Cara a cara El blog de Ángel Ruiz Cediel A mi aire

29 de julio de 2016, por Ángel Ruiz Cediel

Cara a cara



Los dos hombres, hartos ya de discutir sobre dónde y cómo hallar a Dios, se conjuraron para demostrarle al otro su error y decidieron a abandonar los prados del altiplano que habitaban e irse al mundo a encontrarle. Dios, entretanto, se sonrió porque fueran por donde lo hicieran con Él habrían de darse de bruces, o sí o sí.

Uno de ellos, el más audaz, fue monte arriba, hacia la cumbre más alta del mundo, la cual era el lugar de la Tierra más próximo a Dios. Camino difícil como aquel no había otro, pero estaba convencido de que estaría tan cerca del Creador que podría contemplarle cara a cara. El otro hombre, sin embargo, más cauto y comedido, prefirió encaminarse monte abajo, hacia donde las montañas que muran los valles semejan manos próximas que oran al Dios de lo eterno, lugar en el que le parecía que si a Dios le diera por descansar de su ardua tarea de crear por un instante en ellos habría de tenderse.
—Dios se halla al final de mi camino —se decía cada uno.
Y Él se complacía porque sus criaturas le buscaran con un afán que les hacía despreciar los inconvenientes que les salían al paso, negándose a sí mismos.
Pero el camino era duro. Cuando dejaron la meseta de la que partieron, a menudo hubieron de adentrarse por lugares que jamás fueron hollados por pie alguno, alimentarse de bayas o beber agua de lluvia y muchas otras penalidades que en ocasiones parecieron poder desdibujar sus intenciones.
El hombre cauto pronto sintió desazón en su estómago, y el calor implacable del sol comenzó a martillar su cuerpo como si estuviera constituido por hierro que se fuera poniendo al rojo en la fragua, imponiéndose la necesidad de apremiar el paso para que no cundiera el desánimo. Y por atajar el camino y llegar cuanto antes al valle se echó monte abajo por la vertical, dejando a un lado el camino que descendía suavemente entre las solaneras donde se enseñoreaba el estío. Pero al tratar de salvar un acusado repecho, a cuyos pies se abría el profundo valle, resbaló en las piedras sueltas y cayó rodando, golpeándose una vez y otra mientras sus manos se desollaban tratando de evitarlo y los dedos le sangraban al hundirse entre el guijo. Dios le infundió la idea de no asirse a los pedernales porque podían formar avalancha; pero el hombre, desoyéndole, con pánico continuó haciéndolo. En aquel momento de terror la fe que tenía relampagueó en su corazón y clamó a Dios, pidiéndole ayuda. Él con presteza le ofreció una mata de romero al borde mismo del abismo, que era casi como su mano, y el hombre quedó suspendido sobre el despeñadero. Entonces el hombre en su corazón sintió la inequívoca voz del Creador que le hablaba, diciéndole:
—Aquí estoy, hijo mío, contigo.
—¿Y dónde estabas entretanto caía? —inquirió éste con enojo—. ¿No ves que cuanto sufro es por buscarte?
—¿Y por qué me fuiste a buscar tan lejos de donde te puse? —le preguntó a su vez Dios.
—Porque sabía que debías estar en el valle, tal y como tu misma presencia me afirma —redarguyó con arrogancia.
—Mi presencia te indica que estoy a tu lado, como siempre lo estuve desde el momento en que te creé‚ pues que estoy en todas partes —le aleccionó Dios.
—Pero el valle no te siente ni te busca, ni aún sus carnes se desgarran por lograr tu amor y tu respeto —alegó desconcertado el hombre.
—Porque él sabe que ya lo tiene, como tú también debieras saberlo.
El hombre, entonces, guardó silencio. Miró las verdes praderas, el caudaloso río y los frondosos bosques de aquel hermoso valle que al fondo del vacío podía atisbar, y luego levantó su cabeza, sintiendo que su intelecto siempre había estado engañándole. Y no teniendo fuerzas para pedir perdón o tomar la mano que Dios le tendía, se soltó de la mata en que se aferraba al mundo y cayó al fondo, diciéndole a Dios mientras caía:
—Eres locura de mi razón, pues no estás ahí, sino en el valle al que voy.



