El círculo El blog de Ángel Ruiz Cediel A mi aire

29 de julio de 2016, por Ángel Ruiz Cediel

El círculo



La oscuridad del alma parecía apagar el mundo, y la sangre inflamaba las venas tornándolas azulados gusanos. Y de nuevo se acaballaba sobre su orbe aquel maldito sonsonete, rítmico e implacable. Bien se podía soportar el infernal dolor, bien la soledad de la noche densa y triste que como niebla sepulcral se metía por las rendijas y teñía de luto la atmósfera del cuarto; pero ese soniquete machacante, ese eco ciego que deambulaba fantasmal por el mundo, era insufrible. Y lo más curioso era que, precisamente ahora, caía en la cuenta de que toda la vida había pasado escuchándolo. Cierto que en la infancia era entretenido, en la mocedad gozoso y sereno en la madurez; pero ahora, con ese tremendo parecido a las paladas térreas de la sepultura, era agobiante, tenebroso.

Últimamente nada más que vivía eso: ruido y pesadillas. Al febril despertar del inquieto sueño, en el que se vio como un acerico atravesado por picas, herramientas y cristales, le seguía aquel diabólico ruido de rocas que chocaran o, peor todavía, de tierra aplastada por pies en huida, y siempre con esa medida cadente como un martirio que cundía y asaltaba no la naturaleza, sino la paciencia.
Fuera, entre las caléndulas marchitas del jardín y las rosas deshojadas, el ábrego viento guardaba alientos fatales. La lluvia se escondía entre la hierba muerta, buscando la carne de arena de los antepasados. El golpeteo de aquella agua enferma y aquel gemebundo lamento del viento eran cáliz de láudano que refrescaba la febrícula. Un sueño de alfileres, breve y frío, y sentir cómo se apagaba ese sonido, cómo era metido por la voluntad en el secreter donde se guardaban las cuatro cartas de los hijos. Y la calma llegaba, saltaba el viento, se impulsaba en el tallo desgajado de un jacinto y, filtrándose por una rendija, se metía por las córneas, por el olfato, por la boca seca, instalándose con su odorífero hedor en la carne de estopa.
Los pies están lejos, al fondo, casi al otro lado del mundo. Las manos se extienden, ecuatorianas, hasta cerrar el círculo. «No sé cómo podrán enterrarme, si muero.» El cuerpo es inmenso, terráqueo; mas parece no haber sangre, sino una mezcla arenosa densa, una pasta de cemento. El corazón apenas si late: «Uno..., dos...; uno..., dos...; ¿habré muerto?» Y una duda grande, como un pozo hondo y negro, le absorbe, le empuja al miedo. Los ojos, clavados en el techo no tienen fuerza para moverse. El pensamiento permanece estancado un instante y, luego, desplazándose lentamente, escapa. «No, ¡qué susto! No estoy muerto. Muevo un dedo..., dos; ésta es la palma; ésta, la pierna; ésta, la cabeza..., ¡oh, qué escaso cabello! » Y sopla, sintiendo con alivio al percibir cómo las sábanas caen sobre sus costillas. «Pero soy tan grande, tanto, que no importa la muerte. No sé si tendrán dinero para costear un ataúd tan grande.»
Un día soñó con las muertes de sus padres. Llevó a la tumba flores. A la cabecera, entre los floreros, había un tallo. Lo respetó, midiéndolo cuando iba a renovar los claveles y los crisantemos. El tallo crecía. Pronto fue como los floreros; luego creció por encima de las flores, verde, estirado. Tenía un olor amargo, acre, algo acídulo. De pronto sintió miedo y, sin embargo, supo estaba obligado a cuidarlo. Un día dio flor, una hermosa flor de pétalos morados. Olvidó llevar claveles y crisantemos, olvidó mudar el agua muerta de los floreros y olvidó que allá estaban sus padres, tal vez dando savia a la planta aquella. Al paso del primer otoño los pétalos cayeron, quedando el cáliz mustio y seco; pero fue inflándose, creciendo, haciéndose una bola. Una mañana, con el primer albor, fue a ver a su planta; había soñado con ella, había soñado que le llamaba. Encontró el tallo verde, más verde que nunca; pero no había ya cáliz, sino fruto. Era un ataúd chiquito, blanco, gracioso, con rayitas pálidas y dibujitos microscópicos. Le repugnó, sintió tremenda aversión; pero, no supo