Álbum El blog de Ángel Ruiz Cediel A mi aire

Existencialismo

18 de octubre de 2014, por Ángel Ruiz Cediel

Álbum



Un álbum personal o familiar es, en cierta forma, una sucesión de hitos que han quedado anclados en tiempo, como ventanas a ayeres desde las que se divisan instantes precisos enlazados a imágenes concretas que arrastran consigo emociones antiguas, tal vez sentimientos y acaso realidades que fueron. Pero si cada imagen es una ventana, cuando se repasa el álbum de una forma conjunta se transforma en una sola panorámica, un paisaje que visto desde el presente dibuja un itinerario, una ruta que discurre por distintos paisajes y en el que fuimos acompañados por diferentes compañeros de andadura. Un viaje al pasado, tal vez para comprender el presente y enterder el futuro.

El detalle, frecuentemente, nos hace perder la visión del conjunto. Siempre me gustó la fotografía, e incluso llegué a tener en su momento mi propio laboratorio de revelado; pero siempre me encontraba al otro lado de la cámara y tengo pocas, muy pocas fotografías mías. Tal vez algunas con mis hijos o mis esposas, quizás un par de ellas con algunos amigos, unas pocas rescatadas del álbum familiar de mis padres de cuando tenía seis meses de edad, cinco años o cumplía los doce, y alguna que otra de cumpleaños, reuniones de amigos o fiestas familiares. Poca cosa. Las fotografías de mis bodas las fueron eliminando las esposas que las siguieron, de la misma forma que rompieron o tiraron a la basura otras de cuando hicimos un viaje a tal lugar u organizamos tal evento con los amigos de entonces. Unos compañeros de andadura, en fin, eliminaron lo de otros, y con ello se fue a la nada un episodio, muchos años, se emborronaron sentimientos, se difuminaron emociones, se evaporaron momentos que, confiados a la memoria, terminaron por disolverse en los sucesivos presentes que les sucedieron. El tiempo jamás perdona. No; no tengo muchas fotografías mías. Hoy, que quise recordar y echar un vistazo a los caminos que transité con la esperanza de que una imagen me trajera enjaretada una emoción o un pensamiento antiguo, una idea o una ideología de otros tiempos, un credo o una fe remota, un ansia o un deseo no sé si cumplido o incumplido, apenas tenía un centenar de imágenes de toda mi vida, y pensé: «Dios mío, casi ni existo.»

¿Qué es existir?..., ¿para qué existir?... Hay preguntas que, tal vez por absurdas, nos las hacemos solamente en ocasiones puntuales, cuando sentimos exacerbada el alma por la nostalgia, cuando nos sentimos vacíos o deshabitados como un buque fantasma que navega a la deriva en el sintiempo, cuando el alma se nos despeina o cuando la vida nos resbala sin dejarse aprisionar, dándonos la impresión de que somos apenas actores de relleno en el drama de la existencia. Momentos, en fin, en los que uno tiene que aferrarse a una certeza, la que sea, o zambullirse en una trascendencia para huir de la terrible sensación de ser una casualidad orgánica de un universo sin sentido, o quizás nada más que afirmarse en algo verdadero más grande que uno mismo para dar un certero porqué existencial a una vida que parece haber perdido el rumbo o no haberlo tenido jamás. Momentos, en fin, ya digo, en que precisamos ser más de lo que somos, que todos estos años vividos tenían una razón de ser siquiera fuera para un Dios complaciente, que hemos sido útiles, que teníamos un motivo para latir, que hemos sido algo, alguien, que dejamos una huella en un afecto, en otra vida, una imagen en otros ojos, un recuerdo en alguna memoria, un vestigio de importancia en alguna nada o en alguna fortuna, o quién sabe si nada más que una sonrisa apagando alguna lágrima. Espanta en ciertas circunstancias, siquiera sea por un pálpito sobrevenido como una corazonada trágica, que somos nada más que un evento casual del universo, un capricho de la materia, una idea sin sustancia de un creador caprichoso o nada más que tuvimos la oportunidad de ser, la fortuna de ser, y lo dilapidamos en lo absurdo o lo sinsentido. Cuando se mira un álbum desde la edad, especialmente si esta edad es mucha, no se mira un día u otro día, ni siquiera se recuerda una anécdota u otra como cuando se era joven y se tenían por delante un millar o un millón de horizontes a los que dirigirse; no, cuando se mira desde la edad, todos esos horizontes van confluyendo en una singularidad que regresa a la nada de la que brotó el universo en aquella fluctuación del vacío: la muerte, sin más horizontes, sin más destinos. Dicen los sabios de la Ciencia que la suma de todas las energías del universo es igual a cero, de modo que en realidad el universo mismo no existe. Y eso me da miedo. Si surgimos de una singularidad como una fluctuación de la nada y nos sumergimos en la nada de una singularidad como la muerte, ¿qué significado tiene la existencia, la vida, la risa o el llanto, la paz o la guerra, el gozo o el sufrimiento o el odio o el amor?... Me da miedo, mucho miedo pensar en esto.

