Al lado, de frente, detrás El blog de Ángel Ruiz Cediel A mi aire

26 de julio de 2016, por Ángel Ruiz Cediel

Al lado, de frente, detrás



Lo que Diógenes le dijo coincidía en todo con lo que su madre le había estado repitiendo desde su más lejana infancia: «Tu destino está aquí, en tu pueblo.» No, él no era uno de esos que fantasean o se dejan llevar por charlatanes o adivinos, sino que, muy por el contrario, la sensatez era la característica de su temperamento que enseguida descollaba sobre todas las demás. Hombres serios y circunspectos como él desde luego había pocos, siempre tan mesurado en cuanto hacía que diríase que medía las palabras; pero aquella sentencia, pronunciada en el decurso de una sus habituales tertulias, le dio qué pensar, pues su interlocutor había utilizado no solamente las mismas palabras, sino también idéntico énfasis al de su madre.

El resto de la noche, ya en la cama, la pasó en un desasosegado duermevela que le empujó a revolverse entre las sábanas, víctima de una angustiosa pesadilla en la que se veía a sí mismo claudicando ante su fatal suerte en persona. Su madre, que en paz descansara, su amigo y un fantasmal personaje que se identificaba a sí mismo con el Destino, no cesaban de repetirle aquella maldecida frase, la cual resonaba en su cráneo como si se la estuvieran esculpiendo a golpe de martillo y cincel.
Su madre hacía ya muchos años que dormía el sueño de los justos. Murió siendo muy anciana, pero aun preocupándose de él como si fuera un mamón por destetar y no peinara ya sus buenas canas. Ella, en fin, siempre había sido bastante marimandona, exageradamente protectora y muy metomentodo; pero tierna, muy, muy tierna con él. Perpetuamente le trató como a un chiquillo que nunca hubiera crecido del todo, hocicando con sus manías de institutriz en cada aspecto de su vida, así en la académica, la doméstica o la social como en la privativamente personal. Incluso cuando se echó por el barranco de la soltería tuvo que ejercer de gobernanta, recriminándole su misoginia —que no era poca—, cuando lo grueso de aquella decisión que se había ido implantando lenta e inexorablemente tenía raigambre en su creencia de que tanto el sacramento como la unión pagana le ponían cepos a su benditísima libertad, verdadero santo de su devoción y al cual le rendía reverente pleitesía. Ella le afeaba su actitud ante la vida al negarla unos nietos que alegraran su senectud; pero él se disculpaba con carantoñas y burdas eximentes, ocultando para sí como un judío los verdaderos argumentos que le habían empujado a semejante determinación: evitar a todo trance que otra inocente criatura sucumbiera entre sus garras educacionales. Y con pena, con inmenso dolor por la soledad en que quedaría su queridísimo benjamín tras su extinción, se consumió la mujer en la edad y expiró un día en que le había asesado nuevamente con aquella frase, que repitió como si fuera una jaculatoria que le concediera indulgencias plenarias.