bien por qué, continuó cuidándola, acaso porque supiera que tenía que hacerlo. Tanto la odiaba y tanto le atraía que con la excusa de visitar a sus padres salía de su casa para ir regarla. Creció él y la planta creció también. El ataúd chiquito y blanco fue tornándose gris, pardo, marrón. Los dibujos microscópicos conformaron letras; las graciosas rayitas pálidas, una cruz mortuoria. Al cabo, cuando ya era adulto, maduró la caja y se hizo negra, y los dibujos graciosos formaron su nombre y sus apellidos; la cruz brillaba como si fuera de plata y dentro se agazapó el ruido. Desde entonces lo escuchaba zumbar como un insecto prisionero, acechándole. Era mismo ruido de afuera, pero más sañudo y con eco.
Se puso en pie. El litigio había cedido. Se enfundó el batín de fieltro, los mocasines de piel vuelta y deambuló por la casa, entre las sombras, como un espíritu ciego, apagado como las bombillas. Después de la agitación nocturna, cuando lograba sofocar el sonsonete aquel, le parecía tener la cabeza hueca y ser incapaz de generar una idea propia. Entonces, solamente entonces, era preciso sentirse sombra, indagar la obscuridad hasta sus últimas consecuencias vagando sin rumbo. Sin embargo, conocía bien los rincones de aquella casa, porque aquella casa era todo el mundo. Allí nació y allí habría de morir. Le constaba este extremo porque allí nacieron y murieron sus padres y uno de los dos pares de abuelos hasta Dios sabría cuántas generaciones. Y una vez muerto, tal vez enfundado en aquel ataúd que incubó la carne yerta de sus predecesores, miraría desde el camposanto a quienes moraran la casa con esa insolencia con que se mira desde una balconada, quizás siendo simiente, a su vez, de un ataúd chiquito y gracioso, el cual se hiciera grande con sus hijos o con sus nietos, arrastrándoles por los mismos espinos que él se había arrastrado. En la obscuridad, sintiendo el zumbido del silencio entre los sones de lluvia, se escuchaba languidecer al mundo.
Tomó asiento en una butaca, alcanzó a ciegas la botella de vino y a ciegas sirvió en un vaso dos o tres dedos. Prendió un cigarrillo. A cada bocanada se teñía la sala de fuego, dando el pergamino de sus manos y su rostro una nota de luna al efímero crepúsculo. A cada sorbo amenazaba con caer de su atril el planeta, desbaratándose con estrépito de jarrones. Su esposa le hablaba en el viento desde la cara oculta de la vida. «Tú estás muerto», le decía. Él sabía bien que era cierto. Estaba convencido de que había muerto hacía ya mucho, cuando niño, cuando mozo, cuando ya mayor había comprendido que la muerte era solamente un nombre y que la vida era otro nombre dado a un trayecto. «¡Morimos tantas veces!… Vivir es la flor del fruto de la muerte.» Pero, sobre todo, sabía que había perecido cuando fue padre. Sintió que la vida le escapó del alma, que se le hiló en el vientre y escapó en un escopetazo para entrar no en su esposa, sino en la vida que incubaba en ella, dando forma nueva y aspecto diferente a un retal de sí para generar otra muerte venidera. Tal vez, ¡quién sabe!, también sucediera así con sus padres, con todos los padres del mundo. Dos hijos tuvieron sus progenitores; pero solamente él vivía. Quizás heredó la vida que su hermano dejó a medias. Mas él había tenido cuatro hijos, cuatro. Había, pues, muerto cuatro veces. «No he podido nacer cuatro veces; no he podido partirme, porque, aunque la carne se cercene y divida, aunque en un retal de sangre quepa un alma, no puede el alma trocearse, ¿o sí? Tal vez naciera en ellos a cuartos, como un niño muerto.» Y echó su pensamiento a la aventura de reverdecer el rencor de su vida pasada, cuando en lo mejor de ella, en plena juventud, concibió su esposa al primogénito. Aquellos embarazos, aquellas expansiones felices de las nuevas vidas, los veía como enfermedades, como monstruos que se alzaban de la nada para robarle la cuarta parte del alma y terminar por devorarle entero. Y nacieron los cuatro. Desde entonces, el soniquete fue habiéndose más ruido, más sañudo y más implacable.



