Entre gallos y medianoche El blog de Ángel Ruiz Cediel A mi aire

14 de marzo de 2015, por Ángel Ruiz Cediel

Entre gallos y medianoche



Despidió el gallo al sol y, como cada noche, comenzaron a dilatarse sus desamores empujándole a la cantina. Beber hasta olvidar por qué era que bebía no era la mejor medicina, pero peor todavía lo era tener que soportarse a sí mismo en tan mala compañía. «Me engañaste, me abandonaste, tú eres culpable…, etcétera», era una letanía que no la aguantaba cualquiera, y tanto menos si estaba sobrio y roto por la melancolía. Desde que los gallos silenciaban sus trompetas, no era preciso estar alerta para que escuchara cómo desde las cunetas de sus ayeres se alzaban los clamores funestos de doscientos amores muertos que suplicaban por un milagro que los redimiera de sus decesos.

Lo peor del olvido es olvidarse de lo que se olvida, y fue así como la vida le presentó, una tras otra, doscientas razones para más olvidos. Digo razones por no ponerme cursi y decir labios, caricias, cuerpos o amores, esas alambradas de las trincheras de los quereres en que poco a poco se quedaban prendidas más y más jirones de su alma, de su carne y sus ayeres. Más razones para beber cuando los gallos callaban, hasta que una medianoche, entre trago y trago, no fue el olvido el que le embriagaba, sino la memoria la que regresó de su fosa multitudinaria con mil testigos que no se rendían. Sería cosa del licor o de esa música machacona que en la penumbra se traviste de blues, pero desde aquella medianoche primera cada medianoche siguiente tuvo un vis a vis con la medialuz de mil carnes vencidas; más que eso, tuvo un concilio con un sínodo de amores descuadernados que llegaban no sabía bien desde qué orilla. Beber solo en una barra con una cohorte de fantasmas no hacía que cundiera la alarma entre la exigua parroquia que apagaba su soledad a esas horas, pero a él se le hacía un nudo cuando miraba tal tumulto de inopinados visitantes y encima los vía dobles. «¡Ea, cantinero, ponga aquí otro tequila que deje tranquila a esta feligresía que cada medianoche me viene a rezar!» Pero ni siquiera bastaba con la botella para que cada ella detuviera su particular reclamación. Era la eterna canción del nunca acabar, por eso debía beber para olvidar qué olvidaba: era su peor enemigo y por eso debía pagar.

¿En cuántas carnes se adentró su carne, en cuántas grutas su aliento y a cuántas almas su alma trató como putas, siquiera fuera con su desafecto?... Ninguna de ellas lo sabía porque eso era lo único que silenciaba. Todas brillaban titilando a luz de gas, excepto una que estaba al fondo y que replandecía lechal como una luna que nadaba en lo azul de aquel blues que desgarraba la noche; pero ella callaba mientras clamaban las otras y él se defendía naufragando en la melancolía. Resistía, echaba un trago y se encogía de hombros ante los retos. Ya sabían ellas qué aquello fue solamente aquello, la proximidad que acortaba las distancias de la soledad entre dos deseos huérfanos. Lo demás, la carne, el juego, el trago o la risa que manaran sin medida mientras que aguantara el cuerpo. Y así un día y otro día, una noche y la siguiente, una mujer, una cualquiera, una niña, hasta que se formó un pueblo de fantasmas que precisaba un intendente. La tequila bajaba ardorosa hasta el origen del fuego, y allí abrasaba impiadosa los mil y un recuerdos que engendraban aquellos espectros. «¡Basta ya, mujer, ¿no ves que bebo para olvidarte?!» Pero el olvido es un lazo que siempre regresa a la memoria para saber qué olvida. Es la cinta de Moëbius, la lemniscata de Bernoulli, el tootus tuus del papa, la bendición orbi et urbi de la encíclica de la conciencia, y eso no tiene ciencia que lo evite ni capote haga el quite y libre a nadie de sus faltas. Y escuchaba una, dos, diez, doscientas almas haciendo reclamaciones, y comprendía el dolor de sus visiones, de esas hadas que dieron en duendes noche a noche entre tragos de tequila y los afectos urgentes o desesperados derramados en un camastrón deshecho. Todas multiplicadas por dos, pasaban una a una ante él presentando sus quejas, pero no comprendían que aquello fue cosa de juego, el fuego interior que se sofocaba por un tiempo en la carne que ardía por otro amor. Fueron, una a una, cosa de dos, cosa de un rato, un entretenimiento, un placebo para ocultar otro dolor, aquel sufrimiento lento que no se borraba, el que estaba al fondo indiferente entre tanta gente fantasmal, siempre vivo y en silencio. Ése que no hablaba nunca ni bien ni mal desde el ocaso a la madrugada, desde que el gallo callaba hasta que cantaba el gallo y regresa a casa, como a diario, casi a gatas, buscando por las aceras el primer oro de la alborada.