Pensar que el Señor sintió dolor sería poner atenuantes a su aflicción. Él estaba al borde del barranco y también allá abajo, como lo estaba en el aire y en las peñas en las que la vida que había creado quedaba hecha jirones. Solamente pudo hacer crecer hermosas flores sobre aquel cuerpo yerto y alimentar con sus despojos a otros seres menores para que no fuera del todo inútil aquella sangre derramada tan en vano y tan ciegamente.
Pensó entonces en el otro hombre, el que por su amor estaba escalando los más altos picos de la Tierra. De sobra sabía de la inutilidad de su porfía, pero respetaba su determinación. Y allí estaba, terco donde los hubiera, venciendo los casi imposibles obstáculos con que la naturaleza le dificultaba el avance y negándose a cualquier especie de desmayo.
En las noches, cuando la ventisca le hacía ovillarse o cuando sentía temor de los lobos que aullaban hambrientos, se amparaba en su idea; pero le asaltaban las imágenes de su casa, de su prado, del reconfortante calor del hogar y del puchero en el que se cocinaron suculentos guisos, invitándole a la renuncia. Dios, entonces, por compasión y porque no se creyera abandonado como su otra criatura imaginó, le infundía sueños de cumbres esplendentes y de soles rutilantes, atalayas desde donde el mundo se podía admirar en todo su esplendor. Y el hombre se levantaba por la mañana con nuevos bríos, dispuesto a coronar su empeño.
Entre tanto trepaba, los días claros podía ver los pueblos en la distancia haciéndose menudos, y cada nuevo día más pequeños los veía, hasta que, por fin, un día desaparecieron de su vista y pronto olvidó que existieran. Él creía ascender por sus propios medios y que era su carne la que sobrevivía al helor de las noches y a las ventiscas de los días, ignorando que Dios corcovaba sus manos para que no fuera excesivamente castigado.
No tardó en olvidar cuándo partió ni para qué, ni que hubiera lugares en el mundo donde cupiera una hoguera, ni seres que mantuvieran con vehemencia la existencia de Dios, ni aun que pudiera haber otro descanso que el eterno. Así, una noche en que el agotamiento, el frío y el hambre se ensañaban en él con enconada dureza, se durmió y se entregó a la muerte, seguro de que ya no vería amanecer de nuevo. Cerró sus ojos y hundió su cabeza en la nieve. Se sentía hervir por la fiebre y, en el fondo de su alma, luchar con ardoroso denuedo un bemol de amor y otro de resentimiento por su Creador. Creyó que su alma le abandonaba, que se iba a un vergel donde las palmeras se cimbreaban en la brisa y donde las arenas de la playa eran una áurea cenefa al intenso esmeralda de las olas que con delicada suavidad iban a morir en ellas; podía sentir el cálido aire del trópico, el arrullo de las cotorras entre la maleza, los sones del mambo en el bohío cercano y el rumor de agua que se extasiaba tras haber circunvalado infinitas veces el planeta.
Entonces despertó. El día era luminoso y azul como nunca antes lo había visto. Se incorporó, y al apoyar sus manos en la nieve no la notó fría, sino cálida; levantó sus ojos y vio un poco más arriba la ansiada cumbre más alta del mundo. Se puso en pie y escaló con dificultad los últimos metros, hasta que al fin se enhestó sobre el más pingorotudo bloque de hielo. Su dicha era tan grande y se sentía tan orgulloso de sí mismo que, exultante, saltó y bailó sobre él.
Una vez se serenó, tomó asiento y contempló el maravilloso esplendor conque el mundo se desnudaba ante sus ojos. Se admiró del sol naciente que llenaba el horizonte de malvas y granates, de los frondosos valles por los que serpenteaban ríos como de plata y de la suntuosidad de los distantes bosques que todo lo inundaban de vivísimos amarillos y pompáticos naranjas, de alegres rojos y tal variedad de verdes que sintió una embriaguez que anegó sus sentidos.
Dios, no pudiendo contener el orgullo que sentía por su criatura, se mostró ante él, le sonrió y, ya se disponía a abrazarle, cuando el hombre, poniendo ceño, echó de sí una áspera y dura mirada, y le escupió.

Este cuento pertenece a la obra "Dimensiones I"

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Sinopsis: En la noche de los tiempos, según el Libro de Enoc, los Hijos de los Dioses, las Veinte Dinastías de los Vigilantes, viendo que las Hijas de los Hombres eran hermosas, las desearon para sí y se conjuraron para desobedecer a Dios y descender sobre la Tierra con el fin de tomarlas y hacerlas hijos. Por esta rebelión contra los designios Divinos y esta interferencia en la Creación, Dios castigó a aquellas Veinte Dinastías con el Infierno e hizo que las milicias divinas los expulsaran del Cielo para siempre. Y así lo hicieron con todos... menos con uno, Abaddona, el único diablo arrepentido porque comprendió el mal que había hecho y le suplicó perdón a Dios. Y Dios le perdonó, le devolvió su rango de trono y le permitió que regresara al Cielo; pero Abaddona no quiso hacerlo..., al menos hasta que devolviera a los hombres al estado de pureza del que les había privado, porque a causa de aquel acto, tal y como reza el Libro de Enoc en el capítulo 8:2, «Desde entonces creció mucho la impiedad, porque ellos (los hombres) tomaron los caminos equivocados y llegaron a corromperse en todas las formas.»




Sinopsis¿Y si Apolyon, el Rey del Abismo que se menciona en Apocalipsis 9:11, no fuera un demonio, tal y como sugieren algunos exegetas, o el mismísimo Jesucristo, como suponen otros?... ¿Y si Nibiru, el mítico planeta del que afirmaban los sumerios que procedían los dioses que nos crearon, realmente existiera?... De ser así, Apolyon bien podría ser un meteorito o un escombro espacial que acompañara a ese errante sistema planetario que nos vista cíclicamente, y el cual podría estar en rumbo de colisión con la Tierra en su próximo acercamiento. En Tal caso, todo lo referido en ese capítulo 9 del Apocalipsis tendría un sentido prácticamente literal.



