Objetos perdidos El blog de Ángel Ruiz Cediel A mi aire

1 de agosto de 2016, por Ángel Ruiz Cediel

Objetos perdidos



El funcionario, con el odioso desdén propio de quien tiene que cubrir la merma de personal por las vacaciones estivales, y aun cuando también era notable la disminución del número de personas que acudían a su mostrador, me interrogó sin mirarme acerca de la fe o la ideología, cuyo robo acudí a denunciar.

—¿Es una fe grande y lujosa, de esas que mueven montañas, o una ideología de las que son capaces de poner a la sociedad patas arriba? —me preguntó.
Francamente, había ido con una tan arrobada decisión que a mí mismo me sorprendía, pero confieso que no estaba preparado para una pregunta semejante. Sin embargo, leyendo el gesto de contrariedad de mi inquisidor por mi osadía, comprendí que debía darle una pronta respuesta, si es que no quería que me pusiera el obsoleto ordenador en el que trabajaba por montera, e improvisé una descripción somera.
—No —declaré con algo de congoja haciéndome inflexiones en la voz—; probablemente se trata de una fe de supervivencia o de una ideología ordinaria, de esas que ayudan a atravesar los solares de la adolescencia y las florestas de la juventud sin demasiados quebrantos de conciencia.
El policía se detuvo en seco, separó los dedos del decolorado teclado, al cual era preciso conocer como si fuera miembro de la familia para saber qué signo se correspondía con cada tecla, y me miró con insoportable suficiencia, diciéndome rostrituerto tras un tenso instante de silencio:
—Vamos a ver, señor, si nos aclaramos. ¿Dice usted que le robaron una fe o una ideología? Bien se echaba de ver que lo de «señor» era un eufemismo que usó con retintín para enmascarar el epíteto «imbécil» u otra lindeza por el estilo. Tragué saliva, y advertí al instante que nunca había reparado en la diferencia, no quedándome otra opción que delatar mi ignorancia. —¿Y no es lo mismo? —redargüí.
La paciencia del funcionario, muy deteriorada por tener que trabajar en pleno agosto en un recinto que parecía hermano de teta de un baño turco —por lo caluroso y lo depauperado, se entiende—, parecía haber tocado fondo.
—¡Por supuesto que no es lo mismo! —sentenció a voces, haciendo ostentación de enconado enojo y retándome por el arrojo de mi ignorancia al tiempo que evidenciaba su gallarda superioridad ante los escasos oficinistas que casi en exclusiva conformaban la audiencia. Y continuó a renglón seguido—: Vayamos por partes. ¿Cree usted en Dios, en Marx, en la revolución Nacional-Sindicalista, en la democracia, en la igualdad de derechos de los hombres o en la ecología?

Bueno, mi cara había de ser, por fuerza, todo un epistolario, y mis ojos desvelar la inconsistencia de mis concepciones. Traté de explicar mi doctrina varias veces, echando mis ojos a lo alto o hacia dentro, buscando el meollo de mi credo; pero apenas si fui capaz de pronunciar algunos farragosos e inconsistentes balbuceos que, además, eran tan confusos como caótica mi oratoria.
—Entenderá que con una descripción como ésta no podemos hacer milagros —se exculpó de la propensión a ser carne de archivo o papelera que iba tomando mi denuncia. Y prosiguió, tras un breve lapso de silencio—: En fin, vayamos a otra cosa: ¿tiene alguna sospecha sobre quién y cuándo se la robó?
Me encogí de hombros. Definitivamente no estaba preparado para un interrogatorio de ese jaez y gravité la cabeza sobre el pecho al tiempo que apoyaba mis codos sobre las rodillas, sintiéndome tan estúpido y culpable que estuve en un tris de solicitar mi propio arresto.
—Esta misma mañana la eché en falta —murmuré con hilo de voz que tenía bemoles de atenuante—. La verdad es que no sé quién o cuándo pueden habérmela robado.
—¡Basta, señor! —atajó con cajas destempladas el agente. Y concluyó—: A usted nadie le ha robado nada. A lo sumo, lo ha perdido.
Y me recomendó que fuera a Objetos Perdidos, aunque me dio muy pocas esperanzas de sacar nada en claro con los datos que aportaba.

