Page 9 - DIMENSIONES I
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hombres corrían despavoridos hacia el lado opuesto, cayendo en
               las redes de otro demonio que fingía ser bueno y apacible y tener
               remedio para las calamidades que el primero les había infligido, el
               cual consistía en contarles bellísimas historias que no eran sino
               verdades a medias, que es decir las más gordas y peores de todas
               las mentiras. Y si esto hizo el Maligno en una cosa, lo hizo en to-
               das: inventó la cultura y la anticultura, ideó el radicalismo y la pasi-
               vidad, instituyó la rebeldía y el servilismo y, en fin, cuantas cosas
               contrarias hay, no siendo ninguna de ellas auténtica, de tal suerte
               que quien no cayera en un lazo pusiera el cuello en el otro.
                      No es difícil suponer que cuando Dios tuvo conocimiento
               de esta trampa corrió en ayuda de sus creaturas amadísimas; pero
               ¿creéis acaso que se dejaron auxiliar?... ¡Qué disparate! Tan enga-
               lladitos estaban con su falso protagonismo y sus locuras que al
               mismo que les creó le acusaron de desvariar.
                      —¡No nos dejas vivir nuestra vida! —protestaron—. Así
               no puede ser. ¿Tienes que andar siempre hocicando en todo?... ¡Ya
               está bien! ¡Respétanos y te respetaremos! Ahora, que si nos has
               creado para manejarnos como a títeres..., pues, ¡hala!, a servirte de
               entretenimiento.
                      Dios, que es bueno, pensó que tal vez había creado seres
               más inteligentes de lo que se propuso en un principio, y aceptó no
               interferir nunca más en sus asuntos a no ser que se lo pidieran ex-
               presamente. Llegó a razonar, incluso, que quizá estuviera resultan-
               do empalagosa su conducta y que por esa causa se echaban en los
               brazos del diablo; pero que en cuantito se dieran unos buenos tes-
               tarazos, ¡hala!, volverían al redil y con la lección bien aprendida.
               Así pues no le pareció mal la idea y, tranquilamente, con infinita
               paciencia se decidió a esperar que le reclamaran ayuda sus queridí-
               simos hijos. Tenía la seguridad, por otra parte, de que en los mo-
               mentos de mayor peligro el germen divino que había en ellos flo-
               recería, dándoles el valor preciso y la templanza suficiente para sa-





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