En fin, a lo que iba. Un álbum. Mi mente se desborda en mil ideas disímiles cuando pienso, se extiende en incontables ramificaciones que sugieren improbables conclusiones, se dilata. Me concentro en el álbum, miro, veo. Seis meses, una risa o quizás una sonrisa que ondea bajo unos ojos que contemplan un orden nuevo, todo es nuevo, todo es sorprendente; sin embargo, mi otra mano se aferra a mi pene, juega. ¿Qué importancia tuvo o tiene todavía en mi vida el sexo, si ya a esa edad mínima mi propio sexo tenía el valor de una certeza?... ¿Puede, quizás, lo inconsciente ser un guiño de la naturaleza verdadera..., o era acaso una reminiscencia de la vida anterior y del karma que habría de purgar en esta?... ¿Piedra angular o lacra?... No lo sé. En esta otra, ya con cinco años, los ojos redondos todavía están encaramados a la inocencia, sin aristas, sin esquinas, sin dobleces. Puedo sentirme, puedo olerme, puedo percibir el ansia que sentía entonces y renovarla en mi ahora, inundarme de aquella credulidad mansa, paciente, esperanzada. Es la mirada del prodigio, la certeza de lo puro, la seguridad de lo eterno sin impaciencia ni criterio. Todo era posible entonces, y ahora lo sé; no había deudas, no había conflictos, no había dudas. Las dudas vinieron después. En esta otra fotografía de los doce años puedo rastrearlas, sentirlas. El mundo había comenzado a moverse o a desmoronarse, la piel se había manchado ya de ciertas imposturas veniales, pequeñas pero significativas. Había dejado de creer en algunas cosas, aunque en otras, sin embargo, todavía creía contranatural y aún se aferraba la inocencia a dejarme huérfano de esperanzas. Traspiraba ansia, sueños por cumplir. Ya escribía. En realidad lo hice desde la más corta edad, los cuatro años, pero a esa edad hacía cuentos, historias de aventuras, leía…, y sabía que yo era eso, que sería eso, que el tiempo, ¡pobre!, no podría vencer mi determinación de ninguna manera y, desde luego, no podría jamás doblegar al destino que había sellado para mí un universo de letras. Dios mismo estaba a mi lado. Si entrecierro mis ojos un poco, no mucho, puedo ver a mi lado un ángel, ese ángel de la guarda que Dios pone junto a cada criatura lo mismo para que le vele como para que le inspire o tome notas sobre su conducta. Entonces, aquel ángel sonreía. Hace ya mucho, mucho tiempo que no lo hace, y hasta en ocasiones siento cómo caen junto a mi o sobre mí sus lágrimas. Son como gotas mínimas de lluvia que trae la brisa que discurre bajo un cielo sin nubes, y hasta incluso cuando estoy bajo techado. Son lágrimas agridulces, acaso un poco amargas porque son de tristeza. Las lágrimas saben distinto según lo que se siente, porque la emoción es la que las procura sabores: dulce para la felicidad; para la tristeza, amargas.

