuera, aquello era yo mismo y era diferente a lo del otro, a lo de los otros, a lo de los demás, a lo de todos, y ello me convertía en justamente único. Corrí por los corredores de mis deseos cumplidos e incumplidos, desestimé mis esperanzas, vagué por mis pánicos, me detuve el tiempo suficiente ante el espejo de cada vergüenza para familiarizarme con mis miserias y tuve la osadía de enfrentarme no al Minotauro del mundo, sino a la criatura originaria que era, a mi sustancia genuina de ser encarnado, y pude contemplar el semblante de mi alma.

Cuando un hombre grita de dolor ante sí mismo, cuando se estremece de pavor ante su propio estremecimiento y aúlla cada fibra y llora cada célula y se llega sin temor hasta el centro mismo de los huesos, el alma se yergue sobre su nada y convierte en sangre el cieno que corre por sus venas en un alarido inverso. O tal vez sea Dios el que se manifiesta a través del ectoplasma de su aliento que es el alma. Sea lo que fuere, la luz que brusca irrumpe entonces desde lo más hondo a lo más hondo, se siente cómo palpita con un ritmo nuevo en cada mácula del cuerpo y cómo florece la llama de un tiempo sin ocaso. Quien se sintiera un cadáver caminando entre los muertos era, al fin, un hijo de la vida que se dirigía determinado hacia la muerte, y a la vez un hijo de la muerte que regresaba con según qué latidos a la vida para buscar otros latidos que enlazados me hicieran palpitar airadamente.

Salí de mí al mundo, creo que ignorando que conocía ahora dos o tres claves y desconociendo que mi propio dolor me había transmutado. Traté de vivir como lo hiciera en mis días de tinieblas, de vestir las túnicas de arrogancia que antaño me cubrieron con su pompa y su apariencia, y de latir al son exacto que la modernidad incitaba; pero ya nada en mí era como entonces, ni mi inteligencia buscaba respuestas o mis manos arrancarle al Minotauro de la vida los secretos que protegía. Ansiaba sin saberlo un latido para mi latido, una mitad perdida que conformara con lo que era un pálpito airado que me hiciera temblar ante el deseo y confundirme con los astros. Ser cuerdo, ser loco, ir o venir era lo de menos, sin preguntas, sin respuestas, sin esperanzas ni anhelos, sin motivos, un paso siempre adelante supe que no era un error estar vivo. Y fue la vida la que me ofreció, como rescate o como premio, el espejo de unos ojos en los que mirarme cada vez que quisiera y un pecho en el que sentir cómo mi pálpito se multiplicaba hasta hacerse música y ritmo que vibraba al compás exacto de la vida. Ella era tan pura y tan perfecta, tan sublime en todos sus destellos, que enseguida supe que era la mitad divina que me completaba y la razón para palpitar airadamente que tanto tiempo había estado buscando. Y amé por primera vez en sesenta años sin las cortapisas de los modos ni las cautelas de la carne. Por completos y colmados ignoro qué vio ella en mis ojos, pero en el reflejo de mi ser que ondeaba en su mirada no hallé belleza alguna, sino jorobas y taras, acaso solamente un cúmulo de defectos que en un tiempo se erigieron en jueces de lo perfecto. Cuando uno se contempla a la luz de la verdad comprende su mentira, y supe que precisamente aquélla era mi gran lección de vida.

Hoy, ahora que el ala inconsútil de mi ángel roza cauteloso la playa de la muerte, sé que no voy ni vuelvo, sino que soy y vengo. Un llanto en lo solo y en lo oscuro como un rezo eximio por lo puro, que por lo puro se hace coloquio íntimo y personal entre Dios y su hijo, me abrió los ojos a la luz de otra vida sin laberintos ni secretos en la que cada quien es lo que es y se conforma con serlo, y abrió mi corazón al verdadero y único amor, el mismo que completa y enseña qué es palpitar airadamente. El círculo se cierra y regreso al camino y al cuarto de esta existencia sabiendo que no existe la soledad, porque el propio cuarto y el propio camino es la respuesta. Hoy sé que no se trata de agarrar a Dios por sus fueros, a la patria por sus blasones o a los demás por sus credos, sino que todo es y sucede como debe ser, exactamente eso, con sus malos y sus buenos, y que a cada quien le corresponde tomar o no el camino de lo correcto, ser acaso como el río que fluye sofocando la sed de quien quiera saciarse o como al árbol que tiende sus ramas cargadas de frutos para que las tome quien precise alimento. No; ya no juzgo ni busco imposibles, sino que apasionadamente me dejo fluir al ritmo de cada uno de mis actos como si fuera el último y el primero y sintiéndolo como un prodigio, quizás sabiendo que eso justamente, la suma de todos ellos, latido a latido, acertar y equivocarse hasta saber de qué materia se está hecho, es palpitar airadamente.

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Rhinoslider 1.05