A lo lejos nacía el día. Gris, el cielo, velaba la cara de Dios. Un tamiz de lluvia ocultaba el paisaje. Siete cigarrillos fueron y un vaso de vino. Aún quedaba una hora para que la luz pusiera horma. «Tú estás muerto.» Era cierto. Y si no lo era, quizás fueran nada más que deseos de prolongar la vida más allá de donde concluía; un engaño piadoso pero, no por eso, menos mentira. Y si era cierto, ¿a qué seguir viviendo? «Si mi hermano hubiera vivido, si no hubiera muerto aplastado por la tierra cuando se le fue sobre el peral en que encontraba y perdió el pie..., si la muerte y la tierra no hubieran dado aquel brinco traicionero, no sé…, pero solamente hubiera tenido dos hijos y no cuatro; solamente dos. Y así, con un poco de suerte y mucha mano izquierda, seguramente hubiera logrado retener en mi entorno a uno de mis chicos, viviendo de esa forma mi vida mitad o, al menos, teniendo la oportunidad de contemplarla. Total, no quedaba mucho más. Robé, no únicamente el alma muerta de mi hermano, sino también dos hijos suyos.»
El pensamiento de un hombre solo es una fiera que bien puede devorarle, porque él mismo se convierte en sus fauces y sus disparates en su hambre. Y el hombre no tenía ojos, sino alfileres de colores que reverberaban vidriosos con el fuego del cigarrillo y se prendían con el incendio de su cerebro. Muchas veces había perseguido el ruido aquel por la casa; le había tendido trampas y cepos, había colocado ratoneras en las encrucijadas de los cuartos; pero el ruido no cayó prisionero. Al fin, ya que le era imposible hallar su guarida, terminó por creer que lo tenía dentro, metido en el seso. Lo que era indudable a todas luces era que en la casa estaba, porque en el mundo libre no lo escuchaba... ¿O era que el borboteo de vida lo enmascaraba? Otro pitillo. Pausa. ¡Qué grandes los cuartos de la soledad! «Si al menos escribieran..., si al menos mandaran referencias de lo que hacen con mi vida, con mi alma. Cuatro cartas en mil años.» En el potro del mundo desguazaban los miembros de su espíritu, pero él no podía remediarlo. Al cabo, ¿para qué escribirle a un muerto?
Bueno, cierto era que también los hijos tuvieron sus buenas cosas, que fue engañado por su limpia ternura, por aquel frágil titubeo de sus primeros pasos, por su grácil balbuceo y por aquel su primer hacer, como si él pudiera deshacer a su través, en ellos, los desatinos que el destino le había marcado a fuego. Mas, al hacerse adultos, al pintar el rostro de manteca con el color azul y negro de la barba, cometieron acto de traición y cayeron en las mismas pozas, en las mismas trampas. Casaron con su madre, con mujeres que ya conocía.
De nuevo la noche que no terminaba de concluir. Cerró los ojos cansados y soñó brevemente. Aquel ataúd negro, el de antes, el de siempre, lo vio abierto. Y dentro le esperaba el ruido, negro también, también adulto, con dientes también. Sentirse solo tan viejo es sentirse huérfano, es rogar a faldas que le quieran a uno, guardándole de los malos sueños.
Incapaz de seguir soñando, se puso en pie. El cuarto no se había movido de su sitio, pero las sombras iban siendo castigadas a los rincones. Se despojó del batín de fieltro, colocó los mocasines de piel vuelta ordenadamente bajo la cama, según la costumbre de quienes han vivido demasiado, y se tendió con esfuerzo sobre el blando lecho y la colcha arrugada. Había cesado de llover. El viento, por alguna razón sobrenatural, se habla detenido, posándose en el alféizar de la ventana como un ave de mal agüero. Pensó que aguardaba su muerte, tal vez por desconocer que ya era un cadáver. El mundo estaba suspendido. Un espantoso silencio de ciénaga se habla untado por todas partes. La luz no avanzaba, perpetuándose una tremenda lucha con las sombras. En un principio, a pesar de extrañarse hondamente por el fenómeno, decidió hacer caso omiso y meterse en la cama; pero, no se sabe bien por qué, antes de hacerlo puso la cómoda contra la ventana, temiendo que aquel silencio apoyara su cansancio titánico contra el muro y pereciera aplastado, como su hermano, en el sueño.