Paso página. El servicio militar. Se han borrado ocho años, ocho, y ocho es el símbolo del infinito en vertical. Un número mágico, un número que ni siquiera es número. Dicen que la perfección tiene ocho caras y que lo divino se segmenta en ocho, que ocho es la sección del universo y que ocho son las hélices del ADN de los hijos de los dioses. Ocho años perdidos. ¿Qué fue de ellos?... ¿Qué me dice su silencio, por qué se escondieron o se evaporaron?... No sé si es un signo o un designio, pero en esta de los veinte, en el servicio militar, lo que se aprecia es la ignorante arrogancia de un muchacho combativo con muchas renuncias ya en su haber y excesivos horizontes a los que dirigirse. Rebeldía, incluso en la forma de llevar el uniforme. Había conocido ya la expulsión por rojo de un colegio de curas, había comenzado a trabajar, había conocido el sexo, el dolor, la traición (la mía), había embarazado a otra muchacha que no era mi chica y había sellado parte de mi destino casándome con quien jamás debí hacerlo. No era valentía, sino la osadía en que se parapeta el cobarde. En realidad he sido siempre el mayor de los cobardes, pero no me ha quedado otra que comerme mi miedo a pesar de los temblores. Jamás un paso atrás, jamás un signo de rendición aunque se tirite de pánico. Veinte años, ¡qué tragedia cuando se tiene al mundo por adversario! Escribir, en aquellos días de rebeldía y sangre osada, era deslizarse por la poesía, por cuentos de trascendencia universal que miraban a universos paralelos y daban la espalda a la realidad. Allá en el fondo el Café Cervantes de Salamanca, en una esquina, cada día al menos un poema, profundo, libre, bello, porque todavía entonces quería ahorrar belleza a costa del mundo y a pesar de las tristezas, a costa de la vida y a pesar de ella. Belleza, pero no sé si la que me faltaba o la que tenía, la que quizás todavía latiera por ahí dentro como un remanente de aquella inocencia antigua o aquella remota esperanza. ¿Pero esperanza en qué?... ¿Un mundo mejor, un yo mejor, un yo más importante?... Quería cambiar el mundo, eso lo sé, pero ignoro para qué quería cambiar el mundo. Me explico: ¿era por los demás o era por mí?... Eso lo ignoro. No sé si los demás eran la sustancia sobre la que mi sustancia quería erguirse para ser o parecer más sustancial sustancia. Eso es algo perverso, pero ¿qué era en verdad lo que sentía?... No, no; lo que decía ya lo sé, e incluso lo tengo escrito. Lo que quiero saber era lo que sentía, la verdad, la verdadera verdad, porque hoy sé que me he pasado la mayor parte de mi vida mintiéndome, haciéndome trampas en mi propio solitario.

Veinticinco, tal vez veintiséis años. El Escorial. Un vida en orden, serena, tranquila. Mis hijas, mi gente. La vida me rindió apenas sin plantear batalla y acepté como bueno pagar tributo al vencedor e hincar mi rodilla ante él: paz por territorio. Si la vida era eso, pues eso. Pero entonces no era una vida, sino muchas vidas superpuestas las que tenía. Era una cebolla de muchas capas, muchas. ¿Quería?... Creo que solamente a mis hijas. Nada más. Lo demás, creo, no era puro, ni siquiera era yo mismo. Y por no serlo, tenía una capa social de sonrisas, y otra privada de sexo con otras mujeres a las que acaso quise tanto o más que a la mía, pero quienes no podían ofrecerme reparir a mis hijas en sus vientres o proporcionarme el sosiego de una vida en orden como la que tenía asumida. El valiente retornaba a la cobardía, y vinieron más renuncias. Si ya había renunciado a Dios por causa de los curas, a la sociedad por causa de su egoísmo, a mí mismo por mi propia causa, me quedaban todavía rincones secretos, santuarios desde los que ser lo que era. Lo que no sé es si era lo que era o nada más era una fantasmagoría de lo que era. En fin, un lío. Pero escribía. En las noches de invierno, junto a la chimenea de la sala, escribía mientras desde la radio se descuartizaban diez mil almas solitarias suplicando compañía en un orden multitudinario. Sangraba el alma, escribía, sentía lo que hacía como una fe verdadera, como un credo tan auténtico que moría con cada línea, con cada párrafo, que trasfundía a cada personaje parte de mi esencia o mi sustancia para que vivieran, acaso creando mundos o universos paralelos con mis propios yoes a imagen de ese Dios que nos escribía.