No, él no era mujeriego —cualquier cosa menos eso, después de mantener casi toda una vida relación tan estrecha con mujer semejante—, aunque de vez en cuando, con su mucho de sigilo y su cero de compromiso, hacía una escapadita a uno de esos locales de vida... alegre, digamos, para echar una cana al aire; pero nunca se le conoció ningún romance, ni aun un flirteo que diera qué pensar a sus convecinos que se hallaba en trance de fundar familia. Quería ser libre para sí y para la ciencia de la que vivía, y lo era. Porque, sobre todo era culto: había cursado estudios superiores de Filosofía, Arqueología e Historia Antigua, convirtiéndose en un erudito como había pocos no solamente en su propio país, sino en todo el mundo, tal y como así lo atestiguaban los más de treinta manuales y tratados que había escrito, editados en más de veinte lenguas diferentes, lo que le proporcionaba, además de una solvente independencia, una reputación de hombre serio y cabal que trasgredía fronteras. Sus fines en la vida, qué duda había, estaban sobre esas menudencias de las faldas o el sexo, trascurriendo su existencia entre librotes y legajos de todas las etapas de la Historia, entre los cuales era feliz como un angelote y se sentía tan libérrimo como los santos pájaros.
Éste fue el quid por el que su amigo, un viejo camarada de la infancia y un colega que se decantaba como antagonista de sus postulados, le soltó aquella osada afirmación. Habían debatido animadamente acerca de la sociabilidad, de lo necesario o no que eran la soledad o la compañía para el hombre como consecuencia de la formación de las primeras sociedades humanas. Su amigo, Diógenes, era sobre todo un determinista a carta cabal, de esos para los que no existe más que una mínima rendija de libertad para tomar algunas decisiones... menores, pongamos por caso, de las que ni quitan ni ponen hierro en la Historia, sino que eran la mano que sustituía al destino o que era utilizada por él. «Si Dios existe, todo está prefijado de antemano y, aunque no sepamos aún cómo funciona o qué leyes rigen los sucesos, forzosamente estos han de obedecer a criterios prescritos y rigurosamente inamovibles», sostuvo enfáticamente. Tanto es así que, por una parte, argumentó como aval la limitación genética, la cual determinaba no solamente la forma física o la tendencia esencial del carácter, sino que también delimitaba hasta los gestos más nimios o los tiques, siendo la más principal y la más dura cadena de cuantas atan a cualquier criatura; y, por otra parte, en lo colectivo, apuntó que hasta los genocidas eran secuaces sin saberlo del Padre Destino, quien les usaba ahora, una vez que los avances médicos han cerrado algunas puertas, como antaño usó las pestes o las epidemias, probando la naturaleza del ser humano individual al mismo tiempo. «Dios no juega a los dados», afirmó soberbio, repitiendo la archiconocida frase de Einstein.

Él, Tertuliano, sostenía la postura contraria. Si se negaba a formar familia y tener descendencia, si prefería aislarse en su pueblo natal y si se conformaba con algún que otro escarceo esporádico que aliviara sus... presiones internas, era, precisamente, porque entendía que la cantidad de libertad que se podía asumir era infinita, y bastante apoyo a su postulado era el que él mismo hubiera renunciado a la propensión consustancial del hombre de reproducirse como conejos o de emular a los satélites girando como veletas alrededor de una falda. «El hombre, elige; la sociedad, uniforma; Dios, si es que existe, respeta que cada criatura y cada cultura se construya o se destruya conforme al uso que hace de su libertad», pontificó, y apuntó como evidencia al hecho de que la cantidad de libertad que se podía adquirir era infinita, a diferencia de otros animales sociales elementales como las abejas o las termitas, por ejemplo, a casusa de lo cual el mundo estaba como estaba, donde el ser humano se había convertido por propia voluntad en la infestación de su medioambiente, inficionándolo todo con su codicia y esquilmando cuando pudiera ser objeto de extraer algunos dineros. «¿Qué, sino la libertad, puede hacer que una sociedad se suicide, a diferencia de esas organizaciones animales sociales que miman su medio a ultranza, pero en las que el individuo carece de ella?», concluyó. ¡Libertad!: ese era su verdadero Dios, por más que lo fuera también de gañanes, mafiosos y sinvergüenzas, y por Él estaba más que dispuesto incluso al martirio.
Posturas tan encontradas, no pudo ser de otra forma, se resolvieron con el colofón de aquella máxima con bemoles maternos para Tertuliano, quien juró sobre sagrado que de ahí en más demostraría lo erróneo de la postura de su colega y amigo, conjurándose para derribar esa tesis del destino no redarguyéndolo con postulados o razonamientos que caían por su propio peso, sino con incontestables actos.