Sinopsis: Los seres humanos, por razones no comprendidas por la Ciencia, no pueden reproducirse. Un Mal que únicamente afecta a los humanos. En Lubitana, un pueblo próximo a Madrid, ha coincido este hecho con la llegada de un misterioso personaje, don Gilgamesh, a quien algunos le responsabilizan de ser el causante del Mal. Un hombre misterioso y con enorme poder que se ha librado de la cárcel cuando se le acusaron de haber perpetrado dos asesinatos el mismo día fue violada la Niña Sara, la hija autista de los Montoro. Una mujer que, a pesar de su condición, establece con don Gilgamesh una peculiar relación afectiva, y que, el mismo día que da a luz a su hija, la Pequeña Eva, fruto de aquella violación, muere, desatándose ese mismo día el Mal que impedirá que los hombres puedan perpetuarse y cuyo tiempo restante podrá ser medido ya por la edad de la recién nacida. Un historia no violenta, ni siquiera escatológica, que muestra cómo la sociedad se va contrayendo sobre sí misma a medida que la población se extingue, hasta que finalmente no quedan sino algunos seres que más tienen de homínidos salvajes que de humanos tal y como los conocemos, además de don Gilgamesh y la Pequeña Eva, para quien este parece tener previsto un destino primordial. Una historia en la que don Gilgamesh no envejece, quién sabe si porque él mismo no es un hombre.

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Sinopsis:
"Sangre azul (El Club)" es la novela conspiranoica por antonomasia. Una novela invaluable porque no narra cómo cierta élite nos maneja y controla, esquematizando las etapas que va cubriendo en la Historia y, lo que es más significativo, las que quedan por cubrir y con qué contenidos, que es decir qué nos espera y cuándo. Una novela que, usando la realidad incuestionable de los titulares de prensa y otros medios, y conduciéndonos de la mano de un prominente personaje de ficción (o quizás no tanto), conduce al lector por nuestro tiempo, permitiendo que él mismo compruebe cómo los sucesos que consideraba casuales o fruto del azar, han sido elaborados y puestos en escena por una inteligencia superior. La mayor de las conspiraciones, al descubierto.





Sinopsis: Salvador Montoro ha perdido al único ser que le quedaba vivo, su madre. Sin embargo, Fausta, cuñada del padre de Salvador, consigue que el patriarca de los Montoro le acoja en su casa, a pesar de que no le considera sino un bastardo. Aunque con un inicio de su relación muy negativo, el tiempo y la convivencia lograrán que se establezca entre el abuelo y el nieto un vínculo que derivará en un afecto sólido y entrañable que se extenderá ya por siempre. Ya como Montoro de pleno derecho, deberá el futuro patriarca de la casta, Salvador, demostrar su condición de germen de Dios o de semilla del diablo, así como los demás Montoro lo hicieron a lo largo de la Historia, y tendrá su oportunidad de hacerlo siendo aún muy joven, porque estalla la Guerra Civil y él, como toda su quinta, es movilizado, cayéndole en suerte, ya al final de la conflagración, el deber de conducir a una caravana de niños desde Madrid hasta Valencia, ya que la derrota final está próxima y nada queda que hacer por evitarla, salvo impedir que sucumban aquellos que en su bando consideran los más puros: los niños.
El amor y el odio, la paz y la guerra, y la fidelidad y la traición se dan cita en esta obra memorable, enfrentándose los personajes con su propia nauraleza a fin de demostrar su condición. Varias decenas de miles de lectores han hecho de esta novela todo un clásico de la literatura española contemporánea, ensalzándola como una de las obas más intensas y completas que se han escrito en la modernidad. Una novela verdaderamente intensa, rica, de una plástica exquisita y de una profundidad literaria que hará imposible que no te sientas identificado con los personajes, los escenarios y las emociones que en ella se explayan.





Sinopsis: "Dimensiones I", es una recopilación de mis cuentos y narraciones breves más heterogéneos. Diecisiete relatos que harán las delicias de los lectores, como así ha sucedido con los más de 25000 que ya han disfrutado de ellos. Una obra breve de contenido muy intenso, lleno de espacios sorprendentes y de personajes memorables que deambulan por el orden de lo mágico..., o quizás no tanto. Reflexiones, al fin y al cabo, sobre la naturaleza humana, que tienen varios niveles de lectura: el lineal, que refieren las propias historias; el existencial, que se adentra en la condición personal de cada quien; y el asombroso, que es el que se deja traslucir como realidad paralela, pero no por ello menos cierta que la propia de los personajes... y de los lectores.

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Sinopsis: ¿Y si el terrorisno no fuera una lucha armada que persigue unos fines políticos o sociales muy concretos, sino un negocio de ciertas élites?... ¿Y si el terrorismo fuera, además, una herramienta de los Estados para controlar a la población a través del pánico?... "Lemniscata", es la novela que trata este espinoso asunto, y lo hace, como han dicho algunos críticos sobre ella, con una exquisita literatura que consigue una imposible aleación de seda y acero.



Rhinoslider 1.05