Los gallos cantaban en el corral acunando su sueño sin dueño, mientras hacía tiempo para que el silencio callara los quiquiriquís de los corrales y pudiera volver al olvido de recordar por quién era que bebía. Con el último canto del gallo un día salió de su guarida camino de la cantina. Fue la misma medianoche, esta medianoche, en que por fin tuvo ante él a la misma que guardaba siempre silencio al fondo de la multitud de fantasmas que llenaba su soledad. Y le pudo sonreír, aunque aturdido por la sorpresa. «¡Qué hermosa te vería si te viera, pero la tequila no me deja verte bien», le dijo balbuciente. «No es la tequila lo que empaña tu mirada», le replicó insinuante su visión, «sino acaso el humor de esas lágrimas que no derramaste cuando debiste.» No sé por qué del vapor de aquel licor emergió esa medianoche ella, pero al instante el resto de la muchedumbre de hadas se disolvió en la soledumbre y les dejó solos a los dos. El blues se hizo más blues y la leve luz que iluminaba el local se hizo más íntima; pero se sintió desnudo y bajo el potente foco de aquella mirada que podía penetrar en él hasta los más escondidos rincones de su alma. Ardieron sus labios, fracasó su razón y quiso infundirse coraje con más tequila, pero la inconsútil mano de aquella criatura luminosa detuvo el vaso en el aire y sintió él que le miraba pidiéndole que la mirase. «Tú no eres real», le dijo, «sino el efecto perverso del alcohol.» «Puede que nunca hayamos sido reales ninguno de los dos», replicó ella sin mover sus labios, como si le hablara desde su corazón. ¡Oh, Dios, ante sus ojos era, qué sé yo, el niño que fuera, tal vez el hombre que ya no era, una quimera, un rencor palpitante, un adolescente anciano que se arrepentía de no haber sido mejor. ¿Se fue y le dejó, la dejó y se fue…, qué sucedió que el olvido no regresaba a la memoria para saber qué debía olvidar ahora que no recordaba?...

La barra de la cantina se estiró hasta alcanzar una esquina de la eternidad, y la semisombra del ambiente los acogió en un espacio reservado a dos viejos amores que se hallaban por fin fuera de cualquier calendario. «Es medianoche», le dijo ella sin mover sus labios, «buena hora para no beber más.» «Es verdad», replicó él, «a estas horas los gallos no cantan y en este silencio de fantasmas podremos rescatar mil recuerdos del olvido.» Íntima, la música, se vistió de violín y derrotó hacia una nota tensa y larga que se resolvió en una corchea de algodón. Un suave temblor estremecía sus manos y tuvo miedo de su mirada. A su alrededor ya nadie le reclamaba, nadie había, nada ni nadie… salvo ella y él. «¡Te quise tanto...!», le confidenció por primera vez en una vida y diez mil muertes. «¡Me quieres tanto todavía...!», le corrigió, «que nunca he podido dejar de quererte.» Y supo que era verdad, que llevaba años, siglos quizás, diez mil botellas de tequila ocultando en otras carnes aquella sed que le devoraba desde que…, desde que…, desde que… murió. ¡Oh, Dios mío, había muerto hacía años, muchos años, diez mil botellas de tequila atrás, pero nunca se lo perdonó. Nunca pudo perdonárselo y, por vengarse de ella, buscó en otra carne y otra botella, y en otra y en otra y en dos y en diez mil… lo que nunca halló, salvo cantos de gallo, medianoches vacías, camas deshechas y diez mil botellas de tequila.