El encono que atormentaba su espíritu le hizo estar agitado durante toda la noche, hasta que casi rayando el amanecer llegó aquel tercer personaje del que antes hablaba, el que se nombraba a sí mismo como Padre Destino, quien le aseguro que hiciera lo que hiciera, con él se hallaría de bruces para cumplir con lo que ya estaba escrito, ajustándose a un Plan que a sus escasas entendederas escapaba.
Obsesionado con esta idea se despertó cuando los gallos afinaron sus clarines en el umbral del primer albor, y se levantó, se aseó, se vistió, metió algunas prendas en un par de maletas de cordobán y salió del pueblo, quiso que para siempre. No se despidió de nadie, ni de parientes ni de amigos del café, sino que colocó sus valijas en el portaequipajes de su automóvil, se puso al volante y tomó dirección de la capital cuando aún el sol no asomaba por el horizonte.
No sentía más apremio que demostrar que el destino es moldeable por las manos de la libertad, y se determinó a no regresar jamás al pueblo, derrumbando con ello, a imagen de las míticas murallas de Jericó ante la trompetería de sus actos, el errático postulado que le predicaron su madre, Diógenes y el tal Padre Destino. Medios no le faltaban, ni tiempo ni ideas en qué emplearlos, rescatando del fondo de sus deseos incumplidos aquella ansia de cuando estudiaba Arqueología por visitar en persona ciertos lugares del planeta, e incluso los de hacer ciertas investigaciones de campo.
Y así lo hizo. Marchó a Oriente Medio con el primer vuelo y se metió de lleno en cuantas excavaciones o ruinas halló, asumiendo a menudo el papel de colaborador y remitiendo a sus editores memoriales tan eruditos que fueron verdaderos furores de ventas. Egipto, Sudán, Etiopía, el desierto de El Sinaí, Líbano, Siria, Iraq e Irán, fueron sus primeros destinos, donde alcanzó la tercera edad y donde le llegaron, ante su indiferencia, los aplausos del gran público e inmensas riadas de dineros, los cuales utilizó para fomentar más y más sus investigaciones. Incluso cuando, en algunas universidades de aquellos países en los que trabajaba le nombraron doctor honoris causa, se tomó como un desagradable deber aceptarlos, y si lo hizo no fue por falsa vanagloria, sino por temor a que de no hacerlo se lo tomaran como un insulto y le prohibieran proseguir con aquello que tanto le placía; sin embargo, sí desestimó acudir para lo mismo a Lovaina, a Alcalá de Henares o a Princeton. ¡Allá ellos con sus títulos y honores que él con lo suyo ya tenía más que bastante! Nunca, nunca le pareció que una libertad estuviera mejor empleada, y nunca, nunca consideró que pudiera haber un hombre más feliz que él mismo: podía tocar con sus dedos las momias de aquellos seres que dominaron el mundo, hurgar en sus tratados y escritos, husmear en sus palacios y pasear con las últimas luces por los vestigios de lo que fueran la mítica Nínive, Ur o Babilonia. ¡Sus manos acariciaban la eternidad de la Historia del hombre! Nada, nada había comparable a aquel deleite inenarrable, ni mujer, ni riqueza, ni aun porvenir. Pocos hombres en el mundo podían vivir de lo que era su anhelo más ferviente, y él, además de hacerlo, recibía inconmensurable premio por ello, pareciendo que incluso las cosas torcidas se enderezaban y que los caminos de su éxito arqueológico y editorial eran allanados por una incierta mano que él nombraba como «buen uso de la libertad, su libertad».
Parte de su logro, en buena medida se lo debía a un docto israelí, colega suyo y con quien se había carteado durante largos años en el pasado, quien se sumó a su iniciativa y le acompañó todos aquellos años. Era algo mayor que él, pero pronto, el polvo y la sequedad de los desiertos y cantizales en que se hallaban las más renombradas excavaciones, les hizo parecer tan semejantes que nadie en el mundo hubiera jurado sobre sagrado que no eran gemelos univitelinos. Acaso ni se diferenciaban de aquellas momias o de aquellos restos fósiles que extraían de los túmulos o enterramientos, siempre cubiertos ambos con una pátina de sudor y tierra, los labios resecos por el calor y el frío, y los ojos como iluminados desde lo más profundo del alma. Si vehemencia ponía el uno, el otro no le iba a la zaga, pareciendo que los dos rayaban en el fervor propio de dos hombres que habían enloquecido por su ciencia, o aun que, traspasándole, se habían incluido en el territorio de una locura que estaba por consumirles. Semejaban dos caras de un mismo cráneo o dos miembros de un mismo cuerpo, iguales en su fanatismo e importándoles muy poco que fuera Diógenes quien aportara los capitales y Rimbaud, el arqueólogo israelí, el que pusiera su conocimiento de los lugares en que hurgaban y de las lenguas locales.

