El juego de la araña El blog de Ángel Ruiz Cediel A mi aire

14 de febrero de 2016, por Ángel Ruiz Cediel

El juego de la araña



Aunque ya no era joven y la decadencia marcaba el límite de su esplendor porque saltaba sin pértiga los cincuenta, ella era un monumento a la feminidad, un ángel de no se sabe qué infierno que imprimía a fuego en todo varón la marca de la pasión del más enardecido deseo. Sabría Dios qué clase de diosa habría sido en su juventud cuando la plenitud adobaba de las más exquisitas delicias su cuerpo; pero aún era ángel y mujer, y también esa clase animal que buscaba siempre la oportunidad para vivir al acecho de presas y convertir en alimento la carne de los demás al modo y uso de la araña.

Y como las arañas, tenía su estrategia para sobrevivir, que es decir sus métodos de caza. Así, pues, después de tejer su red con lo más bonito que tenía —las glándulas sericígenas, que es decir su mismo culo—, solamente tuvo que usar la maña de esperar a que a que una víctima quedara atrapada en la seda que tendió en la Red. Y no tardó en hacerlo él un día ocho de enero, se ignora si como premio en la Lotería del Niño o simplemente como un regalo de esos Reyes Magos que hacía tiempo le habían olvidado. «Hola, me llamo Ann», le dijo por correo electrónico ella; «Sin fotos no, o estaré en desventaja», le replicó con gracejo él, y ahí comenzó un concierto que se extendió por las imágenes y el teléfono hasta que carne a carne quedaron ambos para conocerse y comer.

Nunca pudo él imaginar semejante sensualidad en un solo cuerpo de mujer. Lo femíneo adquiría en aquella geografía suntuaria el rango de lo casi divino, y en su voz cálida se expandía su acento francés como un veneno estrafalario en el juego de palabras que narcotizaba con inenarrables penas y pesares a su presa mientras la preparaba para ser devorada. «Muchas penas son estas y circunstancias excesivamente funestas para tan excepcional criatura que además acabo de conocer. Aquí hay mucho más que un simple pastel», se pensó él, aunque se cuidó muy mucho de manifestar cuanto creía y se limitó a escuchar. Cinco platos y un poco de licor fueron lo bastante para salir del restaurante con la cazadora segura de que su víctima estaba ya cautiva; y de ahí la llevó a un pub o una discoteca, completando así la salida con su presa rendida a sus enormes encantos. No; no eran cantos de sirena lo que él escuchaba, sino que experimentaba el ardor por la carne y la vagueza de ser salvador de tan celestial princesa, aunque todo eso ya se vería. Después de todo, veía él en sus semejantes el inconfundible sello de la envidia de no ser los amantes de tan deseable criatura; era, ya digo, al menos por el momento el cabrón al que siempre aspirara, ese al que todos señalan como el gran triunfador, porque es precisamente en su mujer en lo que todos los machos reparan, que es al fin donde desembocan las ínfulas y batallas que se libran la vida. Mas no por lo elemental de esta cuestión las otras mujeres se salvaban, ya que en ella veían todo aquello que las faltaba.

