Del corazón a los labios El blog de Ángel Ruiz Cediel A mi aire

Del corazón a los labios

30 de marzo de 2015, por Ángel Ruiz Cediel

Del corazón a los labios



Hay quienes precisan la fama o el dinero para alcanzar la felicidad, pero él siempre creyó que le bastaba con un lugar bajo el sol para sentirse en paz. Hoy, que los malvados ocupan el poder y que la lluvia y el sol son productos de alquiler que regentan las multinacionales; hoy, que la democracia ha igualado al estúpido con el sabio y que las noticias de los telediarios uniforman las almas de los necios; y hoy, en que los más capaces son empujados al exilio para ser reemplazados en sus naciones por la sumisión de los desheredados de mil infiernos lejanos, él se sonríe y, claro, calla, porque, como suele decir, «la democracia es nada más que una dictadura blanda, en la que se le ensalza al que se somete y se le margina al que disiente.» ¿Para qué discutir con quienes vivían cara suelo, si él tuvo que volar y lo hizo tan alto que quiso acariciar el cielo?...

No era una cuestión de política, sino su forma de entender la vida. Desde muy chiquito apuntó ya a estas maneras, y cuando su madre le interrogaba sobre lo que esperaba de la vida, solía responder: «Saber que vivo y que tengo corazón.» Pero, a la sazón, no se refería a haberes, o al menos no de los que se tocan o abultan una cuenta corriente. En la escuela o en el barrio, siendo un buen amigo de sus amigos, era considerado raro porque sus intereses eran otros que perseguir pelotas por el patio o revolotear como un satélite alrededor de las faldas. Sin renunciar a nada, prefería la lectura, escribir incluso, porque decía que «escribir es pensar despacio y someter a la anárquica idea al ordenado rigor de la gramática». Una escultura de letras bajo el imperio de la semántica que, un poco como Miguel apuntara cuando dijo que se limitó a quitar la piedra que sobraba al preguntarle cómo era que pudo haber esculpido La Piedad, condensaba en unas líneas o un verso un boceto de cierta eternidad. «¿Para qué todo eso?», le inquirían sus amigos; y respondía: «Para saber que vivo y que tengo corazón.» La eterna canción. Y también le dejaban con su manía o su ilusión, creyendo que deseaba ser escritor o algo por el estilo. Pero no era eso, ni siquiera él mismo sabía qué perseguía o de dónde le venía esa propensión, aunque intuía que ese impulso con el que había nacido un día cobraría el valor que debía, acaso descubriéndole el secreto del corazón. Ya que se dispara, lo mejor era hacerlo alto. Cuando terminó sus estudios, no queda claro si fue la casualidad la herramienta que usó el destino para empujarle lejos de su camino, muy lejos, a otros mundos y otras eras que se abrían más allá de sus fronteras. Sería por cuestiones de trabajo, pero así que le era posible, se complació no en visitar catedrales o palacios, sino en husmear en los fondillos de la especie a través de los vestigios que habían quedado diseminados por mil lugares remotos.

Sus ojos, lentamente, se fueron desprendiendo de las telarañas de la rutina y pudieron atisbar otras historias o fantasías esplendentes. La bruma de lo aprendido en mil libros o lecciones se fue disipando, para irruir en sus retinas la resplandeciente luz de soles que hacía siglos o milenios que se habían eclipsado. Y con el deleite de quien tomara qué sabía él qué memorables ambrosías, recorrió con dejoso paso las callejas y avenidas de mil recónditos lugares en que los ancestrales dioses habitaron junto con los hombres, pareciéndole sentir que era acompañado por aquellas presencias fantasmales que habían quedado aprisionadas entre templos y pirámides. Aquello era para él como leer en los primeros garabatos del hombre, sus palotes más rudimentarios, pero, al mismo tiempo, con una caligrafía tan preciosista que le parecía inferir que había mucho más que eso. ¿A qué, siendo tan escasos, afanarse en construir tan suntuarias obras, o a qué, siendo tan perecederos, tratar de escalar a lo eterno?... Imaginaba los esfuerzos que aquellas culturas realizaron, y no comprendía el porqué de su empeño; pero igual lo ahorraba para cuando pudiera necesitarlo, si era que lo necesitaba. ¿Qué deseaban comprender que no sabían?... Algún día su corazón le diría lo que ahora se filtraba entre sus dedos como cuando se trata de agarrar el agua a puñados. Piezas sueltas de un puzzle imposible que nada tenían que ver con cuanto le habían enseñado o era su propia cultura, vana, superficial, igualitaria y efímera, construida sobre materiales volátiles que imposible le parecía que pudieran legar ningún testigo a las generaciones venideras. Aquellas otras eran, por el contrario, de otra manera, ansiaban lo intemporal, buscaban la permanencia en el tiempo, o al menos el suficiente como para transmitir un legado ciertamente incomprensible con el conocimiento que aplicaba. Si aquellas culturas vetustas de Indochina, el Indostán, Mesoaméica o Mesopotamia pretendieron trasmitir un testimonio con sus construcciones fantásticas y sus escritos, sus contemporáneos apenas si dejarían su débil huella en el borde una playa con la marea baja.