Ya con mucha fama y no menos edad, fueron ambos amigos a Afganistán, India, Birmania y China. Las menciones acerca de sus trabajos en las revistas de investigación y la visita de eruditos y periodistas fue tan profusa que se hizo un tanto cargante para ellos, quienes solamente deseaban trabajar en paz, que les olvidara el mundo en aquellos recónditos lugares en que hundían sus espíritus en busca de la esencia humana primigenia. Entre aquellos vetustos vestigios hallaban el mejor acomodo, entablando relaciones con dioses antiguos, zambulléndose en aquellas remotas culturas que se destruyeron a sí mismas en guerras divinas de vimanas y flechas sagradas que asolaron su Historia reduciéndola a polvo, a renglones arcánicos de un antediluviano pasado que al investigarlo asomaba a la luz de nuevo.
Más tarde fue Tula, Yucatán, Honduras, Ecuador, Tiahuanaco y Nazca. Se sumergieron en otros dioses, primos hermanos de aquellos, y otras culturas que igualmente se hermanaban en el culto por lo sublime y lo abyecto, por lo mortal y lo imperecedero, por más que no hubiera sobrevivido de ellos más que algunas piedras amontonadas, túmulos más o menos fastuosos y edificaciones que rozaban la soberbia locura a la que podía llegar una civilización cuando era respaldada por una fe común.
Fue precisamente a orillas del lago Titicaca donde Tertuliano cayó enfermo, mientras realizaban unas excavaciones en Tiahuanaco. Aquellas alturas imposibles donde el sol quemaba con helor, fueron demasiado para sus ochenta y algunos años.
—¿Sabes? —le dijo Tertuliano a Rimbaud mientras yacía en un catre en su tienda de campaña—, tengo la impresión de que es mi último mal; pero estoy feliz por haber vivido tantas emociones. ¡He contemplado tanta hermosura! De alguna forma, es como si me hubiera instalado en lo eviterno, compartiendo de tú a tú el añejo ayer y novísimo presente, o como si hubiera emparentado con mil siglos simultáneamente.
—Nadie como tú podría haberlo hecho mejor, amigo mío —replicó Rimbaud, tomándole la mano con indecible ternura—: era tu destino. Estoy seguro de que buena parte de estos misterios se crearon para que tú, en estos años, los desentrañaras.
Esta aseveración le dejó tan perplejo como si Rimbaud hubiera sacado un arma y apoyara su frío metal en la sien. ¿Destino?... ¿Qué cosa era exactamente el destino?...
—¿Es que acaso tú crees en él? —curioseó.
—¡Soy judío! —se eximió Rimbaud, encogiéndose de hombros.
—Vamos, vamos, seriedad. ¿Cómo un hombre de tu talento ha de ser un simple y vacuo determinista?
—Bueno, será porque soy hijo de un Dios simple —se defendió Rimbaud—. No te empeñes en ver a Dios como un cero o como a un imbécil. En la sencillez, bien comprobado lo tenemos, es donde está la belleza: tú debieras saberlo mejor que nadie.
—En ese caso..., ¿dónde queda para ti la libertad?
—La libertad es solamente un sueño. Un adorable y maravilloso sueño de quien quiere estar por encima de su condición, quién sabe si llegado a nosotros como reminiscencia de esos dioses. La libertad no es más que obrar correctamente conforme a los designios que nos han sido adjudicados en el reparto de las almas. Lo demás, se lo dejo a mi Dios.
—Entonces no hay duda: eres un determinista. Un irracional determinista, a mayor abundancia. ¿Vas a decirme que el exterminio de tu pueblo por los nazis fue un acto divino? ¿Cuál es el objeto de la existencia, entonces?
—Tengo las preguntas, como tú..., y confianza en mi Dios. Eso me proporciona paciencia, serenidad y equilibrio para soportar los avatares del destino. Pero, vamos, deja ahora de filosofar y descansa: tu salud te lo exige.