Efectivamente, con la misma displicencia que este funcionario, el de Objetos Perdidos me recriminó por ir a molestarle buscando no sabía bien qué, ni cómo era, que había extraviado o me habían robado no sabía quién ni cuándo. Busqué, no obstante, en el listado de objetos perdidos por sus dueños, pero allí se relacionaban, preferentemente, paraguas, bolsos, carteras y cosas por el estilo, salvo un piano de cola beis, una cama de matrimonio y dos o tres enseres un tanto... peculiares, digamos.
—¡Dios mío! —pensé—. ¿Cómo y dónde puede uno perder un piano de cola beis o una cama de matrimonio? Pero enseguida me percaté de mi absurdo, al caer en la cuenta de que lo que yo estaba buscando tenía también su buena «peculiaridad».
Salí de la oficina desmoralizado, que es como suele hacerse de cualquier institución pública después intentar hacer cualquier diligencia, sin resolver el asunto que me había conducido hasta allí y con el desasosiego añadido de que, o era que Dios hizo un alarde de grandeza y magnanimidad el día que se decidió a crearme, o era que mis padres tuvieron un mal día cuando se decidieron a engendrar despojo semejante.
Abatido, paseé hasta mi departamento sintiéndome un excedente social y como desnudo. Aparte del menoscabo para uno que representaba encarar a un funcionario, me sentía obsesionado por mi pérdida o por el hurto que había sufrido. Hacía tanto que no usaba mi fe o mi ideología que me era imposible saber si me la habían robado, si yo mismo la había perdido o, siquiera, si era grande o pequeña.

Hice recuento de ayeres, pero nada saqué en claro porque los recuerdos, cuando se almacenan en el alma, se desvirtúan y terminan por no parecerse a ellos mismos ni de lejos, como si engendraran una jactanciosa pátina a modo de máscara que hiciera pasar por heroísmo a una canallada o por éxito al mayor de los fiascos. La memoria tiene la picardía de colar cualquier recuerdo por el tamiz de la indulgencia, para que podamos soportarnos cuando nos contemplamos cada mañana en el espejo al lavarnos.
Sin embargo, a pesar de la amnesia con que la rutina entierra el pasado, quise remembrar cómo podría haber sido mi fe o mi credo, tal vez porque solamente cuando nos falta algo es cuando verdaderamente lo precisamos. Quizá fuera una fe heroica, magnífica y esplendente, de esas que por sí mismas son capaces de sentar a Dios en su solio o reclamar el regreso de un Cristo descrucificado; o quizás, fuera un credo que promovía con grafitos y carreras, ante los guardias del poder, la instauración de orden justo y humano tan distante de esta sociedad que habitamos, en la que todos, todos, cupieran; o quién sabe, acaso fuera una doctrina mínima como una esperanza diminuta en un prodigio, a imagen de un porvenir que nos cayera como el gordo de la lotería, aunque luego no supiéramos qué demonches hacer con él.

Y si trabajo me costaba dibujarlo en mi mente, no menos esfuerzo me suponía saber cuándo o dónde la había perdido. Tal vez la tiré como un enser inservible al tomar conciencia de la terrible dimensión del hombre, al mismo tiempo que sentí morir a Dios en mi pecho por permitir tanto dolor y crueldad en todo el ámbito de este manicomio redondo en que viene a dar el mundo o de este siglo tenebroso que recién termina; o tal vez, simplemente me la robaron los carteristas del dinero o la política, cuando me prometieron promisorios paraísos que jamás se establecieron; o quién sabe, me la dejé olvidada en un taxi un día que huía de la incomodidad de la lluvia o en el viejo apartamento de los arrabales cuando me mudé al centro.
La tiré o la perdí o me la robaron..., ¡quién sabe! Pero la echo de menos. Hoy, esta mañana, sentí que la precisaba para soportar mi reflejo o el de esta sociedad insolidaria que ya no se dirige a ninguna utopía. Mi madre murió, y mi mujer no tiene faldas en las que cobijarme. Ya estoy algo mayor y, sin mi pequeña ideología o mi mínima fe, me siento sin esperanza y corito como el paciente de un sicólogo.
Ya sé que hoy son cosas que no cursan y que, probablemente, no sabríamos qué uso darla si la tuviéramos; pero hoy la he necesitado como el náufrago precisa una tabla a la que aferrarse para resistir la vacuidad de un océano de agua y tiburones que bien puede matarle a uno de sed... o devorarle de soledad, y la he ansiado como el único haber con valor de una conciencia en bancarrota.

Quizás debí buscar entre los paraguas o los bolsos o las carteras de Objetos Perdidos, entre esos enseres peculiares que mencionaba antes o acaso indagar si alguien la había encontrado abandonada en un taxi, en la mesa de alguna cafería o tirada en medio de la calle y se la llevó a su casa, adoptándola por propia.
No lo sé. De veras que no sé qué amnesias ha ejercido sobre mí el tiempo; pero, por favor, si la encuentran, aunque sea una fe ordinaria o una ideología de supervivencia, devuélvanmela. No recuerdo ya cómo era, pero, si la miran bien, donde debiera estar la marca debe poner «creo» o «espero» y mi nombre.
Si fuera así, se lo suplico, háganmela llegar al barrio del bienestar, calle de la Soledad, subsuelo. Prometo recompensar su regreso.

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