Un día conoció a una hermosa mujer y, tal vez por la liturgia que impone la naturaleza o porque aún no comprendía el sentido de las piezas que había ido acumulando, se casó con ella, y no mucho tarde tuvo a su primera hija. Un suceso común para cualquiera, aunque no para quien todo era una pieza de un ciclópeo rompecabezas. Sin embargo, al tener a su hija se tuvo de nuevo a sí mismo, y entendió que el destino le ofrecía la oportunidad de comprender lo grande por lo pequeño. Se vio reflejado en ella y supo, con los primeros balbuceos y tendencias de su nena, que le había legado su genética como él la recibiera de sus ancestros…, hasta que le engendraron; pero que también, junto con esta, le había legado la epigenética que él mismo había generado con sus actos hasta que la concibió, heredando la niña las manías que fueron suyas hasta precisamente aquel punto. Así funcionaba el mundo, bien lo comprendía ahora, y quedaba en evidencia que, puesto que eran los jóvenes quienes se reproducían, se heredaba la osadía, la impulsividad y el vivir sin saber que se vivía. Eso mismo lo proyectó a mil ayeres, y supo que había heredado desde aquellos remotos tiempos de las ruinas, las juventudes sin sabiduría de aquellas mil generaciones que le precedieron. Y pudo confirmarlo no mucho después, cuando su segundo hijo, nacido una década más tarde, heredó su madurez, la esplendidez serena de la que su hija carecía. Maduró él y nació su hijo con una sensatez que se correspondía en proporción a la suya, pudiendo nuevamente confrontarlo con aquel ayer que le obsesionaba. Esa era, quizás, la piedra angular para asumir la asombrosa sinfonía del concierto de la existencia, y a ello se empeñó con toda su ciencia. Se encerró en su cuarto y escribió sin piedad ni descanso no supo durante cuánto tiempo, hasta que alguien tocó su puerta para informarle que su esposa había muerto de soledad. Habían transcurrido casi veinte años. Con sus hijos ya mayores e independizados, pudo combatir su orfandad yéndose a sobreponer cuanto había colegido con la realidad de aquellas ruinas milenarias, y al encararlas tuvo la certeza de que sus experiencias ahorradas al fin tenían provecho. Pero ¿cómo explicarle su descubrimiento a una sociedad adormecida en el entretenimiento?... Y calló, siempre callaba. Tan solo sonreía cuando sus amigos discutían de los conflictos existenciales o de política o de religión o de sociedad. La realidad para él tenía otro deje, y sabía que no podría jamás exponer sus ideas sin que una hoguera le consumiera por hereje. Mejor, dejarlo pasar y que quien quisiera comprender lo hiciera como lo había logrado él. «Las perlas no son para arrojárselas a los cerdos», se pensaba, y se limitaba a escuchar sin pronunciar palabra, a no ser que le inquirieran directamente, en cuyo caso solía decir: «No es por ahí, no es por ahí». ¿Qué otra cosa podía replicar?... Su comprensión sobre la estructura social, el racismo, la política, el aborto o el matrimonio gay eran tan distantes de las de sus amigos, que solamente podrían pensar, por piedad o por indulgencia, que había enloquecido.

Sin embargo, pese a todas sus certezas, algo había en él que le hacía considerar que era un hombre mitad o nada más que medio hombre. No me refiero a su masculinidad, sino a la sensación enorme de saberse incompleto. Y recordó lo que a su madre le decía cuando se iniciaba en aquella aventura que emprendió, «saber que vivía y que tenía corazón.» Siempre fue consciente de lo primero, y acaso lo segundo le pareció que también había sido cumplido con un matrimonio y dos hijos… ¿O acaso no? Bien considerado, su vida familiar fue un formulismo que en mucho no se diferenciaba de un trabajo administrativo, con sus rutinas e ínfimos sobresaltos, sus muchos sobreentendidos y su exceso de confianza, aunque sin la pasión voraz del ansia ni el deseo febril del sexo.