Pero no descansó. Durmió, sí, y en su sueño se irguieron Quetzalcóatl y Xila, soplaron vientos de El Négev y de Gobi, y parlamentó Nabuconodosor con Krishna. De las ruinas de sus prospecciones almacenadas en su memoria se levantaron ciudades fantásticas, majestuosos palacios, ciclópeas pirámides y esplendorosos templos a ambos lados de espaciosas avenidas, por entre las que brujuleó como si estuvieran enclavadas en un Aleph eviterno que se abría en un rincón de su propia alma, rindiendo culto a feroces dioses que se encumbraron en la jactancia del terror para imponer su liturgia y su dominio. Allí estaba Huitzilopochtli con su ensangrentado cuchillo de obsidiana, coronando un teocali al que se accedía por riadas de despojos pertenecientes a seres mortales sacrificados en su honor; y estaba Baal, con su arrogancia de rayo y obscuridad, en lo más alto de su templo de Tiro; y en medio, aquel carpintero de Galilea que fundió las conjugaciones de Oriente y Occidente en un solo verbo: Amar. Ni siquiera vivir: solamente amar. Amar hasta el dolor y hasta la muerte, como si eso fuera un fin en sí mismo. Amar, amar, no importaba a quién ni cuándo: amar. ¡Estupidez semejante! Pero todos los tiempos cabían en Él, estrechándose y diluyéndose en aquel mensaje egregio que metía toda la Historia y a todos los hombres entre cuatro letras como cuatro puntos cardinales que confluían es un todo como cuatro elementos que se unificaban.
Se hervía en la calentura un día tras otro, y cada vez con mayor riesgo para su vida, delirando, hundiéndose hasta el Hades y ascendiendo al Paraíso en espíritu. No supo cuánto tiempo estuvo en este estado, pero no recobró la conciencia de sí mismo hasta la mañana que siguió a la única noche que no fue víctima de aquellas fiebres y de las hórridas pesadillas que se verificaban en su alma, cuando un gallo afiló su tonada en el albor primero.
Abrió los ojos, los rodó por la habitación en penumbra y volvió a cerrarlos agotado. Luego de un instante, tras reconsiderar instintivamente el escenario en que se hallaba, volvió a abrirlos sobresaltado: ¡estaba en su casa, en su pueblo natal! ¿Quién, por el amor del Cielo, le había llevado de regreso, violando la más firme determinación de su vida?
Preso de la angustia, trató de levantarse; pero sus músculos no le respondieron y cayó desvanecido al suelo. Al punto, entró en la recámara su amigo Diógenes, su viejo y entrañable amigo de la infancia, los estudios y el café, acercándose con diligencia a él y ayudándole a recostarse en el lecho de nuevo.
—¿Quién me trajo de regreso? —le interrogó exaltadísimo, desatendiendo la debilidad de su cuerpo y cualquier otra fórmula de cortesía.
—Tu amigo. Uno que está ahí, en la habitación de al lado, que se llama Rimbaud... o algo así. Nos llamó desde La Paz, y le pedimos que te llevara a un hospital, que no querías regresar aquí con ningún pretexto.
—¿Entonces?
—Lo hizo. Él tuvo que ir al consulado a resolver algunos papeleos en tu nombre y, cuando regresó al hospital, comprobó que ya no estabas. Parece que tú mismo les dijiste a los médicos que regresabas a tu casa; pero él llegó dos días antes que tú. No supimos nunca dónde estuviste esos días que faltaste, pero parece ser que te sacaron inconsciente del avión, te llevaron al Hospital Provincial y, desde allí, nos dieron aviso. Rimbaud fue a buscarte y estuvo contigo casi una semana, hasta que los doctores autorizaron tu alta. Entonces, te trajimos aquí, ¿qué otra cosa podíamos hacer?
