Page 8 - DIMENSIONES I
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Comprendiendo que allí se veía la mano de su ángel, a
            quien el mucho conocimiento adquirido le había tornado suspicaz
            y envidioso, le llamó para pedirle explicaciones, y le dijo:
                   —¿Por qué hiciste esto, traicionándome?
                   —Porque tu obra es imperfecta —se justificó— como im-
            perfectos somos nosotros, incapaces de crear nada, salvo la mal-
            dad. Pero ve que ésta es más fuerte y arraiga con mayor señorío
            que el bien.
                   Encolerizado, Dios expulsó del Cielo al demonio y a cuan-
            tos le apoyaban, diciéndole:
                   —Pues partidario del horror eres, ahí tienes el Infierno, un
            reino creado a tu medida al igual que a la medida de los hombres
            creé la Tierra. Y puesto que Yo estoy por encima de ella, pues
            bueno es cuanto creo, estate tú por debajo, ya que es malo es lo
            que haces, y quede el hombre en medio por ser su causa la que nos
            separa. Sea la oscuridad tu imperio y el dolor tu goce, sea el terror
            tu fuerza y la envidia tu ciencia, sea lo efímero tu regocijo y lo ca-
            duco tu riqueza, y sea así por una eternidad.
                   No obstante, el Creador, quien tantísimo quería a los hom-
            bres y quien tanta ternura precisaba derramar, se culpó a sí mismo
            por haberles dejado de su mano siendo aún tan tiernos, de manera
            que se hizo el propósito de que sintieran siempre muy cerquita su
            presencia amiga, para que cuando llegaran las flaquezas que les im-
            primían la semilla del diablo Él pudiera ayudarles.
                   Y el mundo volvió a ser hermoso. Hubo dificultades por-
            que siendo los hombres creaturas celestes no podían habitar la Tie-
            rra sin mostrar ciertos desbarajustes y alteraciones; si bien, todo se
            coadyuvaba con su firme apoyo.
                   Rabiando el diablo, porque de veras rabiaba, caviló larga-
            mente la forma del desquite. Al cabo de mucho devanarse la sese-
            ra, trazó un plan perfecto: puso a un lado un demonio tan horripi-
            lante y monstruoso, tan cruel y desalmado, que nada más verle los





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