Doce peldaños El blog de Ángel Ruiz Cediel A mi aire

16 de marzo de 2015, por Ángel Ruiz Cediel

Doce peldaños



La novedad abrió una puerta que ya no pudo cerrar porque no tenía picaporte al otro lado, y le pasó un poco como al gato al que le mató la curiosidad. La cuestión es que la primera vez fue excitante; la segunda, un prodigio; pero poco después, en un instante comprendió que se había convertido en costumbre y que por costumbre derivó en vicio. Entonces se supo al servicio de su propia ruina, pero ya era tarde porque estaba enganchado a la muerte lenta de un hábito que le dominaba, y que a ciertas horas le exigía un placer que consumado se convertía en culpa y contrición… Y renegaba de sí mismo prometiendo que nunca más volvería a caer…, hasta que unas horas después su bestia exigía más de lo mismo o ir un paso más allá. Y mansamente obedecía, cayendo más y más.

No es fácil, siendo tierno, conocer de antemano las pendientes que tiene la vida, sobre todo cuando la inocencia se convierte en arrogancia y se acortan las distancias tirando por la calle de en medio. Quiero decir, curiosidad, osadía sin precaución, ese valor desmedido que linda con la estupidez y que a tantos lleva de la mano. Creer que se sabe lo que se ignora es cosa de la edad…, hasta que se comprende que no se puede controlar lo que no tiene mandos o que no se debe correr más aprisa que los pies. Cuando se hace, el alma se descuaderna y deja las vidas al pairo de vientos que soplan en contra, aunque se finja normalidad para afirmar que se quiso elegir lo que derrota. Y se naufraga, claro, en una profunda galerna que sofoca los clamores de auxilio. Nadie tiene oídos para el vicio… de otro, si es que no lo mueve un gran afecto; bastante tiene cada cual con los suyos propios. Y el extravío derrota hacia la soledad, y la soledad enfila a un ciclo de placer absurdo y arrepentimiento que genera la ansiedad que requiere otra dosis de lo mismo para regresar al mismo abismo de soledad y dolor que genera más ansiedad… ¿Cuándo comenzó este lío y cómo escapar de ese infierno inopinado que siempre tuvo al lado sin saberlo detectar, hasta que se quiso asomar a ese abismo y gustó aquellos frutos que parecían tan sabrosos pero que en su pulpa contenían el veneno que lo intoxicaba?... Y supo entonces que el precipicio conocía su nombre; en realidad, el abismo sabe siempre nombre de todo hombre que se aventura en lo desconocido, sin reparar antes en que siempre ha vencido a mojigatos y a corajudos, y que nunca hubo siquiera fuera un titán que pudiera domeñarle. Al abismo es imposible domesticarle, y, si se cae a su fondo, la escalada es imposible: tan lejos queda el cielo de la normalidad que ya no hay oportunidad de regreso desde el infierno. Para ser huésped de lo profundo del inframundo, en conclusión, con el mero vicio está pagado el servicio y el derecho de admisión.

Muchas veces escuchó decir que el inferno tiene puertas muy hermosas y que hasta ellas se llega por un camino muy ancho. Lo que nunca oyó fue afirmar que tras esas puertas, cuando se cierran, no hay picaportes que permitan la salida: quien entró contento, entregó su vida y lo hizo para el tormento. Sin embargo, la ignorancia le llevó lejos del camino estrecho, prefiriendo la sombra refrescante de lo efímero que el rigor del esfuerzo, y tal vez lo ha comprendido cuando ya es un rehén de su desatino. Poco a poco le fueron dejando a un lado los de antes, sus amantes, sus amigos, sus compadres, sus vecinos, su otro yo, el verdadero, hasta que la soledad le abrazó como a un hijo putativo. ¡Qué perro es el destino que eligió o le eligió hasta convertirse los dos en una ruina de lo mismo! ¿Por qué no comprendió cuando pudo que vicio es todo aquello que le empuja a uno a uno mismo?..., ¿por qué ignoró las advertencias de los mil iguales que cayeron antes en ese abismo y ahí quedaron atrapados creyendo que controlaban su destino, hasta que se disolvió en una nada de muerte lenta y dolor?... Decir quizás no es renunciar, ni un tal vez es admitir, ni un acaso es un no.