—¿Dónde está Rimbaud?
—Aquí, amigo mío —le saludó éste, entrando en la alcoba.
—No sé qué pasó: no recuerdo nada. Me alegro de que vinieras a acompañarme, y te lo agradezco en el alma.
—Era mi deber —dijo este con una sonrisa—; pero no vine a acompañarte.
—Entonces, ¿a qué has venido?
—A esperarte.
—¿A esperarme?
—Sí: a esperarte. Quedamos en eso, ¿no recuerdas?
Tertuliano le miró confuso. La debilidad atenazaba sus sentidos, y sintió que se desvanecía en una negritud incierta. Por primera vez, quizás a causa de la fiebre, Rimbaud le pareció familiar. Familiar, sí; y cuando más le miraba, más familiar le parecía. En sus pupilas veía..., o creía ver, muchos hombres, jóvenes, niños: a uno de aquellos chicos de la escuela, a uno de aquellos camaradas del servicio militar, a uno de aquellos compañeros de estudio, a uno de aquellos eruditos con los que debatió acaloradamente, a Rimbaud... y a aquel que se filtró en su sueño la noche antes de salir del pueblo para vagar por el mundo tantos años.
—¿Ya sabes quién soy?
—Creo que sí.
Y cerró los ojos. Una lágrima desbordó su limo y se deslizó entre las arrugas de su rostro contrito, cayendo sobre la almohada. Un gallo cantó, y volvió a abrirlos. Estaba solo en el cuarto en penumbra. Por entre las cortinas se filtraba una luz que pretendía instaurarse como vencedora de las tinieblas. Miró a uno y otro lado, pero no había nadie.
—¡Rimbaud! —gritó.
Varias veces le reclamó, pero estaba solo. Diógenes, con una amplia sonrisa instalada en el semblante, abrió la puerta y tan aprisa como le permitieron sus muchos años, se dirigió a él festivamente.
—Veo que el moribundo regresa a la vida —le saludó con jovialidad, sentándole en el lecho y tomándole de la mano.
—¿Y Rimbaud?
—¿Rimbaud? —se extrañó Diógenes—. Aquí no hay nadie más que amigos, y te aseguro que a nadie le han desgraciado con un nombrecito como ése. Ahí abajo están varios de los compadres del café y dos o tres parientes tuyos: ahora les digo que suban.
—No, no —le rogó Tertuliano, deteniéndole—: mejor, déjame descansar un rato. Ya tendremos tiempo más tarde: quiero pensar un poco ahora.
—Dime: ¿quieres que les diga alguna cosa de tu parte?
—Sí...; no...; sí, diles que he regresado para...
—Para... ¿quedarte? —le ayudó a completar.
—Sí...; no... Sí, sí…: para quedarme, y para encontrarme con mi destino.
—¿Con tu destino?
—Bueno, con Rimbaud.
—¿Y quién es ese Rimbaud tan misterioso?
—Un amigo... muy de lo antiguo. Un amigo de todos: tuyo también.
—¡Uy, uy!... Mira, lo mejor será que descanses —le eximió con magnanimidad Diógenes de dar más explicaciones, en la seguridad de que aún estaba delirando.
Diógenes se incorporó, le suplicó que le diera aviso si necesitaba alguna cosa y salió del cuarto. Tertuliano, una vez a solas, se sintió reconfortantemente cómodo entre aquella media luz y exhaló un soplido con sosegado alivio. Luego, miró al ángulo más oscuro de la alcoba, justo al otro lado del tabique amarillo que formaba la luz al soslayarse entre los cortinajes que casi cegaban el ventanal, y dijo:
—Rimbaud: ¿estás ahí?
—Sí, y ya sabes que nunca podremos separarnos.
—¿Por qué me engañaste, haciéndote pasar por mi amigo? —le interrogó Tertuliano, con un hilo de voz que ya parecía consumirse.
—Porque fuiste a buscarme. Mi intención siempre fue reunirme contigo hoy, y precisamente aquí.