Treinta, treinta y uno. No sé, no me conozco. Era importante, lo tenía todo. Triunfé, no sin esfuerzo, pero tal vez dejé demasiadas cosas en el camino para subir hasta la cumbre aquella de aire enrarecido y tan solitaria. Renuncias, sobre todo. No me gustaba a mí mismo. Gustaba mucho a los demás, a las demás, pero no me gustaba a mí. Sé que no quería ser triunfador, que no quería ser importante aunque una parte de mí quería ser importante, triunfar, ser sobre mí mismo y sobre los demás. Era ridículo aunque el mundo me aplaudiera, y sabía que la única parte de mí que servía era la que se escondía en la noches junto a la chimenea de la sala para escribir, donde desplegaba nuevos universos, mundos, órdenes, y brotaban como por sortilegio seres que gozaban y vivían acaso lo que yo mismo no gozaba ni vivía…, hasta que se hacían adultos y cobraban vida en la ficción y me mostraban mis propias debilidades. Mi gran novela, la finalista del Rama Dorada, la que ha enamorado a cuantos la han leído, mi gran obra, acaso la obra, nació con nocturnidad en aquella esquina de la sala a golpe de teclado de máquina de escribir. Pero aquello fue un circo que, lejos de aproximarme a lo que era, escritor, me echó de su lado, me exilió de lo que era. Los concursos literarios son trampas, y en esa fotografía, en esa precisamente, se puede ver el brillo de la decepción derramándose desde mis pupilas. Hay en ellas un algo parecido a un llanto contenido, un insulto, una ofensa, una herida profunda, profundísima, un mal irremediable. Otra renuncia, otra renuncia. Ya no escribiré para ellos, que se jodan, ¡a la mierda! No podían hacer esto, no tenían derecho, rompieron mi destino, lo rompieron. Fuera el pánico: el mundo es de los lobos, de los mentirosos, de los corruptos, de los tramposos. Todo es trampa. Y, de pronto, descubierta la trampa, las trampas se delatan a sí mismas: nadie es nada, nadie es fiel, nadie es bueno. Creí que sí, pero no: nadie merece nada, no puede haber ningún paraíso, Dios mismo es mentira. Leo: «El hombre es un lobo para el hombre». En la antigua Roma ya se sabía, pero yo he tardado más de treinta años en saberlo, y eso incluso cuando yo mismo he sido un lobo que no me gustaba ni me complacía en mi propia naturaleza.

Cuarenta años, un cumpleaños. Otra vez he perdido ocho años más o menos de mi vida. En imágenes me refiero, pero los he perdido. Ocho años como un infinito en vertical, ocho años de divorcios, dos, y de dolores aplacados en la carne y en el dinero. El mundo es feo, muy feo. Me eché al mundo y me he ido haciendo un poco falso, un poco cínico, un poco absurdo. Ya acepto como bueno lo que ayer no deseaba ni para un enemigo. Es el precio de la paz: territorio del alma. Son demasiadas ya mis renuncias; pero hay algo por ahí dentro, en algún lugar, que en su bastión resiste y se mantiene puro, inocente, esperanzado. Lo conozco, aunque se aferre a su pilila; sé quién es, aunque ya tenga algunas manchas sobre la piel y alguna que otra pequeña cicatriz. Son los míos, son mis yoes más verdaderos, los hermanos de este yo que se esconde en su despacho para escribir y dibujar en la ficción órdenes que le orienten sobre su orden, personajes que muestren jirones de sí para poderme contemplar como en un espejo. Dicen que los psiquiatras estudian la mente para comprender y curar su propia enfermedad, y esto es exactamente lo que hace un escritor con su literatura. Ha habido otros fiascos literarios, el Planeta, el Azorín… Mentiras también. Quedar finalista no sirve de nada, ni para esas editoriales que conceden los galardones de una forma amañada ni para otras editoriales que podrían aprovechar al autor con talento. No sé si es esperanza, pero me digo que un día u otro me descubrirán y, entonces, tendré lo que ahora no tengo. ¿A que hacerme finalista de tantos premios si mi literatura fuera insignificante?... La probabilidad de que eso suceda por azar es tan abaja como absurda el considerarlo. Y entonces, ¿por qué los editores no vienen en masa a suplicarme mis obras?... En esta fotografía lo grafico: es rencor, y además con advertencia: «Haré yo lo que no quisisteis hacer.»