Ahora de nada sirve el victimismo ni el echar balones fuera, creyéndose la quimera de que los demás le abandonaron en su abyecto sino. Voces hubo que le dijeron «¡Cuidado con los placeres que parecen que dan, porque siempre restan!»; pero no tuvo oídos para escucharlos ni cerebro para entenderlo. «Yo controlo y puedo dejarlo cuando quiera», respondía con un deje de suficiencia que no encerraba más ciencia que la de engañarse para elegir lo que su bestia elegía. Dar el paso atrás que se pretende dar cuando se llega a tales extremos, cuesta más esfuerzo que mil pasos hacia delante, y al frente solamente queda la soledad de una fosa en la que ya no cabe el arrepentimiento. Lo sabe, pero calla y sigue cayendo hacia el fondo de lo oscuro. Abajo, es seguro que los demonios le esperan para entregarle su recompensa, pero mientras cae, todavía una luz se resiste, unas alas, una sonrisa que le suplica que se quiera en el desamor con el mismo fervor con que se quería cuando niño. Es su madre, y las madres, siempre tienen esa voz azul que se hace canción de cuna para sofocar el terror de los malos sueños y luz luna para encender la oscuridad. «Quiérete bien, mi niño, que si lo haces, al cielo podrás ascender», le susurra. Las lágrimas de dolor de quien se sabe cautivo, se derraman sin objetivo en busca de un corazón que ignora dónde se escondió. «Si pudiera, bien que lo intentaría, pero ahora sé lo que ignoraba y para salir de este infierno no hay ascensor.» Su madre lo acaricia con amor, pone un beso en su frente y le dice mientras sonríe, «Pues que esto has comprendido de veras, recién acabas de encontrar el primer peldaño de la escalera que puede conducirte a lo alto». Él la mira con sobresalto, y en sus ojos contempla ese brillo de fantasía que se hacía poesía para alejar sus tristezas. «Solo no puedo, madre, y tal vez por ello merezca este infierno», acepta como un esclavo que sabe que jamás podrá liberarse solo de sus cadenas. «Doce pasos, hijo, tiene esta escalera: no te rindas, tómala y escapa de tu tormento.» Doce pasos como doce ángeles, como doce meses, como doce puertas abiertas. Y se aferra, y trepa, admitiendo que solo no podrá, pero confiando en ese ángel que sabe que tenderá sus alas si pierde el pie y cae. Un paso, y confía; otro más, y asciende; un tercero, y su bestia le reclama su dosis de ayer, que es decir de placer, y nuevamente se precipita; pero mil suavidades de caricias y de besos están al quite y lo sujetan: «Ánimo, hijo, no está lejos la meta; la tarea no es fácil y ya no es hora de claudicar.» Se levanta y sube otro peldaño, un nuevo paso que aleja de lo oscuro, de los demonios y sus tridentes, pero de repente se sorprende otra vez cayendo al fondo del abismo. Sin embargo, después de tanta oscuridad sus ojos se achisparon por la luz que derramaban los ojos de su madre, y ya que no por él, por ella, se levanta de nuevo y regresa a la escalera. Otro peldaño, y contempla cómo el daño va quedando atrás. No es su fuerza de voluntad, sino la que recibe del cielo, y a él trepa con arduo esfuerzo, siquiera sea para tener el gesto de devolverle a su madre el beso que lo rescató de las ascuas del infierno.

Extenuado por el trabajo, al fin alcanza el ras del llano de la normalidad: la calamidad estuvo a punto de vencerlo, pero un beso, solo un beso y una sonrisa, le rescataron del peor de todos los sufrimientos: el que él mismo se procuró. Pero ya es un hombre nuevo, una criatura renacida de sus propias ruinas como un ave Fénix milenario. Hoy comienza su calendario, hoy empiezan sus días, nada tiene, pero está contento de poder al menos blandir una sonrisa. La brisa es suave y el sol entibia sus huesos. En la distancia, no demasiado lejos, ve a alguien que se aproxima al borde del abismo, y aun jadeando por la escalada corre a su lado y le dice «Antes de dejarte caer, amigo, déjame que te preste mis alas, que es decir mi consejo. Lo que sufres lo he sufrido y conozco el camino de regreso.» Él le mira algo perplejo. «¿Qué te importo si a quienes importaba he dejado de importarles?» No le responde, pero él le tiende sus brazos y los abre ofreciéndole su pecho hospitalario. «Lo hago en recuerdo de mi madre», le musita, y continúa: «Murió cuando yo era un niño, pero ni siquiera así dejó de preocuparse por mi destino.» Pero el otro hombre rompe a llorar desesperado por no tener un ángel parecido, y, dando un paso fatal, se arroja decidido al abismo. Nada puede hacer, y siente en su propia carne que un destino es como otro destino y un vicio como otro vicio, formas de ver distintas las cosas que son igual, y nuevamente su alma se estremece al reverdecer su antiguo estado. Y al sentir esto comprende que tiene alma, que siempre la tuvo por más que durante mucho tiempo la ignorara. Se acerca al quicio del precipicio, y con calma le grita al que se precipita al fondo: «Por allá hay una escalera con doce peldaños para los que, aun cayendo, comprenden que solos no pueden librarse de sus cadenas.»