Este cuento pertenece a la obra "Dimensiones I"

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Sinopsis: En la noche de los tiempos, según el Libro de Enoc, los Hijos de los Dioses, las Veinte Dinastías de los Vigilantes, viendo que las Hijas de los Hombres eran hermosas, las desearon para sí y se conjuraron para desobedecer a Dios y descender sobre la Tierra con el fin de tomarlas y hacerlas hijos. Por esta rebelión contra los designios Divinos y esta interferencia en la Creación, Dios castigó a aquellas Veinte Dinastías con el Infierno e hizo que las milicias divinas los expulsaran del Cielo para siempre. Y así lo hicieron con todos... menos con uno, Abaddona, el único diablo arrepentido porque comprendió el mal que había hecho y le suplicó perdón a Dios. Y Dios le perdonó, le devolvió su rango de trono y le permitió que regresara al Cielo; pero Abaddona no quiso hacerlo..., al menos hasta que devolviera a los hombres al estado de pureza del que les había privado, porque a causa de aquel acto, tal y como reza el Libro de Enoc en el capítulo 8:2, «Desde entonces creció mucho la impiedad, porque ellos (los hombres) tomaron los caminos equivocados y llegaron a corromperse en todas las formas.»




Sinopsis¿Y si Apolyon, el Rey del Abismo que se menciona en Apocalipsis 9:11, no fuera un demonio, tal y como sugieren algunos exegetas, o el mismísimo Jesucristo, como suponen otros?... ¿Y si Nibiru, el mítico planeta del que afirmaban los sumerios que procedían los dioses que nos crearon, realmente existiera?... De ser así, Apolyon bien podría ser un meteorito o un escombro espacial que acompañara a ese errante sistema planetario que nos vista cíclicamente, y el cual podría estar en rumbo de colisión con la Tierra en su próximo acercamiento. En Tal caso, todo lo referido en ese capítulo 9 del Apocalipsis tendría un sentido prácticamente literal.



Sinopsis: Los seres humanos, por razones no comprendidas por la Ciencia, no pueden reproducirse. Un Mal que únicamente afecta a los humanos. En Lubitana, un pueblo próximo a Madrid, ha coincido este hecho con la llegada de un misterioso personaje, don Gilgamesh, a quien algunos le responsabilizan de ser el causante del Mal. Un hombre misterioso y con enorme poder que se ha librado de la cárcel cuando se le acusaron de haber perpetrado dos asesinatos el mismo día fue violada la Niña Sara, la hija autista de los Montoro. Una mujer que, a pesar de su condición, establece con don Gilgamesh una peculiar relación afectiva, y que, el mismo día que da a luz a su hija, la Pequeña Eva, fruto de aquella violación, muere, desatándose ese mismo día el Mal que impedirá que los hombres puedan perpetuarse y cuyo tiempo restante podrá ser medido ya por la edad de la recién nacida. Un historia no violenta, ni siquiera escatológica, que muestra cómo la sociedad se va contrayendo sobre sí misma a medida que la población se extingue, hasta que finalmente no quedan sino algunos seres que más tienen de homínidos salvajes que de humanos tal y como los conocemos, además de don Gilgamesh y la Pequeña Eva, para quien este parece tener previsto un destino primordial. Una historia en la que don Gilgamesh no envejece, quién sabe si porque él mismo no es un hombre.