Estas son fotografías de estudio. Monté mi editorial y edité tres de mis obras, tres, que se están vendiendo muy, pero que muy bien. Les estoy dando una lección a los editores, y no hay una librería en el país que no tenga mis obras. Soy un genio. Estos ojos dichosos lo confirman, este gesto satisfecho, esta mueca que afirma que conseguí solo lo que debiera haber correspondido a un equipo; pero el mundo es injusto, y tenido que ser yo mismo quien impusiera justicia. Adempero, en esta otra fotografía, apenas de dos años después, hay tristeza. No, no es una fotografía triste, sino que los ojos tienen un velo gris y sucio que me remite al dolor y al abatimiento. Mi distribuidora fue comprada por una multinacional y esta solamente se interesa en best-sellers. Todo es una mierda, y mis tres o cuatro mil ejemplares mensuales de venta para ellos no son nada. Me he quedado fuera, y de nuevo he renunciado a más cosas, muchas más cosas. Se mantiene en esta otra fotografía de hace ¿cuánto?..., ¿diez, doce años?... No, no, es más amarga, más dolorosa. Volví a quedar finalista del Planeta y también del Fernando Lara y del Ateneo de Sevilla, pero ha sido también para nada. Los odio, creo que los odiaré siempre: esto es lo que rezan estos ojos, estos labios, el constreñimiento de estos dedos. Más renuncias, más renuncias, más renuncias… No hay fotografías. No, no, miento. Queda esta de hace poco, de anteayer o de hace dos meses, cuando mi hija me las tomó para las solapas de las novelas que en autoedición estoy difundiendo desde esta misma web. Así de pequeño se ha ido haciendo el mundo, econgiéndose como una criatura asustada que regresa a su posición fetal. No, no vendo miles, ni siquiera cientos de ejemplares. El mundo se ha hecho tan pequeño para todos, tanto, que ya solamente se vende a quienes lo conocen a uno. ¿Cuántos amigos tengo?... ¿Tres, cuatro?... No es mucha venta. No se vive de eso, no puede vivir de eso, pero no puedo vivir sin eso.

¡Qué pocas páginas, Dios mío!... Apenas dos docenas de páginas con un centenar de fotografías que, quizás, como hojas secas serán arrastradas por el viento de la vida hasta que se disuelvan en la nada. ¿Dónde quedaron aquellos sueños de entonces, en qué lugar aquella inocencia o aquella esperanza, y en qué rincón oscuro se escondieron todos mis horizontes para que mis ojos no los vieran?... Hacia delante el tiempo se expande, pero se contrae hacia atrás, quedando apenas resumido en un latido, en un golpe de fortuna o infortunio. Hay veces que siento que la vida se me escapa de las manos, y hay veces en que siento que quiero que se me escape de las manos. Este mapa en imágenes fijas, este plano de mi vida en instantes anclados a otros tiempos es como una acusación, como un saldo en cuyo haber solamente hay renuncias: a Dios, a la inocencia, a la esperanza, al amor, a uno mismo… Cuando uno renuncia a uno mismo es porque uno mismo ya se está agotando, la extenuación empuja a eso. Es algo así como la gimnasia para algunos: cuando consideran que les hace falta es porque ya no hay nada que remedie su estado. No es una alarma, sino una especie de sirena que anuncia el final del acto o el final de todos los actos. ¿Qué tengo o qué soy, o donde están mis alcanzaduras?... Amores rotos, renuncias, pérdidas, fracasos, pérdidas… Pero si entre todas estas fotografías apenas si hay un conjunto abusivo de renuncias, al cerrar el álbum y entrecerrar los ojos puedo contemplar todos los momentos resumidos, alineados, como insuflándoles un orden que fotografía a fotografía no tienen. Inocencia, esperanza, amor… Hay un orden sublime en el desorden que se hace reflexivo, hay una esperanza que se niega a ser sepultada antes de que suene la campana, hay una inocencia que palpita o una posibilidad ansiosa de recobrarla, y hay un amor que no se extingue en todas partes o en ninguna. Desde el fondo de las fotografías, más al fondo que esos fondos de paisajes domésticos o mundanales, hay una voz unánime que surge, que brota, que se enhiesta y mana tumultuosa procedente de mil personajes de ficción o jirones de los yoes verdaderos que quedaron velando en el camino aquellas cosas que perdí, me robaron o a las que renuncié. Y me piden que resista, que aguante, que no desespere ni de la esperanza ni del prodigio, y, cosa curiosa, siguiendo esos ecos veo una multitud de seres que se hace camino, plano, esfera, itinerario, quizás desvelándome un código con un sentido que me hace reconsiderar mi tristeza: no ver, no siempre es porque no exista qué ver, sino que pudiera suceder que uno mire en otra dirección o simplemente que esté ciego. Tal vez sí, y quizás no he visto lo que estaba ante mis ojos porque mis ojos no veían o miraban hacia otro lado. Hay algo que me dice que tal vez sea ya la hora de regresar a casa, de retornar sobre mis pasos y comenzar a renunciar a mis renuncias, invistiéndome de vuelta del amor que desperdicié, de la esperanza que perdí o de la inocencia que me robaron. Acaso así el prodigio se verifique por fin y se multipliquen por milagro mis horizontes en mil destinos propicios, o quizás la esperanza germine en un enjambre de sonrisas aladas y arranque los velos de amargura de mis ojos, o quién sabe si el mismo Dios abrirá de par en par las blancas puertas del milagro y le diga a su ángel, a mi ángel: «Es la hora de premiar la valentía de los cobardes: perdona a quien se perdona, dale una o dos certezas y permítele asomarse a dos o tres verdades.» Volvería a sonreír mi ángel y también lo harían los yoes de mis otros días: la inocencia del niño, la esperanza del adolescente, el apasionado amor del joven y la decepción del maduro, porque todos sabríamos que lo que importa no es la dificultad del camino, sino cómo y en qué condiciones se concluye la andadura y cuál es el resultado. El álbum, entonces, tendría todo el sentido del mundo, y sería una especie de mapa del itinerario que seguí para perderme primero y encontrarme después conmigo mismo en las afueras o extrarradios ya de mi propio laberinto.


