La risa del conejo El blog de Ángel Ruiz Cediel A mi aire

24 de febrero de 2015, por Ángel Ruiz Cediel

La risa del conejo



Nunca se sabe si para bien o para mal pasa lo que pasa, pero hay veces en las que a uno se le queda en los labios colgada una sonrisa con la que bien le hubiera gustado permanecer, si es que la suerte también hubiera sonreído.

Como el conejo, soy un animal crepuscular al que solo ocasionalmente le gusta danzar bajo la luz de luna; sin embargo, aquella noche tocaba salida, y salí, no supe entonces que a encontrarme con la suerte de una muerte dulce en un cuerpo de mujer. No sé qué mueve la fortuna, si los astros y sus dibujos o un caprichoso destino que esconde en el desatino sus mejores cartas; pero por culpa de un accidente de tráfico llegué demasiado tarde y mis amigos se habían marchado a paradero desconocido, según me informó un camarero de aquel local cuando le pregunté. «Tengo la suerte del conejo», dije entre dientes con cierto desánimo, y una voz de armonio me replicó desde al lado «que eso es multiplicar la suerte por cuatro». Desde el centro de la prodigiosa palidez lunar de su semblante, me sonrió el carmín de sus labios y me sentí emborrachar por ebria luz gris de sus ojos. «También yo llegué tarde por culpa de un accidente de tráfico», añadió, y continuó mientras me tendía su mano: «soy la chica de Lucía.»

Cosas que pasan, ni ella llevaba móvil ni tampoco lo tenía yo, de manera que le propuse ir a encontrarnos con nuestros amigos a cualquiera de los locales que solíamos visitar en nuestras salidas, tal vez a ese de la calle Galileo en el que Rafa solía cantar, o quizás al pub de Torrelodones donde muchas noches solíamos terminar acariciando la madrugada; pero ella se negó. «Si puede pasarla sin mí Lucía, puedo lucirme sin ella yo». No sé por qué el despecho tuvo eco de piel húmeda en mi corazón, pero sonreí por compromiso, y le propuse: «pues que la suerte es por cuatro, charlemos un ambos rato y veamos cuánto de ella nos toca a cada uno de los dos.»

En aquel mismo rincón mezclamos el vapor del licor con una plática sin pretensiones, mientras me preguntaba qué abismos se abrían en la carne que dividían los seres para que semejante mujer hallara en otras mujeres un presente sin porvenir. La luz extasiada de la barra incendiaba su cabello con mil fulgores diamantinos, como cirros noctámbulos que enmarcaran la espuma de su semblante en la que naufragaba su mirada gris; discurso adelante, su desamor se hizo grito, y entre los exabruptos de su fingido desdén se hizo hueco el destello traidor de una lágrima. «Es la vida que nos enreda en su maraña», se lamentó sin quererlo, y fuera o no cierto le juré por lo absurdo que no era juez sino testigo casual de su infortunio por causa de un accidente de tráfico. Qué sé yo por qué le dio por descerrarse a un desconocido, si ni siquiera a su chica la conocía más que por ser el dueto ocasional de un amigo cantautor; pero se abrió a la confidencia considerando que la casualidad era la manera que tenía de barajar sus cartas el destino, y quise entenderlo como esa suerte que te alcanza desde no se la espera.

A partir de ahí la cosa se complicó, y la intimidad de la confidencia exigió la proximidad justa que aleó aliento y vapor en una bruma hospitalaria en la que nos perdimos los dos. No sé qué influjos ejerce la tristeza, que cuando se agota deriva en ternura. Dijo llamarse Lola, dijo albergar un abismo desconsolado, dijo tener una herida que nunca curaba, y dijo que me podía enseñar cómo aullarle a la luna. ¿Qué hacía yo a mi edad con una mujer como esa en una noche cualquiera del desierto cosmopolita?... ¿Cómo negarme a ser el capricho de una diosa, si fue el destino el que quiso que dos accidentes de tráfico nos unieran desde distintas procedencias?... Con la urgencia del deseo que promovió la cómplice cercanía, casi cuando amanecía nos dirigimos a mi casa para que la luna del cielo reflejara la luna que cuelga como un reflejo en el muro de mi alcoba. Aún soberbia blandía su blancura cuando fundimos la mirra y la plata de nuestras carnes en un aullido formidable. Con la dulzura de un prodigio pude a la luz de su materia pálida danzar entre las dunas, escarbar en las madrigueras de su geografía y enredar mis dedos en sus llamas, sintiendo que el suero de mis venas se incendiaba con su aliento y se tornaba sangre fresca. El latido de la vida se resolvía perdiéndose más en su propio laberinto. La humedad de la pasión serena, mitad celeste y mitad animal, fue licuando la atmósfera hasta convertirla en un océano bravío de labios y besos, y a los alientos en vendaval. Sí…, sí…, no…, no…, más…, para…, para…, no…, sigue…, sí, ahí, sí, ahí.

El desconcierto del deseo hacía exudar las llagas de la carne. Sin pasado ni futuro, desde un presente sin arenas aprendí a aullarle a la luna como acaso nunca un conejo debiera hacerlo. «¿Qué marejada te arrojó a esta orilla?», le dije. Y me respondió: «Un accidente de tráfico, un amor quebrantado por exceso y el desdén de vengarme con otro para mi propio duelo.» Sin afecto más que el de la carne, en mis labios se dibujó, por compromiso, la sonrisa del conejo. La luna se ocultó avergonzada, y largamente permanecimos abrazados y sin querernos, contemplando el muro en el que quedó impresa su geometría. «¿Volveremos a tenernos, o tendremos que provocar nuevos accidentes de tráfico?», me preguntó. «Nos tendremos», le respondí, «cuando la luna coincida con la del muro y pueda estrecharse en mis labios la risa del conejo».

Regresó a su concierto o su desconcierto, a su vida o su muerte rutinaria, a su todo o su nada, a unos brazos o a otros o a todos, a su orbe completo o a su abismo, lo ignoro. Sé, que desde aquel día cada plenilunio coincidimos por casualidad en la barra de un bar en el centro cosmopolita, y que regresamos por unas horas al oleaje sereno del océano de sábanas de mi alcoba para que naufraguen de desamor nuestros cuerpos, mientras la mirra y la plata se iluminan con luna del muro cuando refleja la otra luna. Entonces aullamos. No es suerte, al menos buena, eso lo sé; pero ahí, entre abismos y dunas, desde hace meses, un día de cada veintiocho, entrambos construimos la historia de una muerte transitoria y dulce en los brazos desafectos de un extraño que por unas horas consuelan su desolación y mi anacronismo, acaso como el delirio de una casualidad con geometría de destino ante el que solamente se le puede poner la risa del conejo.

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