Hay que andarse con cuidado, porque el amor frustrado suele tornarse en desamor, y en esos casos la venganza tiene la maña de volverse con saña contra aquél que lo blandió. En esa fútil batalla buscó, más que inmolar un afecto perdido crucificar para siempre su esperanza para que un sufrimiento eclipsara otro dolor. ¡Y él que creyó que su contienda fue el sexo y el placer desabrido, y fue la ausencia de un amor desvanecido lo que le empujó como el pecio de naufragio a la orilla de otros cuerpos! Ahora que ante él la tenía tan hermosa como entonces en la vida y en la muerte la sintió, dio gracias al licor por los efectos que le producían. Ninguna cosa de la Tierra podía emular la belleza de su geometría suntuaria; ninguna luz, aquella luz bravía que en su pecho palpitaba; ningún color, el de la miel de su mirada; ninguna blandura, la de sus labios; ni ninguna suavidad, la de su piel candorosa ungida de polem de mariposa. La inocencia, tanto tiempo escondida rebrotaba a borbotones de lo más hondo de su corazón y la piel se le estiraba recobrando aquella edad de prodigios y de magia que se hacía verso en la mirada y música en la voz, y le dijo por fin que la quería, que la había extrañado diez mil botellas de tequila y otras tantas medianoches. «Pero para que no derroches ya no tendrás que beber más: nunca nos volveremos a separar», le respondió ella, y le puso en los labios un beso de luz que le devolvió a la adolescencia y a la redención, y se le olvidó el olvido para hacerse memoria de aquel tiempo sin vanagloria en que los dos se quisieron sin más empeño que ser los dueños de su propio amor. Luego, de una forma que no comprendo tomó su mano y se le llevó de allí, no sé a qué clase de sueño, mientras quedaba su cuerpo recostado sobre sus manos en la barra. Entonces un gallo delirante afiló su clarín altisonante tan lejos del quicio de la madrugada.

«¡Eh, amigo, es la hora de cerrar e ir a dormir la mona a su casa!», le dijo el camarero mientras le sacudía. Y tal vez si aquella mañana hubiera sido como otra cualquiera, el hombre se hubiera erguido y no sé si puesto en pie o al menos enhestado el cuerpo; pero no lo hizo porque aquella medianoche había muerto de amor y desolación. Él mismo, si hubiera estado atento o hubiera habido más luz en la cantina, le hubiera visto salir hacia la una de la mano con el amor de su vida por la rendija de la ventana por la que se filtraba un rayo de luna. Los gallos a esa hora inhóspita entonaron su monótona melodía, pues enloquecidos al ver pasar a aquellos fantasmas enamorados bañados en luz, creyeron que al ritmo de aquel blues melancólico prodigiosamente amanecía.

Opina sobre el artículo pulsando aquí









Videos de mis novelas







Sinopsis: En la noche de los tiempos, según el Libro de Enoc, los Hijos de los Dioses, las Veinte Dinastías de los Vigilantes, viendo que las Hijas de los Hombres eran hermosas, las desearon para sí y se conjuraron para desobedecer a Dios y descender sobre la Tierra con el fin de tomarlas y hacerlas hijos. Por esta rebelión contra los designios Divinos y esta interferencia en la Creación, Dios castigó a aquellas Veinte Dinastías con el Infierno e hizo que las milicias divinas los expulsaran del Cielo para siempre. Y así lo hicieron con todos... menos con uno, Abaddona, el único diablo arrepentido porque comprendió el mal que había hecho y le suplicó perdón a Dios. Y Dios le perdonó, le devolvió su rango de trono y le permitió que regresara al Cielo; pero Abaddona no quiso hacerlo..., al menos hasta que devolviera a los hombres al estado de pureza del que les había privado, porque a causa de aquel acto, tal y como reza el Libro de Enoc en el capítulo 8:2, «Desde entonces creció mucho la impiedad, porque ellos (los hombres) tomaron los caminos equivocados y llegaron a corromperse en todas las formas.»




Sinopsis¿Y si Apolyon, el Rey del Abismo que se menciona en Apocalipsis 9:11, no fuera un demonio, tal y como sugieren algunos exegetas, o el mismísimo Jesucristo, como suponen otros?... ¿Y si Nibiru, el mítico planeta del que afirmaban los sumerios que procedían los dioses que nos crearon, realmente existiera?... De ser así, Apolyon bien podría ser un meteorito o un escombro espacial que acompañara a ese errante sistema planetario que nos vista cíclicamente, y el cual podría estar en rumbo de colisión con la Tierra en su próximo acercamiento. En Tal caso, todo lo referido en ese capítulo 9 del Apocalipsis tendría un sentido prácticamente literal.