Nada memorable sucedió la primera noche, salvo que ambos hicieron portal allá como en la adolescencia. En su impaciencia, no había momento para la despedida, y aunque la dama arrugó su hociquito cuando vio el viejo coche que él tenía, algún impulso que ignoraba la hizo resistirse abandonar todavía a su presa. Amenazaba la madrugada con esparcir el polvo dorado de la mañana cuando al fin se separaron para volverse a encontrar la tarde siguiente. Los valientes, por valientes, son siempre los primeros en caer, y vencido sucumbió en la batalla que se libró en la nueva jornada que tuvo mucho de trincheras y mucho más de alambradas en las que dejaron colgando jirones de carne y gajos del alma. Ya bien de noche, en la casa de él ambos aullaron, entre jadeos y je t’aimes, a la luna pintada en la alcoba como nunca imaginó que dos mortales pudieran hacerlo. Era de verlo cómo en ella encarnaban sus más escabrosas fantasías y cómo sin aderezos pudo husmear entre sus frondosos valles, orgullosas colinas y secretas grutas mientras aleaba su aliento con el de ella en un concierto sin derrota. Por varias horas fue su Mesalina, lo real en 3D de la pornografía, lo inesperado, una fiera con furor en su parte más íntima que ignoraba las limitaciones de lo posible. No era un sueño ni una pesadilla, sino la materialización en carne de sus más desvergonzadas fantasías: un tumulto de carne, un alarido de pasión, la fiebre de la razón y la combustión del alma que en el placer arde. Ella en sus adentros reía a la vez que servía sin freno a su presa el veneno del vaporoso licor de la lujuria; él se entregaba corderil a aquel concierto de carne sola, desbordado por el miedo de ser acaso poco para aquel ángel perverso que hacía de la vida un juego y de la carne un infierno en el que ardía de pasión sin dejar un rincón del corazón que se salvara de la quema. Aquello era amor en la más amplia extensión del término, o al menos eso era lo que le parecía, porque algo había en todo aquello que latía a un ritmo acompasado con una emoción que se alzaba sobre su depredadora naturaleza como con ecos de redención. Ninguna como ella, ni fuera ni dentro de la intimidad; ninguna hembra podía ser más hembra, ninguna puta más puta ni ninguna mujer más mujer. «Primero la Virgen, y luego usted», le dijo él: y ella replicó: «Tampoco tú eres manco». Aún en esa luz de gas, los dos pudieron ver que eran el primer hombre y la primera mujer que en sus vidas irrumpía; ningún hombre como aquél, creyó ella, y ninguna mujer como aquella, pensó él, buena para la risa y el juego, para el frío y el fuego y para reposar en ella lo mismo esperanza que instinto. ¿Acaso era que a su edad se podría enamorar como si fuera un adolescente?... El deseo, por lo urgente, bien podía confundir las teclas y resonar en su corazón la pasión con el ritmo justamente equivocado. Por malas experiencias, querer era algo a lo que había renunciado en este mundo sin concierto, mas algo había que le empujaba a considerar que en él renacía una vieja melodía que muchos años atrás se llevara el viento con la juventud. La única plenitud a la que aspiraba, al menos hasta aquel momento, era nada más que a la que proporcionaba el juego de la araña.

Una semana de cinco días transcurrió desde este encuentro. No quiso molestarla él por considerar contra toda razón que la cuestión del suceso fue solamente un juego sin porvenir, pero hacia el miércoles ella le llamó por teléfono y a partir de ahí, sin interrupción, estuvieron los dos unidos aun estando lejos. Seguramente por desconcierto del corazón, todo cuando le rodeaba a él le parecían reflejos de aquel ángel caído, aunque por precavido no se quería comprometer ni escuchar a su corazón hablarle de arrepentimientos. Inútil fue de todo punto, porque a partir del viernes siguiente, y tras una nueva sesión de amores desaforados que pusieron en pie de guerra a policía y ciudadanos por los aullidos que ante aquella luna se desbordaban, ambos decidieron que ya nunca se separarían, salvo para ir a por sus cosas a la casa que ella habitara, que no era casa sino garaje en el que dio con sus huesos tras una odisea de quiebras y de negocios funestos. «Acaso sea como la Magdalena y todo esto por esa razón merezca la pena», se pensó sobrepasado por las circunstacias. Tal vez la quería en primera instancia; podía ver rodando por los suelos los je t’aimes, escuchar los ecos de los jadeos y los ayes, percibir en la piel las humedades, sentir intensamente los afectos y hasta notar cómo le envolvía su aliento como una serena música en las vibraciones del aire. No importaba nada de todos estos, salvo que al fin había encontrado la esperanza que él perdiera en tres matrimonios malogrados y una vida ya algo larga que solamente resistía por costumbre en la vana esperanza. Ahora que rozaba los sesenta sentía que había llegado su hora, y que con aquel ángel pervertido podría emprender su última hazaña, quién sabía si la de ser feliz cada día que pudiera o la de permitirse el desliz de jugarle una pifia a esa vida que tanto le había escatimado al regatearle la dicha de ser amado cuando nunca amó aunque estuviera tres veces casado. ¿Qué importaba que solamente hubiera transcurrido siete días desde la conociera, si tuvo cuarenta años de matrimonios continuados y ninguno sobrevivió a su propio derrumbe?... ¿A quién había, al fin, de rendirle cuentas por sus actos, si los chicos ya eran mayores y habitaba solo una casa de enormes dimensiones que se le venía abajo de soledad y melancolía?... El trabajo y la rutina, bien podría compartirlos con ella —su independencia se lo permitía e incluso habitar en una ciudad cualquiera—, y hasta era factible que la ayudaría en la medida de sus posibilidades a salir de las calamidades en la que, ciertas o no, a ella parecía haberla puesto la vida.