Al posar sus manos contra el mueble sintió en su piel la presión de una mirada insolente, despreciable. De más sabía que allí no había nadie; sin embargo, no cesaba de sentir aquellas oleadas que obstinadamente le retaban a cruzar el metal de sus miradas. Volvió a sentarse sobre la colcha, se giró y se tendió, recostándose contra la almohada. Frontero a él, el espejo le devolvió su imagen. Así, sin la cómoda, desnuda la pared, aquella luna redonda parecía un ojo de buey de un buque fantasma. Y en medio de él, como un navegante condenado al insomnio eterno, él mismo; pero era otro él, vivo a pesar de estar prisionero del fantasmagórico ensueño, que con cruel desparpajo sonreía. Los ojos, vidriosos como pedernales submarinos, sintieron el acero helado de sus ojos. Era él el uno y el otro; pero no eran el mismo. Mantuvieron esa lucha insostenible breve período; y, comprendiendo que era imposible vencer, optó por echar las cortinas antes de tener que claudicar ante su propia imagen. Comprobó con satisfacción blanda, casi arrogantemente cobarde, que el reflejo se había diluido en la negritud del ambiente y, tras soltar de sí un «¡Ja!» doloroso, se recostó de nuevo sobre el tálamo.
Pesaba el cuerpo como si fuera plomo; los párpados, como si estuvieran las pestañas impregnadas de azogue. Cerró los ojos. Un vendaval de cristales, navajas y agujas, soplaba sobre un desierto de hierba muerta; él, entre ellos, era arrastrado a las voraces fauces de un ataúd negro. Preso en él, el ruido se hizo señor del éter. Los cuatro hijos echaron aldabas, candados de dos llaves, liaron cuerdas, cortaron con tijeras los tallos que unían la caja a la tierra y le echaron al fondo de la fosa. Ya le masticaba la tierra cuando despertó sobresaltado, inundado de un sudor frío y doloroso que olía a ajenjo, acre y algo acídulo. Fuera, el silencio comenzó a cobrar ritmo. Desde lo lejos, tramontano, llegó un impulso terrible que alimentó aquel sonsonete, desató al viento y empañó de horas tristes las luces recién estrenadas, cual si todo fuera marcha atrás, hasta donde debió haber muerto. El orbe se precipitaba en cierta locura transida, rompía sus reglas estrictas el tiempo, la naturaleza se descomponía en un caos de formas imposibles y sonidos multiplicados y, por fin, irruyó en su cabeza, golpeando desde el interior las sienes frenéticamente, estrujando su corazón cual si su cuerpo se hubiera trasformado en un templo y aquel ruido en multitud. Los ojos desorbitados buscaron causas, razones que justificaran aquel escándalo que amenazaba con alarmar a los vecinos y con desbaratar el planeta. «El reloj: es el reloj», pensó. Y de una manotada lo arrojó al suelo, descomponiéndose en mil inservibles mecanismos. Pero no era él. El ruido proseguía enloquecido inundando sus venas, atravesando su carne, dilatando sus pupilas. «¿Y si fuera el reloj de dentro?» La duda le vencía, porque ese mecanismo solamente se silenciaba con la muerte, pero no con la muerte ideada, sino con la real, la que hacía harina de fósforo los huesos, la que molía la carne y mandaba catapultado el seso al inespacio.
Furioso, frío, enardecido por la fuerza artificial de la cólera, volvió los ojos al espejo. «Tú estás muerto», le dijo insolente la luna y, libertina, se echó a reír. Tomó, qué sé yo…, una lámpara o un cenicero, y lo arrojó contra ella, rompiéndola en mil pedazos. «Tú estás muerto», clamaron mil voces al unísono. «Muerto, muerto, muerto», repetían. En su mente acalorada aquel soniquete no cedía, sino que se mezclaba con las voces de la luna, con las que llegaban desde la balconada del camposanto, con las que arrastraba el viento desde mil lugares insospechados, con las que bajaba la lluvia del cielo, con las de la tierra y las de los hijos vivos, casados con su mujer, con su madre, y le inflaban la cabeza como un dirigible, expulsando a los mismos ojos de las órbitas. Era insufrible. Apartó la cómoda del muro, derribándola de un zarpazo, arrancó las cortinas, entre el mortal ruido las voces inextinguibles de la luna, y permitió que las luces matutinas le arrojaran de bruces contra el lecho al tiempo que los cristales saltaban en añicos. Cayeron los muros, y un olor a otoño y a hojas muertas irrumpió en la casa. Los ojos lloraban solos, pero las lágrimas, como las hojas, eran arrastradas por el viento sin descomponerse; las manos estaban frías, frías las piernas, y con el frío en el cerebro y con el viento, fueron acallándose las voces de la luna rota, perdiéndose a lo lejos con aquel ruido letal y sus compases sórdidos, hasta que se hizo un silencio de albas claras y de pájaros apenas arañado por la lluvia mansa y la brisa. Los muros, abatidos, permitieron el paso franco de andanadas de luz serena, del aroma del otoño y el piar de los primeros pájaros.
Los pies se fueron lejos andando al otro lado del mundo; los brazos, ecuatorianos, cerraron el círculo, dando a su naturaleza dimensión terrena. Y, por fin, un aroma de caléndulas en ciernes y jacintos marchitos le recordaron que hacía ya tres generaciones que había muerto.

Este cuento pertenece a la obra "Dimensiones I"

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