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"Sangre azul (El Club)" es la novela conspiranoica por antonomasia. Una novela invaluable porque no narra cómo cierta élite nos maneja y controla, esquematizando las etapas que va cubriendo en la Historia y, lo que es más significativo, las que quedan por cubrir y con qué contenidos, que es decir qué nos espera y cuándo. Una novela que, usando la realidad incuestionable de los titulares de prensa y otros medios, y conduciéndonos de la mano de un prominente personaje de ficción (o quizás no tanto), conduce al lector por nuestro tiempo, permitiendo que él mismo compruebe cómo los sucesos que consideraba casuales o fruto del azar, han sido elaborados y puestos en escena por una inteligencia superior. La mayor de las conspiraciones, al descubierto.





Sinopsis: Salvador Montoro ha perdido al único ser que le quedaba vivo, su madre. Sin embargo, Fausta, cuñada del padre de Salvador, consigue que el patriarca de los Montoro le acoja en su casa, a pesar de que no le considera sino un bastardo. Aunque con un inicio de su relación muy negativo, el tiempo y la convivencia lograrán que se establezca entre el abuelo y el nieto un vínculo que derivará en un afecto sólido y entrañable que se extenderá ya por siempre. Ya como Montoro de pleno derecho, deberá el futuro patriarca de la casta, Salvador, demostrar su condición de germen de Dios o de semilla del diablo, así como los demás Montoro lo hicieron a lo largo de la Historia, y tendrá su oportunidad de hacerlo siendo aún muy joven, porque estalla la Guerra Civil y él, como toda su quinta, es movilizado, cayéndole en suerte, ya al final de la conflagración, el deber de conducir a una caravana de niños desde Madrid hasta Valencia, ya que la derrota final está próxima y nada queda que hacer por evitarla, salvo impedir que sucumban aquellos que en su bando consideran los más puros: los niños.
El amor y el odio, la paz y la guerra, y la fidelidad y la traición se dan cita en esta obra memorable, enfrentándose los personajes con su propia nauraleza a fin de demostrar su condición. Varias decenas de miles de lectores han hecho de esta novela todo un clásico de la literatura española contemporánea, ensalzándola como una de las obas más intensas y completas que se han escrito en la modernidad. Una novela verdaderamente intensa, rica, de una plástica exquisita y de una profundidad literaria que hará imposible que no te sientas identificado con los personajes, los escenarios y las emociones que en ella se explayan.





Sinopsis: "Dimensiones I", es una recopilación de mis cuentos y narraciones breves más heterogéneos. Diecisiete relatos que harán las delicias de los lectores, como así ha sucedido con los más de 25000 que ya han disfrutado de ellos. Una obra breve de contenido muy intenso, lleno de espacios sorprendentes y de personajes memorables que deambulan por el orden de lo mágico..., o quizás no tanto. Reflexiones, al fin y al cabo, sobre la naturaleza humana, que tienen varios niveles de lectura: el lineal, que refieren las propias historias; el existencial, que se adentra en la condición personal de cada quien; y el asombroso, que es el que se deja traslucir como realidad paralela, pero no por ello menos cierta que la propia de los personajes... y de los lectores.

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Sinopsis: ¿Y si el terrorisno no fuera una lucha armada que persigue unos fines políticos o sociales muy concretos, sino un negocio de ciertas élites?... ¿Y si el terrorismo fuera, además, una herramienta de los Estados para controlar a la población a través del pánico?... "Lemniscata", es la novela que trata este espinoso asunto, y lo hace, como han dicho algunos críticos sobre ella, con una exquisita literatura que consigue una imposible aleación de seda y acero.



Rhinoslider 1.05