Así transcurrió un mes justo de treinta días. ¿Felicidad?... ¡Por supuesto! Nunca sintió él mayor gozo ni se supo más completo, y hasta consideró que al juego se la había, al fin, jugado y que había encontrado la justa compañera de sueños, un poco ángel como él y como él un poco demonio que hacía del sexo testimonio de una manera de ser. Sin embargo, había en ella siempre un deje de insatisfacción por aquella vida solitaria que llevaba en la ciudad menuda en que se encontraba la casa de él. Echaba de menos Madrid, París y el bullicio cosmopolita, la moda, la abundancia de dinero, el lujo, el glamour verdadero de las grandes urbes y el rifirrafe de seres que vienen y van presumiendo como pavorreales. Decía quererle, pero ninguno de los dos lo sabía…, hasta que una mañana cualquiera por cualquier tontería saltó la discusión. No son malas las desavenencias en una pareja en formación, pero le sorprendió a él que ella sacara sus palabras de contexto y las tomara como una afrenta o como un cariz negativo de su personalidad. Decía sentirse prisionera y quiso romper justo antes de emprender un viaje que tenían programado a un recóndito rincón de la costa en el que debía liquidar un negocio fracasado de ella. Al final, y tras un día entero de morritos y absurdas acusaciones, la cosa se arregló y al día siguiente partieron sin mayores dilaciones para cerrar aquella tienda veraniega de moda que pudo funcionar pero no lo hizo. Ahí tuvo él la ocasión de poder conocer a su familia, volcándose todos en ser la mano de obra que cerrara aquella tienda que solamente dio poco o ningún beneficio y muchas deudas. Y todo, todo fue bien, e incluso de lo que parecía sincero amor como nunca antes pareciera, brotó como una confesión hacia él desde ella: «Te estoy queriendo mucho, mucho, acaso demasiado», le confidenció melosa; «Hace tiempo que así te quiero yo», le contestó él con íntimo acento. Y era cierto: por primera vez en sesenta años, con y sin esposas, estaba queriendo sin contemplaciones, y sintió miedo, más que eso, pánico, por ello.

Pero después de aquel momento, por esas cosas de la vida que nadie sabe entender, justo la noche de la despedida y estando reunidos en la casa de un familiar, ella se apartó para tenderse en un sofá a jugar con su móvil, entendió él que a flirtear en la Red o para tal vez saber si otras presas más convenientes habían caído, porque de otro modo no se podía disculpar semejante desatención. Y vino a corroborarlo el que cuando se acercó a ella, sobresaltada apagara su teléfono, sin duda para que no viera en qué telaraña andaba jugando. Y saltó la última chispa de este romance prematuro, borrando de golpe cualquier futuro que hubiera podido tener. Por una cuestión tan nimia y por no dar ninguna explicación, una palabra llevó a otra más grave, hasta que al filo del alba y sin despedirse de nadie ambos salieron hacia Madrid, naturalmente ya sin hablarse. Cuando la rama está tan tierna cualquier peso la quiebra, y aquellas palabras pesaron en exceso. Llegaron a la casa que habitaran, recogió ella las cosas que había ido llevando y rompieron para siempre sin más, permitiendo que el resentimiento ocupara el lugar que latiera en el corazón como la única razón que les había conducido a unirse. Era previsible el colorín colorado a un cuento tan breve, y aquel abrupto punto y final congeló su infierno y convirtió las ascuas en nieve.