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Videos de mis novelas







Sinopsis: En la noche de los tiempos, según el Libro de Enoc, los Hijos de los Dioses, las Veinte Dinastías de los Vigilantes, viendo que las Hijas de los Hombres eran hermosas, las desearon para sí y se conjuraron para desobedecer a Dios y descender sobre la Tierra con el fin de tomarlas y hacerlas hijos. Por esta rebelión contra los designios Divinos y esta interferencia en la Creación, Dios castigó a aquellas Veinte Dinastías con el Infierno e hizo que las milicias divinas los expulsaran del Cielo para siempre. Y así lo hicieron con todos... menos con uno, Abaddona, el único diablo arrepentido porque comprendió el mal que había hecho y le suplicó perdón a Dios. Y Dios le perdonó, le devolvió su rango de trono y le permitió que regresara al Cielo; pero Abaddona no quiso hacerlo..., al menos hasta que devolviera a los hombres al estado de pureza del que les había privado, porque a causa de aquel acto, tal y como reza el Libro de Enoc en el capítulo 8:2, «Desde entonces creció mucho la impiedad, porque ellos (los hombres) tomaron los caminos equivocados y llegaron a corromperse en todas las formas.»




Sinopsis¿Y si Apolyon, el Rey del Abismo que se menciona en Apocalipsis 9:11, no fuera un demonio, tal y como sugieren algunos exegetas, o el mismísimo Jesucristo, como suponen otros?... ¿Y si Nibiru, el mítico planeta del que afirmaban los sumerios que procedían los dioses que nos crearon, realmente existiera?... De ser así, Apolyon bien podría ser un meteorito o un escombro espacial que acompañara a ese errante sistema planetario que nos vista cíclicamente, y el cual podría estar en rumbo de colisión con la Tierra en su próximo acercamiento. En Tal caso, todo lo referido en ese capítulo 9 del Apocalipsis tendría un sentido prácticamente literal.



Sinopsis: Los seres humanos, por razones no comprendidas por la Ciencia, no pueden reproducirse. Un Mal que únicamente afecta a los humanos. En Lubitana, un pueblo próximo a Madrid, ha coincido este hecho con la llegada de un misterioso personaje, don Gilgamesh, a quien algunos le responsabilizan de ser el causante del Mal. Un hombre misterioso y con enorme poder que se ha librado de la cárcel cuando se le acusaron de haber perpetrado dos asesinatos el mismo día fue violada la Niña Sara, la hija autista de los Montoro. Una mujer que, a pesar de su condición, establece con don Gilgamesh una peculiar relación afectiva, y que, el mismo día que da a luz a su hija, la Pequeña Eva, fruto de aquella violación, muere, desatándose ese mismo día el Mal que impedirá que los hombres puedan perpetuarse y cuyo tiempo restante podrá ser medido ya por la edad de la recién nacida. Un historia no violenta, ni siquiera escatológica, que muestra cómo la sociedad se va contrayendo sobre sí misma a medida que la población se extingue, hasta que finalmente no quedan sino algunos seres que más tienen de homínidos salvajes que de humanos tal y como los conocemos, además de don Gilgamesh y la Pequeña Eva, para quien este parece tener previsto un destino primordial. Una historia en la que don Gilgamesh no envejece, quién sabe si porque él mismo no es un hombre.