Una idea exagerada que quedó en suspenso hasta que un día conoció a Marta. A su edad, ya no era el cuerpo lo que atraía con una voluptuosa geometría que prometiera paraísos improbables, ni lo era tampoco la necesidad de una reproducción imposible que usara al instinto como mecanismo de persuasión. ¿Qué era, pues, sino un simple después de un ahora distinto? ¿Sería quizás la necesidad de combatir la soledad, o tal vez que confundía afecto, querencia, necesidad de sexo y atracción?... Quien siempre huyó del amor, todo lo ignoraba de lo excelso, y sin duda aquellas eran las huellas de Dios vistas a ras del suelo. El caso, es que experimentó una gravitación fatal hacia ella y que ella la sintió hacia él, como dos masas que se atrajeran sin remedio en la inmensidad desolada del universo. Con la racionalidad más exacerbada se propuso desentrañar el misterio del porqué al lado de ella sentía que tenía mil hormigas correteándole por el ombligo y que el corazón se le aceleraba en un mil latidos desbocados; pero no alcanzó a entender qué le estaba sucediendo, de modo que un día buscó un rincón de intimidad y le dijo a bocajarro: «Sin duda he de quererte porque no tengo ningún motivo.» Ella le miró entre confusa y sonrojada, y, tras unos segundos de silencio, le inundó con la marea azul de su mirada, y le replicó: «Debe serlo, porque yo tampoco lo tengo y siento lo mismo.»

¿Qué sonido han de hacer dos planetas que chocan?..., ¿qué música, si se oyera, sería el batir de las alas del alma?... Un poco de las dos cosas ambos sintieron, percibiendo que se abría ante ellos un tiempo sin tiempo y sin secretos. La luz oscura del misterio que tanto tiempo le había iluminado, se escondía ahora temblorosa en ninguna parte, espantada por el destello deslumbrante de su deseo. Por fin conocía la pasión y el ansia, y la pompa y el ardor del tiempo más dichoso regresó a él presuroso, para rezarle al oído una oración enardecida al Dios de lo eterno. Cuando después de muchos días de cortejo llegaron a su alcoba, ambos contemplaron estupefactos que aquella cama jamás había sido deshecha, por más que allá hubieran estado recostados cuarenta años dos cuerpos y fueran engendrados dos hijos. Si algo pensaron nadie lo dijo, pero al fin conocería aquel mar sábanas las quillas de dos naves solitarias que se unían en un mismo rumbo. No fue, desde luego, el fin del mundo, ni la expresión de un acto intrépido e impetuoso como el de los jóvenes, con la pícara osadía de los maduros o con la liturgia absurda de quienes son dominados por la costumbre, sino la constitución de una eufonía que se desentendía del tiempo y el espacio, permitiendo que se hundieran sus esqueletos entre las olas para que libérrimas naufragaran en los sueños sus almas. Con calma y en silencio se quisieron como supo que jamás había querido, acaso sin saberlo. «¿Dónde te escondiste todo este tiempo?», le preguntó ella. «Aprendiendo que sabía que estaba viviendo y que tenía corazón», le respondió él. Y continuó, luego de un momento en que bogó su mirada de la soledumbre del techo a la primavera azul de sus ojos: «Pero es ahora cuando sé para qué sirve el corazón.»

Aquel día, esta noche que estaba yo diciendo, murió él con una sonrisa en los labios, algunos de sus amigos dicen que porque al fin había comprendido el misterio que por medio mundo persiguiera. Lo que ignoran es que fue porque un sueño, solamente un sueño, le dio la clave de la ciencia que persiguió por mil recónditos lugares, aquella misma que unía en su afán a mil generaciones diferentes extendidas por más de cinco milenios: lo que tanto había buscado allá lejos, siempre lo había llevado puesto. Fue preciso que, pues que se remontó a olmecas, brahmanes y sumerios, aún continuara trepando hasta que, convertido en Adán, se reencontrara con Eva para completar el ser hermafrodita primigenio. Marta no existió sino en su delirio, o acaso como fruto de esa necesidad de comprender lo que no le correspondía. Si aquella noche Marta hubiera sido real y hubiera estado en edad de concebir, acaso hubiera podido engendrar la gloria un hijo que, por esas cosas de la epigenética, nacería con el resabio de saber que el corazón puede ascender a los labios y estrecharse la eternidad en un beso.

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