Sinopsis: Los seres humanos, por razones no comprendidas por la Ciencia, no pueden reproducirse. Un Mal que únicamente afecta a los humanos. En Lubitana, un pueblo próximo a Madrid, ha coincido este hecho con la llegada de un misterioso personaje, don Gilgamesh, a quien algunos le responsabilizan de ser el causante del Mal. Un hombre misterioso y con enorme poder que se ha librado de la cárcel cuando se le acusaron de haber perpetrado dos asesinatos el mismo día fue violada la Niña Sara, la hija autista de los Montoro. Una mujer que, a pesar de su condición, establece con don Gilgamesh una peculiar relación afectiva, y que, el mismo día que da a luz a su hija, la Pequeña Eva, fruto de aquella violación, muere, desatándose ese mismo día el Mal que impedirá que los hombres puedan perpetuarse y cuyo tiempo restante podrá ser medido ya por la edad de la recién nacida. Un historia no violenta, ni siquiera escatológica, que muestra cómo la sociedad se va contrayendo sobre sí misma a medida que la población se extingue, hasta que finalmente no quedan sino algunos seres que más tienen de homínidos salvajes que de humanos tal y como los conocemos, además de don Gilgamesh y la Pequeña Eva, para quien este parece tener previsto un destino primordial. Una historia en la que don Gilgamesh no envejece, quién sabe si porque él mismo no es un hombre.

Puedes pagar con cualquier tarjeta.



Sinopsis:
"Sangre azul (El Club)" es la novela conspiranoica por antonomasia. Una novela invaluable porque no narra cómo cierta élite nos maneja y controla, esquematizando las etapas que va cubriendo en la Historia y, lo que es más significativo, las que quedan por cubrir y con qué contenidos, que es decir qué nos espera y cuándo. Una novela que, usando la realidad incuestionable de los titulares de prensa y otros medios, y conduciéndonos de la mano de un prominente personaje de ficción (o quizás no tanto), conduce al lector por nuestro tiempo, permitiendo que él mismo compruebe cómo los sucesos que consideraba casuales o fruto del azar, han sido elaborados y puestos en escena por una inteligencia superior. La mayor de las conspiraciones, al descubierto.





Sinopsis: Salvador Montoro ha perdido al único ser que le quedaba vivo, su madre. Sin embargo, Fausta, cuñada del padre de Salvador, consigue que el patriarca de los Montoro le acoja en su casa, a pesar de que no le considera sino un bastardo. Aunque con un inicio de su relación muy negativo, el tiempo y la convivencia lograrán que se establezca entre el abuelo y el nieto un vínculo que derivará en un afecto sólido y entrañable que se extenderá ya por siempre. Ya como Montoro de pleno derecho, deberá el futuro patriarca de la casta, Salvador, demostrar su condición de germen de Dios o de semilla del diablo, así como los demás Montoro lo hicieron a lo largo de la Historia, y tendrá su oportunidad de hacerlo siendo aún muy joven, porque estalla la Guerra Civil y él, como toda su quinta, es movilizado, cayéndole en suerte, ya al final de la conflagración, el deber de conducir a una caravana de niños desde Madrid hasta Valencia, ya que la derrota final está próxima y nada queda que hacer por evitarla, salvo impedir que sucumban aquellos que en su bando consideran los más puros: los niños.
El amor y el odio, la paz y la guerra, y la fidelidad y la traición se dan cita en esta obra memorable, enfrentándose los personajes con su propia nauraleza a fin de demostrar su condición. Varias decenas de miles de lectores han hecho de esta novela todo un clásico de la literatura española contemporánea, ensalzándola como una de las obas más intensas y completas que se han escrito en la modernidad. Una novela verdaderamente intensa, rica, de una plástica exquisita y de una profundidad literaria que hará imposible que no te sientas identificado con los personajes, los escenarios y las emociones que en ella se explayan.





Sinopsis: "Dimensiones I", es una recopilación de mis cuentos y narraciones breves más heterogéneos. Diecisiete relatos que harán las delicias de los lectores, como así ha sucedido con los más de 25000 que ya han disfrutado de ellos. Una obra breve de contenido muy intenso, lleno de espacios sorprendentes y de personajes memorables que deambulan por el orden de lo mágico..., o quizás no tanto. Reflexiones, al fin y al cabo, sobre la naturaleza humana, que tienen varios niveles de lectura: el lineal, que refieren las propias historias; el existencial, que se adentra en la condición personal de cada quien; y el asombroso, que es el que se deja traslucir como realidad paralela, pero no por ello menos cierta que la propia de los personajes... y de los lectores.

Puedes pagar con cualquier tarjeta.




Sinopsis: ¿Y si el terrorisno no fuera una lucha armada que persigue unos fines políticos o sociales muy concretos, sino un negocio de ciertas élites?... ¿Y si el terrorismo fuera, además, una herramienta de los Estados para controlar a la población a través del pánico?... "Lemniscata", es la novela que trata este espinoso asunto, y lo hace, como han dicho algunos críticos sobre ella, con una exquisita literatura que consigue una imposible aleación de seda y acero.



Rhinoslider 1.05