Las cosas de la vida son así de extrañas: se engaña quien piensa que él solo puede con todo y que no hay vicio que pueda rendirle. Tantos milenios lleva el demonio en su oficio, que no hay truco que ignore para seducir voluntades de pequeños y grandes, de poderosos y humildes, de valientes y cobardes, de pecadores y santos y de alfeñiques y titanes. Sin embargo, a todos ellos no sería malo decirles que, pese a esto, nunca estamos completamente solos, y si miran a lo alto y piden socorro, verán que siempre hay una mano desconocida dispuesta a auxiliarles incluso al borde del abismo, y, por si esto no fuera suficiente, una escalera de emergencia en alguna parte a la que puede asirse para escapar quien comprende demasiado tarde. Doce peldaños, para ellos, separan el infierno del suelo.

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Sinopsis: En la noche de los tiempos, según el Libro de Enoc, los Hijos de los Dioses, las Veinte Dinastías de los Vigilantes, viendo que las Hijas de los Hombres eran hermosas, las desearon para sí y se conjuraron para desobedecer a Dios y descender sobre la Tierra con el fin de tomarlas y hacerlas hijos. Por esta rebelión contra los designios Divinos y esta interferencia en la Creación, Dios castigó a aquellas Veinte Dinastías con el Infierno e hizo que las milicias divinas los expulsaran del Cielo para siempre. Y así lo hicieron con todos... menos con uno, Abaddona, el único diablo arrepentido porque comprendió el mal que había hecho y le suplicó perdón a Dios. Y Dios le perdonó, le devolvió su rango de trono y le permitió que regresara al Cielo; pero Abaddona no quiso hacerlo..., al menos hasta que devolviera a los hombres al estado de pureza del que les había privado, porque a causa de aquel acto, tal y como reza el Libro de Enoc en el capítulo 8:2, «Desde entonces creció mucho la impiedad, porque ellos (los hombres) tomaron los caminos equivocados y llegaron a corromperse en todas las formas.»




Sinopsis¿Y si Apolyon, el Rey del Abismo que se menciona en Apocalipsis 9:11, no fuera un demonio, tal y como sugieren algunos exegetas, o el mismísimo Jesucristo, como suponen otros?... ¿Y si Nibiru, el mítico planeta del que afirmaban los sumerios que procedían los dioses que nos crearon, realmente existiera?... De ser así, Apolyon bien podría ser un meteorito o un escombro espacial que acompañara a ese errante sistema planetario que nos vista cíclicamente, y el cual podría estar en rumbo de colisión con la Tierra en su próximo acercamiento. En Tal caso, todo lo referido en ese capítulo 9 del Apocalipsis tendría un sentido prácticamente literal.



Sinopsis: Los seres humanos, por razones no comprendidas por la Ciencia, no pueden reproducirse. Un Mal que únicamente afecta a los humanos. En Lubitana, un pueblo próximo a Madrid, ha coincido este hecho con la llegada de un misterioso personaje, don Gilgamesh, a quien algunos le responsabilizan de ser el causante del Mal. Un hombre misterioso y con enorme poder que se ha librado de la cárcel cuando se le acusaron de haber perpetrado dos asesinatos el mismo día fue violada la Niña Sara, la hija autista de los Montoro. Una mujer que, a pesar de su condición, establece con don Gilgamesh una peculiar relación afectiva, y que, el mismo día que da a luz a su hija, la Pequeña Eva, fruto de aquella violación, muere, desatándose ese mismo día el Mal que impedirá que los hombres puedan perpetuarse y cuyo tiempo restante podrá ser medido ya por la edad de la recién nacida. Un historia no violenta, ni siquiera escatológica, que muestra cómo la sociedad se va contrayendo sobre sí misma a medida que la población se extingue, hasta que finalmente no quedan sino algunos seres que más tienen de homínidos salvajes que de humanos tal y como los conocemos, además de don Gilgamesh y la Pequeña Eva, para quien este parece tener previsto un destino primordial. Una historia en la que don Gilgamesh no envejece, quién sabe si porque él mismo no es un hombre.