La sustancia, que es decir el alimento, para la araña se había agotado. Poco más podía sacar ella de él que la sirviera, pues que no tenía el suficiente glamour ni abundaban los billetes en su cartera. Era, sin duda el hombre que quería y necesitaba la mujer, pero no era el financiero que precisaba la araña… o el demonio que la habitaba. De ahí en más, le quedaban a ella otros sueños que coronar, y era claro que de él no podría sacar ya el alimento crematístico que necesitaba para montar otro negocio que sufragara su amante. Era la hora de romper ese amor extravagante, y para eso servía cualquier palabra si se la usaba bien. Hasta ahí todo pudo ser y fue un mes memorable, pero no bastaba con eso: su vida debía, con o sin todas sus patas, seguir hacia delante. Sus recursos no podían cubrir sus exageradas necesidades, y necesitaba abundancia de dinero, de modo que era precisa una nueva caza para hallar el mecenas que cubriera su nueva etapa. Pero tampoco para él aquel romance había sido tan bueno. En sus muchas relaciones siempre le pasaba lo mismo: funcionaban como un reloj durante la conquista, pero fracasaban frente al compromiso, y sabía que el paso siguiente le iba a costar algo más que un pico, como cambiar de vida y de casa, por ejemplo, y hasta dejar de ver por mucho tiempo a sus hijos. No; eso no podía ser y era necesario hallar una causa que lo evitara, no importaba de qué cariz ni qué motivo, falso o verdadero, lo impulsara. De más sabía también él que ella iba a por lo que iba, y lo adivinó desde el primer momento. Era tan viejo el artificio de la lástima y era tan grande su desvelo por el lujo y el dinero, que no tuvo dudas de qué pretendía con aquella entrega numantina que la condujo hasta a su casa escapando del infierno. Su historia, después de todo, no cuadraba y sabía demasiado del sexo como para ser nada más que una mujer con mala suerte en la vida; el estigma de su partida lo marcaba su absurda necesidad de meterse en el lodazal de una página de contactos, cuando no había varón que no pusiera a su disposición el corazón cuando caminaba por la calle y en su agenda por miles podía contar los hombres dispuestos a pagar solamente porque los mirara, quién sabía si usados ya o no. Para ser mujer de ley, ya digo, para él sabía demasiado sobre el sexo, y para empresaria, le parecía que excesivos infortunios de aprendiz marcaban su deceso. Poco a poco, mientras la quiso y la usaba, fue comprendiendo que este negocio fue sisa a un exmarido, que ese otro fue puesto gratis por un examante con la cartera bien abultada, y que la estela que dejaba a su paso era la de hombres desecados después de haberse alimentado de ellos, tal y como suele suceder con los cadáveres de insectos si uno repara en las telarañas. Un reguero de momias sentimentales jalonaban su derrota, pero al menos él tuvo el talento de no dejarse caer en la misma trampa. Resabios le sobraban para lidiar tales fieras, y, al mismo tiempo, como araña sacarle el jugo a la araña. No todas cazan con Red, aunque todas son depredadoras, y pues que del juego de la araña se trataba, él le sacó también beneficio a sus trampas.

Pacientes arañas como ella, que esperaba que la víctima cayera en su red de la Red, y arañas de acecho como él, que bien sabía emboscarlas haciéndose pasar por presa mientras la devoraba. No le fue barato a él esta aventura de faldas, pero más le hubiera costado tener entre sus sábanas a la misma Mesalina o a treinta semejantes damas; y no le salió barato a ella, pues a cambio de poco más que un pasarlo bien y agotar un mes sin gastos y la solución de dos o tres problemas, yació sin reservas en la contienda mortal de la carne a secas. El caso, que es lo que concierne, es que los dos se alimentaron y pagaron recíprocamente, cada cual en su moneda, y con eso ambos quedaron satisfechos en sus peculiares naturalezas. Lo que ninguno de los dos pudo calcular desde el primer momento, fue que tan rencorosos animales por primera vez se enamoraron mientras mutuamente se devoraban. Y, colorín colorado, regresaron a sus respectivas soledades, a otras rutinas u otras cazas en parecidas telarañas tendidas en la Red. Algo quedaría, sin embargo, en el fondo del corazón de cada cual: la resentida araña que regresara a sus porfías, lo haría mutilada. En algún rincón de sus almas supieron que por un mes se abrazaron a su redención, pero sus genuinas naturalezas renunciaron a las súplicas del corazón que les pedía conservar los paños de aquel amor que les liberaba a tan tardía edad de ser para siempre arañas. Sin embargo la araña siempre será araña le falten o no algunas patas, y si una presa cayera nuevamente en su red, la absorberán sin ninguna piedad todos los jugos que contenga, aunque sea con enardecido dolor y entre lágrimas. Le guste a la araña o no, esa es su naturaleza.

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