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Sinopsis:
"Sangre azul (El Club)" es la novela conspiranoica por antonomasia. Una novela invaluable porque no narra cómo cierta élite nos maneja y controla, esquematizando las etapas que va cubriendo en la Historia y, lo que es más significativo, las que quedan por cubrir y con qué contenidos, que es decir qué nos espera y cuándo. Una novela que, usando la realidad incuestionable de los titulares de prensa y otros medios, y conduciéndonos de la mano de un prominente personaje de ficción (o quizás no tanto), conduce al lector por nuestro tiempo, permitiendo que él mismo compruebe cómo los sucesos que consideraba casuales o fruto del azar, han sido elaborados y puestos en escena por una inteligencia superior. La mayor de las conspiraciones, al descubierto.





Sinopsis: Salvador Montoro ha perdido al único ser que le quedaba vivo, su madre. Sin embargo, Fausta, cuñada del padre de Salvador, consigue que el patriarca de los Montoro le acoja en su casa, a pesar de que no le considera sino un bastardo. Aunque con un inicio de su relación muy negativo, el tiempo y la convivencia lograrán que se establezca entre el abuelo y el nieto un vínculo que derivará en un afecto sólido y entrañable que se extenderá ya por siempre. Ya como Montoro de pleno derecho, deberá el futuro patriarca de la casta, Salvador, demostrar su condición de germen de Dios o de semilla del diablo, así como los demás Montoro lo hicieron a lo largo de la Historia, y tendrá su oportunidad de hacerlo siendo aún muy joven, porque estalla la Guerra Civil y él, como toda su quinta, es movilizado, cayéndole en suerte, ya al final de la conflagración, el deber de conducir a una caravana de niños desde Madrid hasta Valencia, ya que la derrota final está próxima y nada queda que hacer por evitarla, salvo impedir que sucumban aquellos que en su bando consideran los más puros: los niños.
El amor y el odio, la paz y la guerra, y la fidelidad y la traición se dan cita en esta obra memorable, enfrentándose los personajes con su propia nauraleza a fin de demostrar su condición. Varias decenas de miles de lectores han hecho de esta novela todo un clásico de la literatura española contemporánea, ensalzándola como una de las obas más intensas y completas que se han escrito en la modernidad. Una novela verdaderamente intensa, rica, de una plástica exquisita y de una profundidad literaria que hará imposible que no te sientas identificado con los personajes, los escenarios y las emociones que en ella se explayan.





Sinopsis: "Dimensiones I", es una recopilación de mis cuentos y narraciones breves más heterogéneos. Diecisiete relatos que harán las delicias de los lectores, como así ha sucedido con los más de 25000 que ya han disfrutado de ellos. Una obra breve de contenido muy intenso, lleno de espacios sorprendentes y de personajes memorables que deambulan por el orden de lo mágico..., o quizás no tanto. Reflexiones, al fin y al cabo, sobre la naturaleza humana, que tienen varios niveles de lectura: el lineal, que refieren las propias historias; el existencial, que se adentra en la condición personal de cada quien; y el asombroso, que es el que se deja traslucir como realidad paralela, pero no por ello menos cierta que la propia de los personajes... y de los lectores.

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Sinopsis: ¿Y si el terrorisno no fuera una lucha armada que persigue unos fines políticos o sociales muy concretos, sino un negocio de ciertas élites?... ¿Y si el terrorismo fuera, además, una herramienta de los Estados para controlar a la población a través del pánico?... "Lemniscata", es la novela que trata este espinoso asunto, y lo hace, como han dicho algunos críticos sobre ella, con una exquisita literatura que consigue una imposible aleación de seda y acero.



Rhinoslider 1.05