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Sinopsis:
"Sangre azul (El Club)" es la novela conspiranoica por antonomasia. Una novela invaluable porque no narra cómo cierta élite nos maneja y controla, esquematizando las etapas que va cubriendo en la Historia y, lo que es más significativo, las que quedan por cubrir y con qué contenidos, que es decir qué nos espera y cuándo. Una novela que, usando la realidad incuestionable de los titulares de prensa y otros medios, y conduciéndonos de la mano de un prominente personaje de ficción (o quizás no tanto), conduce al lector por nuestro tiempo, permitiendo que él mismo compruebe cómo los sucesos que consideraba casuales o fruto del azar, han sido elaborados y puestos en escena por una inteligencia superior. La mayor de las conspiraciones, al descubierto.





Sinopsis: Salvador Montoro ha perdido al único ser que le quedaba vivo, su madre. Sin embargo, Fausta, cuñada del padre de Salvador, consigue que el patriarca de los Montoro le acoja en su casa, a pesar de que no le considera sino un bastardo. Aunque con un inicio de su relación muy negativo, el tiempo y la convivencia lograrán que se establezca entre el abuelo y el nieto un vínculo que derivará en un afecto sólido y entrañable que se extenderá ya por siempre. Ya como Montoro de pleno derecho, deberá el futuro patriarca de la casta, Salvador, demostrar su condición de germen de Dios o de semilla del diablo, así como los demás Montoro lo hicieron a lo largo de la Historia, y tendrá su oportunidad de hacerlo siendo aún muy joven, porque estalla la Guerra Civil y él, como toda su quinta, es movilizado, cayéndole en suerte, ya al final de la conflagración, el deber de conducir a una caravana de niños desde Madrid hasta Valencia, ya que la derrota final está próxima y nada queda que hacer por evitarla, salvo impedir que sucumban aquellos que en su bando consideran los más puros: los niños.
El amor y el odio, la paz y la guerra, y la fidelidad y la traición se dan cita en esta obra memorable, enfrentándose los personajes con su propia nauraleza a fin de demostrar su condición. Varias decenas de miles de lectores han hecho de esta novela todo un clásico de la literatura española contemporánea, ensalzándola como una de las obas más intensas y completas que se han escrito en la modernidad. Una novela verdaderamente intensa, rica, de una plástica exquisita y de una profundidad literaria que hará imposible que no te sientas identificado con los personajes, los escenarios y las emociones que en ella se explayan.





Sinopsis: "Dimensiones I", es una recopilación de mis cuentos y narraciones breves más heterogéneos. Diecisiete relatos que harán las delicias de los lectores, como así ha sucedido con los más de 25000 que ya han disfrutado de ellos. Una obra breve de contenido muy intenso, lleno de espacios sorprendentes y de personajes memorables que deambulan por el orden de lo mágico..., o quizás no tanto. Reflexiones, al fin y al cabo, sobre la naturaleza humana, que tienen varios niveles de lectura: el lineal, que refieren las propias historias; el existencial, que se adentra en la condición personal de cada quien; y el asombroso, que es el que se deja traslucir como realidad paralela, pero no por ello menos cierta que la propia de los personajes... y de los lectores.

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Sinopsis: ¿Y si el terrorisno no fuera una lucha armada que persigue unos fines políticos o sociales muy concretos, sino un negocio de ciertas élites?... ¿Y si el terrorismo fuera, además, una herramienta de los Estados para controlar a la población a través del pánico?... "Lemniscata", es la novela que trata este espinoso asunto, y lo hace, como han dicho algunos críticos sobre ella, con una exquisita literatura que consigue una imposible aleación de seda y acero.



Rhinoslider 1.05